Se supone que los hijos son quienes despiden a sus padres. Pero esta vez fue al revés.
En una habitación de hospital, Teresa, de 102 años, estaba sentada junto a la cama de su hijo de 82. Para el mundo era un hombre mayor, con arrugas y canas. Para ella seguía siendo su niño.
Él respiraba con dificultad. El monitor marcaba el ritmo. Ella se inclinó despacio y le tomó la mano.
—Aquí está tu mamá —le dijo en voz baja.
Ella solo le daba caricias suaves en la frente, como cuando lo calmaba de pequeño.
—No tengas miedo, hijo… yo estoy contigo.
El video fue publicado en redes por su nieto Jhon. En ese momento, la edad dejó de importar. Ella no veía décadas, veía al bebé que cargó en brazos. Y aunque el orden natural parecía romperse, el amor seguía intacto como el primer día.
La riqueza de Job fue arrancada, pero...
Dios quedó.
La salud de Job fue destruida, pero...
Dios quedó.
Los hijos de Job fueron quitados, pero...
Dios quedó.
La esperanza de Job fue atacada, pero...
Dios quedó.
Dios siempre se quedará.