Se me cayó el teléfono en el inodoro del baño de un café. Qué curiosa la falta de prurito para adentrar la mano en las inmundicias ajenas en aras de salvaguardar esta ascéptica vida digital.
Ir a un concierto de cámara y que el viejo pelotudo al lado tuyo marque con el piecito el compás mal, a destiempo, ejecutando con su astrágalo descalcificado un baile patético, minúsculo, ignorante. Viejo pelotudo, quedate quieto, dejá escuchar.
Difícilmente exista otra película que conecte con tanta lucidez la dificultad contemporánea de habitar la adultez con la depresión como lo hace Arturo a los 30, de Martín Shanly. Su impronta generacional está a imagen y semejanza de aquel hito del 2008 que fue Los Paranoicos.