Pues este concierto de La Oreja lo voy a recordar siempre con mucho cariño. Creo que no iba a un concierto donde la gente gritara tanto desde el de Taylor Swift. Amaia ha estado maravillosa y dando la talla. Cada vez más claro que los que critican simplemente están rabiando.
Si yo fuera Pedro Sánchez en primer lugar convocaría una rueda de prensa y diría:
El pueblo siempre tiene razón, he entendido muy bien lo que quieren los fachas españoles, así que, no es necesario que Feijóo pida la derogación del Sanchismo, lo derogo yo:
- Queda derogado el aumento del salario mínimo, volveremos a los 740€.
- Queda derogada la reforma laboral, volveremos a la de Fátima Báñez.
- Queda derogada la ley de la vivienda, el que pueda pagarse el alquiler que ponga el propietario, bien, el que no pueda, allá él.
- Bajaré todos los impuestos a las grandes fortunas, SÓLO a las grandes fortunas, que quede bien claro.
- Desaparece el ingreso mínimo vital.
- Las pensiones bajarán a las cuantías que estableció el PP, y de subidas conforme al IPC, nada. Como bajaré los impuestos, la sanidad y la educación no tendrán financiación pública, así que os pido que no enferméis, por vuestro bien.
- El transporte público gratuito para menores de 15 años fuera. Que papá o mamá les paguen una tarjeta de transporte como dios manda.
- Queda derogada la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual, la bajada del IVA del 10 al 4 % de los productos de higiene femenina.
- Los 20.319 millones de euros, es decir, un aumento del 387% para políticas públicas destinadas a avanzar en la igualdad efectiva entre mujeres y hombres.
- Se acabarán los ERTES, las moratorias y cualquier tipo protección ante nuevas pandemias o situaciones de alto riesgo para la población. Ni estados de alarma, ni dinero público para vacunas, mascarillas, ni atención sanitaria a contagiados, a cambio, barra libre para cañas.
- Se acabará con las becas para los más necesitados, las becas serán para los ricos.
- Todos, todos los inmigrantes tendrán un plazo de un mes para que abandonen España. Ni un inmigrante en este país.
Bueno, no os canso más. Haré lo que habéis dicho que haga en las elecciones municipales y autonómicas. Buenos días y que a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. AMÉN
Que el calor es muy bonito cuando eres un chaval de 16 años con planes de piscina o tienes dinero para irte de vacaciones...por lo demás es una putísima mierda insoportable
Todos los que os pasáis el invierno deseando que llegue el verano que si los días son más largos...que si apetece hacer más cosas ... que si se está más tiempo en la calle...en la calle...¿EN QUE PUTA CALLE ESTAIS? Porque esto es insufrible
He leído que la semana que viene podríamos llegar a los 45 grados.
CUARENTA Y CINCO.
Yo no sé en qué momento hemos dejado de hablar del tiempo y hemos empezado a hablar de temperaturas aptas para fundir cosas.
Pero hay algo que me fascina de estas situaciones.
Y es que todos los años pasa exactamente lo mismo.
Todos.
Lo más absurdo del calor no es el calor.
Es que actuamos como si nos hubiera pillado por sorpresa.
Otra vez.
Como si viviéramos en un país donde jamás hubiera hecho calor en junio.
Y de repente un día alguien mira el móvil y anuncia:
—Dicen que van a llegar los 40 grados.
Y ahí empieza el espectáculo.
Porque durante una semana entera los españoles dejamos de preguntarnos cómo estamos y empezamos a preguntarnos cuántos grados marca.
—¿Qué tal?
—42.
—Pues aquí 43.
—Pues mi coche ha marcado 46.
Como si estuviéramos compitiendo por ver quién vive más cerca del infierno.
Y lo mejor es que siempre aparece alguien diciendo:
—A mí me gusta el calor.
Una frase fascinante.
Porque normalmente la pronuncia una persona sentada debajo de un aire acondicionado.
Con una bebida fría.
Y las persianas bajadas.
Así también me gusta a mí.
Luego llega la noche.
Y aparecen las famosas noches tropicales.
Una expresión muy elegante para decir que nadie va a dormir especialmente bien.
Y ahí empieza otro ritual nacional.
Darle la vuelta a la almohada.
Buscar una zona fresca.
No encontrarla.
Esperar cinco minutos.
Y volver a intentarlo como si la física hubiera cambiado de opinión.
Pero sinceramente…
Lo que más me gusta de todo esto es que dentro de tres meses estaremos diciendo exactamente lo contrario.
—Qué frío hace.
—Qué ganas de verano.
Porque si hay algo verdaderamente constante en este país no es el clima.
Es nuestra capacidad para quejarnos de él.
Una delicia el aire del infierno que entra por la ventana. Imagino que los del team calor están en la calle disfrutando mientras se les queman los pelos de los brazos y las pestañas 😍
Yo quiero que me expliquen por qué cuando era pequeño salía del colegio, almorzaba, jugaba en la calle, hacía los deberes, veía la tele, me bañaba, jugaba en casa, leía y eran las 7:00pm todavía. Ahora te tomas un café y ya son las 11 de la noche.
🔴 El iPhone puede hacer cosas BRUTALES.
Sin embargo, solo lo usas para WhatsApp y TikTok 🫠🫠🫠
No es tu culpa.
Te dejo 10 funciones que deberías usar:
(🥷 Activa el modo PRO 🤫)
Después de 12 horas de curro, subir a tender a la azotea y que te dé el aire y el olor a limpio se siente como vacaciones.
Los pobres somos una cosa… 🤣
Nadie te ama más que tú cuando eliges dormir temprano, comer tu comida favorita, cuidar tu mente, mantenerte activo, ir al gimnasio e intentar cosas nuevas.
Cuando Virginia Woolf escribió: «No hace falta tener prisa. No hay necesidad de brillar. No hace falta ser nadie más que uno mismo», abrazó a mucha gente.
La salud es lo que te mantiene en la foto. En el viaje familiar. En el baile de la boda. En el partido de tus hijos o tus nietos. En la caminata después de cenar. En ese martes cualquiera que un día se convierte en recuerdo. No cuidas tu cuerpo solo para sumar años. Lo cuidas para seguir estando. Dentro de la foto. Dentro de la historia. Dentro de la vida que amas.
Hay pocas cosas más importantes que sentirnos queridos. Tu familia, tu pareja, tus amigos más cercanos, eso es la vida.
Cuida de tus vínculos, sin ellos no hay salud mental.
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.