Mi amigo llevaba semanas actuando como si nada después de terminar con su novia.
Seguía yendo al trabajo.
Seguía saliendo con nosotros.
Incluso hacía chistes como siempre.
Pero una madrugada me llamó borracho y me dijo algo que nunca olvidé:
—Lo peor no fue perderla. Lo peor fue darme cuenta de que ella me avisó mil veces que se estaba apagando… y yo siempre pensé que exageraba.
Después hubo silencio.
Y entendí algo doloroso:
Muchas personas no pierden al amor de su vida de un día para otro.
Lo pierden lentamente,
cada vez que minimizan lo que el otro siente.