@juampateo19@GxldeOnti Que nadie se acuerda de segundones, España a ido a solo 2 finales del mundial y ambas ganadas, vosotros a 7 y habéis ganado 2 y la tercera…….y además con humillación la última!!!
@alvarzezzz La pregunta es, a cuantas finales ha ido España y cuantas ha ganado? Argentina ha disputado 7 y ha ganado, se se si se puede decir ganado, pero vamos a utilizar el término, 3
@finallyxpablo No tienes vergüenza, lo que pasa es que no puedes entender ni sabes la exigencia que tiene dirigir un club de esta magnitud del Real Madrid, el cholo no gana absolutamente nada y sigue ahí, el conformismo es lo que tenéis, alma de perdedores!
Nadie sabe con certeza qué va a pasar en Venezuela después de la operación de Estados Unidos para remover a Nicolás Maduro del poder.
Lo que sí sabemos es que el relato romántico sobre la defensa de la democracia murió en el mismo momento en que Donald Trump decidió no respaldar a Edmundo González, es decir, a María Corina Machado, la figura que durante años encarnó la esperanza de una transición democrática desde adentro.
Según The Washington Post, la decisión tuvo un trasfondo tan banal como revelador: Machado aceptó un Nobel que Trump consideraba que debía ser suyo. La explicación puede parecer absurda, pero encaja con precisión quirúrgica en el perfil narcisista e infantil del mandatario estadounidense. En cualquier caso, el episodio es apenas una pieza más de un rompecabezas mucho más inquietante.
Estados Unidos nunca tuvo como prioridad la democracia venezolana. Ingenuos quienes pensaron que sí. Me incluyo. Esa es una fantasía útil para titulares y discursos, pero irrelevante para la geopolítica real. A Washington le incomodaba Maduro no por lo que hacía dentro de Venezuela, sino por con quién lo hacía fuera de ella. Su cercanía con Rusia, China e Irán cruzó una línea roja. No es un secreto que el régimen venezolano suministraba crudo a Moscú y Pekín, ni que había profundizado una alianza estratégica con Teherán basada en enemigos comunes. ¿Es el petróleo venezolano el botín? No exactamente. Estados Unidos es hoy el mayor productor de crudo del planeta y puede prescindir sin problemas del petróleo venezolano. Lo que Trump no está dispuesto a tolerar es que ese recurso estratégico alimente a sus adversarios. La “remoción” de Maduro responde a eso y a nada más. Si le llega crudo adicional, pues magnífico.
En este contexto, invocar el Derecho Internacional Humanitario resulta casi cínico. El DIH, tal como ha sido instrumentalizado en los últimos años, no ha servido para proteger poblaciones vulnerables, sino para blindar regímenes corruptos, criminales y abiertamente autoritarios como el chavismo. Buena parte de la izquierda progresista latinoamericana —incluido Gustavo Petro— ha hecho del DIH una coartada moral para justificar dictaduras, minimizar violaciones sistemáticas de derechos humanos y construir una narrativa de resistencia anticapitalista frente a Estados Unidos. En nombre de principios universales se ha terminado defendiendo lo indefendible.
Pero tampoco conviene caer en la ilusión opuesta. No estamos ante una restauración democrática, ni ante una transición pacífica. Un régimen de dictador ha sido reemplazado por el control directo de un gánster global. A algunos eso les resulta aceptable; a otros incluso tranquilizador. Pero ignorar esa realidad es un acto de autoengaño. El sistema democrático liberal, como lo conocimos y lo defendimos durante décadas, ha dejado de ser el eje ordenador del mundo. Trump no representa la democracia, así como tampoco lo hacen los líderes que replican su lógica de poder, fuerza y desprecio por las normas multilaterales. La Unión Europea parece quedar cada vez más sola, aferrada a principios que ya no garantizan influencia ni seguridad en el nuevo tablero global. La UE es hoy una isla a la que las aguas del fascismo contemporáneo la están hundiendo.
Las amenazas de Trump a Petro, sus declaraciones sobre Groenlandia y su desprecio abierto por los equilibrios diplomáticos tradicionales no son exabruptos aislados. Son señales claras de hacia dónde se dirige el nuevo orden mundial: uno en el que el derecho importa menos que la fuerza, y en el que la moral es apenas un accesorio discursivo. Trump no oculta esa lógica; la exhibe con brutal honestidad. Y al hacerlo deja en evidencia algo aún más incómodo.
América Latina no pesa. No decide. No incide. Su irrelevancia no es producto de una conspiración externa, sino el resultado de décadas de corrupción, mediocridad y fracaso estructural. Una región incapaz de construir una identidad estratégica propia, de articular poder real o de proyectarse como actor global. Mientras otras naciones entendieron que el mundo se rige por fuerza, tecnología y cohesión interna, nosotros seguimos discutiendo relatos, victimismos y épicas vacías. A punta de taparrabos ideológicos y flechas retóricas, América Latina se quedó en el medioevo. Y poco han hecho sus líderes en tratar de cambiar esa dinámica.
Venezuela no se liberó del chavismo. Me equivoqué. Venezuela sigue siendo una dictadura, solo que ahora administrada desde Washington. Cambió el operador, no la lógica. La soberanía no volvió al pueblo venezolano; simplemente fue transferida. Y ese es, quizá, el mensaje más brutal de este episodio: en el mundo que viene, los países débiles no eligen su destino. Se lo imponen.
La pregunta ya no es si esto nos gusta o no. La pregunta es si estamos dispuestos a seguir fingiendo que vivimos en un orden que ya no existe.