Tomo mi morral y saco mi única pertenencia realmente valiosa: una vieja fotografía envuelta en un sobre amarillento. En ella hay una bella planicie, verde y espolvoreada de flores al pie de una montaña, con un hombre alto, rubio y de mirada tosca posando al frente.
Me armo de valor y empujo el trauma hasta el fondo de mi consciencia, porque no es momento para romperme. No, es el momento para buscar la forma de sanar.
Los contemplasombras debemos de tener la tasa más alta de mortalidad entre los errantes, porque a este paso terminaré muriendo de un jodido ataque cardiaco.
Y juro, por la memoria de mamá Tallulah, por el sufrimiento que pasó Adam y por la virtud ignota de mi padre, lo último sagrado que me queda en el mundo, que nunca más dejaré que una mano vuelva a destruirme. Nunca. Más.
Monument Valley, a unos doscientos metros de mí, suspira polvo rojo y calor, y mi corazón se agita al percatarme de que, aun cuando ya había visitado este sitio en mis visiones, aquello no se acerca ni un poco a la verdadera majestuosidad de este lugar.