Cuando era joven, conocí a una mujer que parecía esculpida por la belleza misma.
Cada rasgo suyo era armonía, cada movimiento, una sinfonía visual.
Pero al pasar los días, y al escucharla más que mirarla, noté que su alma no tenía la misma gracia que su rostro.
La vanidad reemplazaba la dulzura, la superficialidad eclipsaba la profundidad. Y entonces ocurrió lo impensado: dejé de verla hermosa.
Porque cuando el alma no brilla, ni el rostro más bello puede sostener la luz.
El Einstein Libertario.-