🔴 COMUNICADO DEL EQUIPO DE #URUGUAYSUB200
🚢 El Falkor (too) está volviendo a puerto para resolver fallas técnicas.
👉 Estaremos actualizando la información a través de nuestras redes.
🙌🏼 Pronto la expedición estará nuevamente explorando y transmitiendo en vivo🪼
Uds son muy chicos pero antes se usaba una de estas para el boleto estudiantil
Y a veces te quedaba solamente el último y el guarda era piola y te lo devolvía sin cortar y lo usabas dos o tres veces......😄
“Dos canes sin bozal y con correa corta”
El rol de "attack dog" que ejercen con entusiasmo Sebastián Da Silva y Graciela Bianchi no es un accidente ni una excentricidad aislada: es una pieza clave del dispositivo comunicacional de la derecha uruguaya —sobre todo del Partido Nacional—, incluso ahora desde la oposición.
Ya no están blindando a un gobierno, ahora están sembrando ruido para erosionar al nuevo.
Cambió el escenario, pero no el guion: siguen embarrando la cancha, tirando pedradas y gritando más fuerte que cualquiera que intente razonar (a los alaridos, si es posible).
Ya no para proteger a Lacalle Pou, Delgado, Penadés o García, sino para "torpedear", como sea, al gobierno de Orsi y Cosse, incluso todo lo que sea referido al Frente Amplio.
Lo suyo no es oposición política, es guerra cultural. Bianchi y Da Silva no debaten leyes ni discuten ideas: etiquetan, ridiculizan, provocan. No hay construcción posible con ellos en la mesa. Están ahí para marcar enemigos, no para construir puentes. Si el Parlamento alguna vez aspiró a ser un espacio de deliberación democrática, ellos se encargan de convertirlo en un escenario de stand-up agresivo, con aplausos del coro más extremo y silencio incómodo del resto.
Y no es torpeza, es cálculo. Cálculo comunicacional, cálculo electoral, cálculo ideológico. Envenenar el debate, instalar sospechas, agitar fantasmas. Desgastar. No importa si el gobierno recién empieza, si el país votó mayoritariamente un cambio de rumbo, si hay una agenda urgente que atender. Ellos están en otra: mantener viva la llama del rencor, como si negar el resultado electoral fuera una forma de seguir gobernando por otros medios.
El problema es que esta estrategia tiene efectos tóxicos. Porque cuando la oposición se convierte en una fábrica de odio, lo que se rompe no es la popularidad de un gobierno, sino el clima democrático. La política deja de ser conflicto civilizado para convertirse en griterío estéril. No hay matices, no hay escucha: solo etiquetas. Comunista, abortista, terrorista, traidor.
Todo el que no coincide es un enemigo a eliminar simbólicamente.
Y lo más grave: no hay freno. Da Silva tuitea como si gobernara desde la estancia, repartiendo intentos fallidos de ironías y odio en partes iguales, y Bianchi sigue armando escándalos institucionales desde su banca (como cuando fue vicepresidenta y Argimón tuvo que desactivar el lío que generó con el gobierno español). Ambos actúan como si fueran custodios de un orden amenazado —una especie de guardia pretoriana de teletubies— y eso los autoriza —al menos en su lógica— a decir cualquier cosa, acusar sin pruebas, y gritar cuando se quedan sin argumentos.
El Frente Amplio gobierna, sí. Pero ellos todavía ocupan el centro del ruido. No están construyendo una nueva alternativa, están negando el presente. Y eso no solo los vuelve funcionales al desgaste democrático: los vuelve caricaturas de sí mismos. Cuando el país necesita oposición seria, responsable, propositiva, ellos ofrecen más de lo mismo: bronca y gritos. No es resistencia, es berrinche. No es estrategia, es revancha.
En el fondo, el rol que cumplen Bianchi y Da Silva sigue siendo útil, pero no para el país: es útil para mantener en pie un relato de supuesta persecución, de “resistencia” ante un gobierno legítimo. Pero ese rol, hoy más que nunca, es tóxico. No porque discutan con dureza —eso es parte del juego democrático—, sino porque ya ni siquiera demuestran querer hacerlo. Solo rompen.
Y si nadie en su espacio político los frena, si los siguen premiando con micrófonos y lugares en listas, entonces es porque son exactamente lo que se espera de ellos. Y lo que se espera, lamentablemente, no es diálogo ni propuestas: ES DEMOLICIÓN.
El Uruguay que soñamos empieza a hacerse realidad🔴🔵⚪️
Este domingo, esperamos los resultados juntos y juntas, con las banderas en alto y la convicción de que un país en el que nadie quede atrás, es posible.
¡Hasta la victoria, compañeros!
¡Hasta la victoria, compañeras!
¡Viva el Frente Amplio! ✊🏼🇺🇾
#MVDNoticias
Los restos hallados el 30 de julio en el Batallón 14 pertenecen a Luis Eduardo Arigón, que tenía 51 años cuando fue secuestrado y desaparecido, el 14 de junio de 1977.