Quizá la pregunta no sea por qué los celulares no aparecen en nuestros sueños, sino por qué el sueño todavía prefiere lo que la tecnología no puede reproducir.
Soñamos con personas que perdimos hace diez años. Con casas que ya no existen. Con la infancia, aunque hace décadas que dejamos de ser niños. Volvemos a abrazar a quienes la realidad nos arrebató y caminamos por lugares que sólo sobreviven en la memoria.
Y, sin embargo, casi nunca soñamos con la pantalla que miramos durante horas.
Tal vez porque el teléfono pertenece al mundo de lo concreto: tiene peso, batería, señal, píxeles. El sueño pertenece a otra materia. Una más antigua y más extraña: la nostalgia, el deseo, el miedo, la ausencia.
La tecnología ha conseguido almacenar nuestras fotografías, nuestras conversaciones y hasta nuestras voces, pero todavía no sabe dónde guardar un recuerdo.
Quizá por eso, cuando dormimos, el cerebro apaga el celular para encender algo mucho más antiguo:
la parte de nosotros que todavía sabe soñar con lo que ya no existe.
📱🤔
Ven, que quiero abrazarte tan fuerte que el mundo deje de existir por un instante, que nuestras almas se reconozcan en silencio y que, cuando llegue el último latido, todavía estemos ahí, abrazados, eligiéndonos una vez más… hasta que la vida termine.