Vivíamos, Lucie y yo, en un mundo devastado; y por eso no éramos capaces de sentir lastima por las cosas devastadas, nos apartábamos de ellas y les hacíamos daño así a ellas y a nosotros mismos.
Caí de un barco en medio del oceano, me ahogaba y agitaba violentamente mientras veía como se alejaba cada vez más. Grite, exigí que no se fuera, pero no pude cambiar mi destino. Dios sabe cuanto lo intenté. Sin retorno, se me condenó a vivir una vida leve.