«A primeros de enero de un año cualquiera,
con amores y nombres ya seleccionados,
con los huesos maduros a mitad de mi vida
me prometo solemne no sufrir demasiado.»
Y ahora estoy alargando mis días en mi esquina, torturándome con el amargo e inútil consuelo de que un hombre inteligente no puede convertirse seriamente en nada; de que tan solo un idiota puede convertirse en algo.