Interesante artículo de Sebastián Edwards en @__elmercurio de hoy sobre invariabilidad tributaria, q algunos han abordado como si la variabilidad fuera un principio sacrosanto y no un mecanismo pragmático utilizado en determinados periodos para atraer inversiones
Nazi rejiminin eşcinsel bireylere uyguladığı sistematik zulmü anlatan en sert ve en dokunaklı filmlerden biri. Gerçek olaylardan esinlenen film, iki erkeğin birbirine duyduğu sevgiyi savaşın acımasızlığıyla iç içe işliyor. Finali ise gerçekten çok sarsıcıydı.
Escuché con mucho interés la conversación de Juan Pablo Berlinger sobre Humboldt, Rapa Nui y el Pacífico. Como siempre, hay en su análisis intuiciones muy valiosas. Chile tiene activos geográficos, marítimos, tecnológicos y diplomáticos que no siempre sabe transformar en poder. En eso tiene razón.
También es cierto que existe una diferencia enorme entre tener geografía y tener estrategia. Un país puede tener costa, islas, puertos, cables, observatorios, rutas aéreas, armada, tratados y foros internacionales, y aun así no saber articular todo eso en una visión de largo plazo. Chile, muchas veces, parece estar en ese caso: posee piezas muy interesantes, pero no siempre construye con ellas un tablero.
Dicho esto, me parece que Berlinger sigue demasiado fascinado por el Pacífico vacío. Rapa Nui es un activo importante, claro. Mataveri puede tener valor logístico. Una conexión aérea con Tahití, Fiji, Honolulu o Auckland sería interesante. El cable hacia el Pacífico puede aportar redundancia y visibilidad. Todo eso puede servir. Pero no conviene confundir esos instrumentos con una gran transformación geopolítica.
El verdadero problema de Chile no es que no mire bastante hacia Oceanía. El problema es que todavía no logra convertirse plenamente en la puerta pacífica del Cono Sur. Ahí está la escala. Ahí está la masa crítica. Ahí están Brasil, São Paulo, Río, Mato Grosso, Argentina, Paraguay, la minería, la energía, los alimentos, los corredores bioceánicos, los puertos del norte, la logística y el comercio hacia Asia.
Un cable que pasa por Tahití puede ser útil. Un vuelo a Auckland puede ser simpático. Un seminario sobre Oceanía puede quedar muy bien en una cancillería. Pero lo decisivo para Chile no está en soñar con ser una potencia polinésica. Está en aprovechar su posición para conectar Sudamérica con el Pacífico.
Berlinger acierta cuando habla del hinterland. Un puerto no vive del mar solamente. Vive de lo que tiene detrás. Y detrás de Chile no está el vacío azul. Está el continente. Está Argentina, está Brasil, está Paraguay, está Bolivia, está la producción real, están los minerales, los granos, la carne, el litio, el cobre, la energía, los datos, la industria y los mercados.
Por eso me parece más interesante Mejillones conectado con São Paulo que una épica abstracta del triángulo polinésico. Me parece más decisivo un corredor bioceánico bien hecho que una nostalgia por un Humboldt que cambia de nombre en los mapas de Google. Me parece más estratégico coordinarse con Francia, que está realmente presente en el Pacífico Sur, que imaginar una centralidad chilena en Oceanía sin masa demográfica, comercial ni naval suficiente.
Sobre el cable, además, conviene no dramatizar. Que Chile termine dependiendo de una arquitectura de Google puede ser discutible, por supuesto. La dependencia tecnológica existe y debe pensarse. Pero tampoco hay que fingir que un cable « propio » habría convertido mágicamente a Chile en potencia digital. Los cables siguen el tráfico, los clientes, los data centers, la energía disponible, la escala económica y los grandes nodos. No siguen solamente la voluntad de una buena columna geopolítica.
Chile no será marginal por no tener un cable heroico con nombre chileno. Será marginal si no sabe conectar sus puertos con el interior sudamericano, si no atrae data centers con energía barata y estable, si no construye corredores eficientes, si no articula su Armada con una visión regional, si no aprovecha su relación con Francia, si no mira a Brasil con seriedad y si sigue confundiendo proyección marítima con poesía oceánica.
