Entran en masa en Ceuta porque Marruecos lo decide. Marruecos lo decide porque España está totalmente descompuesta. España está totalmente descompuesta porque a saber qué tiene Marruecos en su poder sobre miembros de este gobierno de progreso y fantasía. ¿No dicen que lo personal es político? Pues ahí mi apuesta.
En geopolítica no hay escrúpulos, únicamente intereses. Cuando se plantea una partida al más alto nivel, hay que saber leer tus cartas y jugarlas sin mostrar debilidad, porque no hay piedad con los timoratos.
Más allá de la importancia del relato, hay que emplear las medidas de presión que se tienen al alcance, y que son muchas. Marruecos necesita a España para una gran parte de sus exportaciones. Cerrar fronteras, bloqueo comercial, apoyo a la República Saharaui, bloqueo de todos los programas de cooperación… Hay muchas formas de hacerlo y, ceder, una y otra vez, no es la mejor.
Pacto de Estado entre todas las fuerzas políticas, dejando el populismo a un lado, porque estas cosas son muy serias para perderse en luchas internas. Claro que hay una amenaza a la seguridad nacional, por supuesto que la hay, y no se juega solo desde África.
Ceuta, Melilla y Canarias son españolas más de dos siglos antes de que se crearan los Estados Unidos, más de tres de la reunificación de Alemania e Italia y cuatro de la fundación del Estado de Israel. Muchos “analistos” de think tanks Americanos están tratando de negar esa realidad desde ayer en redes sociales. Si viralizas una mentira, acaba convirtiéndose en una certeza.
“Todavía quiero hacer del mundo un lugar mejor. Solo que ya no creo que un científico lo haga decidiendo primero cómo debería ser el mundo. El trabajo es descubrir qué es verdad, seguir la verdad adondequiera que vaya, y solo entonces decidir qué hacer al respecto.”
“Sin embargo, un científico que quiere cambiar el mundo en una dirección particular ya no está sujeto a la verdad. Está sujeto a una causa. Yo ciertamente lo estaba. Mi pregunta dejó de ser ‘¿Qué es verdad aquí?’ y se deslizó hacia ‘¿Cómo demuestro que lo que creo es verdad?’. Por eso he llegado a creer que la ciencia y el activismo no pueden mezclarse. Es un claro conflicto de intereses.”
La Crisis de la Sociología Estadounidense:
La sociología estadounidense atraviesa una profunda crisis de identidad, rigor y prestigio. Aunque nació para estudiar los grandes problemas sociales -por qué unos son más ricos que otros, qué genera los males sociales, por qué la gente no tiene más hijos- y produjo conceptos fundamentales como el delito de cuello blanco, la gentrificación o el capital cultural, hoy se encuentra atrapada en una batalla ideológica que amenaza su propia existencia como disciplina científica.
Una parte dominante del campo la concibe abiertamente como una forma de “praxis liberadora” antiracista, de-colonial, feminista y queer. La propia presidenta de la American Sociological Association la describió en esos términos en 2023, y profesoras como Saida Grundy afirman sin rodeos: “Creo en la sociología como un arma”. Frente a esta visión, un grupo creciente de sociólogos críticos denuncia que la lógica activista ha desplazado a la lógica científica. Según ellos, la disciplina ha convertido la igualdad de resultados en un dogma, asume que toda desigualdad es discriminación y trata como tabú o como “victimización de las víctimas” cualquier explicación alternativa. El resultado es una investigación sesgada, a menudo distorsionada y cada vez menos creíble.
Las consecuencias son visibles: el número de estudiantes que se especializan en sociología ha caído de 31.000 en 2013 a 21.000 en 2024, la membresía de la ASA se ha reducido drásticamente y la carrera aparece entre las más arrepentidas. Informes como el de Vanderbilt y Washington University de 2026 hablan de “lógicas activistas que se imponen a las lógicas científicas”. Voces como las de Christian Smith, Kevin McCaffree, Ilana Redstone, Musa al-Gharbi o Ashley Rubin advierten que el ambiente de conformidad ideológica, la autocensura y el rechazo de temas “conservadores” (familia, religión, policía, diferencias sexuales) están empobreciendo el pensamiento y alejando tanto a estudiantes como al público.
La psicología social suele contar historias muy negativas sobre las personas (que somos obedientes, crueles, conformistas y llenos de prejuicios). Según este artículo, esas narrativas pesimistas no se mantienen solo porque sean verdaderas, sino porque benefician al propio campo: generan atención en los medios, facilitan publicaciones científicas y, sobre todo, justifican la existencia de los psicólogos como “expertos” que detectan problemas en la gente y ofrecen soluciones. En resumen, el pesimismo es útil para la disciplina: cuanto más defectuosa parezca la naturaleza humana, más necesaria parece la psicología para “arreglarla”.
Hoy agarramos un fabuloso ejemplo de cómo se llama a alguien "nazi" para justificar que se le pegue. Es decir: cómo se usa una etiqueta para deshumanizar a una persona y convertirla en blanco de la violencia. Como hacían los nazis reales, por cierto.
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¿Por qué es tan cara la psicoterapia?
Josh Zlatkus comenta aquí algunos aspectos económicos de las psicoterapias desde su experiencia personal. En su consulta cerca de Rittenhouse Square en Filadelfia, una sesión privada cuesta alrededor de 200 dólares porque el “producto” que vende el terapeuta -atención plena, sostenida y sin distracciones- es limitado y no escalable. Un profesional solo puede ver entre 20 y 30 pacientes por semana antes de agotarse; el propio autor se queda completamente sin energía después de seis sesiones (cuatro horas y media), aunque parezca poco tiempo.
Esta exigencia de foco continuo explica el alto precio: para el cliente supone entre 700 y 800 dólares al mes, un lujo que la mayoría no puede sostener, mientras que para el terapeuta el ingreso medio ronda los 60.000 dólares anuales y suele requerir subsidios (pareja con buen sueldo, herencia o segundo empleo). Zlatkus reconoce que, aunque valora el servicio como una forma valiosa de escucha humana en un mundo lleno de distracciones, a estos precios la terapia se convierte en un bien de lujo, lejos de ser una solución accesible para la salud mental pública.
Al final se pregunta cuánto debería cobrar él mismo, buscando equilibrar un ingreso digno con no excluir a más personas de algo que, en esencia, es una conversación irrepetible basada en atención y relación.
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