La buena noticia es que no todo está perdido. Chile tiene una Armada seria, una tradición institucional, puertos útiles, Rapa Nui, Magallanes, una posición formidable y una oportunidad histórica si Argentina vuelve a ordenarse y si Brasil algún día acepta mirar de verdad hacia sus vecinos del Pacífico.
La estrategia chilena no debería consistir en elegir entre ser terminal de Google o soñarse capital de Oceanía. Debería consistir en algo mucho más sólido: convertirse en la bisagra marítima del Cono Sur, el puente entre Sudamérica y Asia, y un socio regional serio para quienes ya están en el Pacífico Sur.
Dicho esto, hay que valorar a Berlinger.
Porque son los hombres que sueñan los que hacen avanzar un país, incluso cuando uno discute sus mapas, sus prioridades o sus conclusiones. Soñar geopolíticamente, como él lo hace, no es un capricho menor: es uno de los sueños más antiguos de la humanidad. Es mirar la tierra, el mar, las rutas, las islas, los puertos, los cables, las montañas y preguntarse qué destino puede construirse sobre esa geografía. Esa ambición intelectual merece respeto.
Podemos diferir, y en este caso difiero en varios puntos, pero al menos diferimos sobre cosas reales, sobre ideas, sobre el mapa y sobre el futuro.
Prefiero mil veces un Berlinger con el que puedo estar de acuerdo o en desacuerdo, que una multitud de personas que no tienen ninguna opinión sobre nada.
En un país demasiado acostumbrado a la indiferencia estratégica, su voz tiene el mérito de inquietar, despertar y obligar a pensar.
Y eso, en sí mismo, ya es un servicio.
¿Más líneas? @metrodesantiago abre puerta para nuevos desarrollos y delínea hoja de ruta para tren al aeropuerto. Con respecto a esto último, al parecer sería concesionado, lo que implicaría que por primera vez se use ese mecanismo en el metro
Nuestro amigo Berlinger vuelve a mirar el Pacífico como si el vacío fuera, por sí mismo, una promesa.
El cable Humboldt es un buen ejemplo. Se lo presenta como la infraestructura que iba a transformar a Chile en gran plataforma tecnológica del siglo XXI. Yo sería bastante más prudente. Por ahora, si hablamos estrictamente, no existe como cable operativo. Existe como proyecto, como anuncio, como acuerdo, como promesa de infraestructura futura. No es poca cosa, pero tampoco es una revolución ya realizada.
Y, aun si llega a construirse, conviene preguntarse qué problema económico concreto resuelve. Un cable submarino no se justifica por la belleza de una línea recta trazada sobre el mapa, sino por tráfico, clientes, capacidad, redundancia, centros de datos, operadores, hiperescaladores y retorno de inversión. La geografía no basta. Hace falta masa crítica.
Chile ya está conectado al mundo. No vive en una isla digital. Sus rutas principales pasan por cables que lo vinculan con Estados Unidos y con la red americana, y desde allí con Europa y Asia por verdaderas autopistas de datos. Puede parecer menos romántico que un trazo directo por el Pacífico Sur, pero es mucho más conforme a la lógica real de Internet: la información no sigue los sueños geopolíticos, sigue la capacidad, los nodos, el peering, los centros de datos y los mercados.
Tampoco hay que fetichizar la distancia. En fibra óptica, la señal viaja aproximadamente a 200.000 km por segundo. Un cable de 14.800 km ya implica, solo por física elemental, alrededor de 74 milisegundos de latencia en un sentido, unos 148 milisegundos ida y vuelta antes de sumar equipos, rutas internas y congestión. La ruta más corta sobre el mapa no siempre es la ruta más útil si no conecta con los grandes nodos de tráfico.
Brasil ofrece una comparación interesante. Es una potencia inmensamente más grande que Chile, con un mercado interno gigantesco, mucho más tráfico, más data centers y más peso regional. Aun así, su conectividad intercontinental se ha construido durante años alrededor de grandes rutas atlánticas y norteamericanas, con una sola ruta directa de alta capacidad hacia Europa realmente emblemática. Eso debería invitarnos a cierta humildad.
El problema de Chile no es que le falte una línea heroica hacia Australia para entrar en la revolución digital. El problema es otro: escala de mercado, costo energético, estabilidad regulatoria, atracción de inversión, talento técnico, data centers, soberanía digital y buena conexión con el resto de Sudamérica. Ahí está la verdadera discusión.
Si Humboldt se construye, bienvenido sea. Puede aportar redundancia, diversidad de rutas y cierto valor estratégico. Pero no convertirá mágicamente a Chile en el Singapur del Pacífico Sur. Y si se demora, cambia o se reduce, tampoco condenará al país a la marginalidad tecnológica.
La ironía final es de notar: el gran cable destinado a proyectar a Chile hacia Australasia no pasaría por la querida Nueva Zelanda de tantos ensueños oceánicos, sino por la Polinesia Francesa. Es decir, por Francia. A veces la geografía, cuando uno deja de hacerle decir poemas, termina recordando cosas bastante simples.
🇨🇱🇺🇸 Chile firmó el Pax Silica: cómo nuestro país ha ido tomando posición en la disputa entre EEUU y China por los minerales críticos para la IA
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Chile conserva una fascinación histórica por el Reino Unido. Se entiende. Londres acompañó la ruptura del mundo hispánico en América, influyó en la cultura naval chilena, pesó en el comercio, en la formación de élites, en la mirada marítima del país, y volvió a aparecer, discretamente, durante la Guerra de las Malvinas.
Esa memoria existe. No hay que negarla. Sería absurdo desconocer el peso británico en la historia chilena, como sería absurdo negar que la Armada chilena miró durante mucho tiempo hacia modelos ingleses.
El problema empieza cuando la memoria se transforma en ensoñación estratégica. Una cosa es reconocer una herencia. Otra muy distinta es seguir mirando a Londres como si el Reino Unido fuera todavía el imperio marítimo del siglo XIX, o la gran potencia naval capaz de garantizar, desde lejos, los equilibrios del Pacífico Sur.
El Reino Unido actual sigue siendo un país serio, con inteligencia, tradición diplomática, cultura militar, disuasión nuclear y vínculo privilegiado con Washington. Nadie sensato lo niega.
Pero ya no es el Reino Unido que muchos en Santiago siguen imaginando.
@HoplitaPluma@jpberlinger
Metro en Concepción: por qué sí https://t.co/S2R1iP1UOU // De haber metro en Conce, de seguro debiera de ser tipo "light-metro" con trenes más cortos que los del @metrodesantiago, al estilo, por ejemplo, del metro de Lausanne, la ciudad menos poblada del mundo con metro
La desalinización de agua de mar permite crear agua potable para familias y para agricultores, además de la minería, especialmente en el norte de Chile. Antofagasta es un gran ejemplo. Debemos seguir impulsando inversiones innovadoras como estas, que mejoran la calidad de vida.
Estimado Juan Pablo, creo que eres demasiado duro con Chile. No todo fracaso aparente nace de la mediocridad. A veces nace de la geografía.
Chile tiene una posición extraordinaria, sí, pero también muy ingrata: da la espalda al continente y mira hacia el Pacífico más vacío, no hacia el Pacífico más útil. Frente a sus costas no está el gran corredor Asia, América del Norte, Europa, sino una inmensidad oceánica donde hasta se encuentra el Punto Nemo, el lugar más alejado de toda presencia humana estable.
Un cable transpacífico hacia Oceanía suena magnífico en un discurso de « hub digital », pero una inversión así no se justifica por poesía geopolítica. Se justifica por flujos de datos, demanda, redundancia, clientes, centros de decisión y masa crítica. Y los principales flujos que conectan a Chile con el mundo siguen orientándose hacia Estados Unidos, Europa y el eje atlántico, no hacia Australia ni hacia una admirable, pero demográficamente pequeña, Nueva Zelanda.
La verdadera oportunidad de Chile no está en fingir que puede gobernar el vacío del Pacífico sur, sino en convertirse en la puerta digital del Cono Sur hacia Asia: puertos potentes, cables bien conectados, centros de datos, energía, corredores bioceánicos, enlaces con Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay. Ahí sí habría una estrategia: no mirar solo el mar vacío, sino atraer hacia ese mar el peso continental que hoy le falta.
La ambición sin geografía se vuelve ilusión. La geografía sin ambición se vuelve administración. El desafío chileno es justamente unir ambas cosas.
El cable Humboldt nunca existió.
Es una simple fantasía, que muestra la insignificancia que ha tomado Chile en el Pacífico.
Si NO nos ponemos serios, y dejamos la "diplomacia folclórica" de lado, vamos a pasarla muy mal.
Mi columna:
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