@kayakestable Cada familia, cada persona de la manera más íntima sabe lo que significa el ÉXITO! Nadie más sabe de las luchas, las subidas y bajadas. Nadie recorre el camino del otro. Esa satisfacción está por encima de las máscaras y apariencias. Así que FELICITACIONES A TI Y A TU HIJO!
Hace cinco años perdí a mi único hijo. Tenía 19 años y salió de la casa una mañana normal, con los audífonos puestos. Me pidió plata para el bus, me dio un beso rápido y me dijo que regresaba temprano. Nunca volvió. Esa misma noche me llamaron del hospital. Hubo un accident3.
Después de eso, mi vida quedó partida en dos. Dejé de celebrar fechas, dejé de ir a ciertos lugares, dejé de cocinar algunas cosas que a él le gustaban. Su cuarto se quedó igual durante años. Nadie entiende lo que es perder a un hijo hasta que le pasa. No es solo la ausencia; es la sensación constante de que el mundo siguió funcionando cuando el tuyo se detuvo.
Hoy, cinco años después, salí a hacer una diligencia sencilla. Nada especial. Caminaba por una calle que no frecuento… y cuando lo vi. A dos metros de distancia. Era un joven de espaldas, pero algo en su forma de caminar me hizo detenerme. Cuando se giró, sentí que se me aflojaron las piernas. Era idéntico a mi hijo. La misma estatura, el mismo rostro, la misma forma de mirar. Por un segundo, mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Tuve unas ganas inmensas de acercarme. De decir su nombre. De abrazarlo. De tocarle la cara para comprobar que estaba vivo. Sentí cómo se me llenaron los ojos de lágrimas, cómo me temblaban las manos. Pero me quedé quieta. Entendí que no era él. Que mi hijo no había vuelto. Que este joven tenía su propia vida, su propia historia, su propia madre.
Lo observé en silencio. Vi cómo hablaba por teléfono, cómo se reía, cómo ajustaba la mochila en su hombro. Cada gesto era un golp3 suave, pero constante. No quise invadir su espacio. No quise asustarlo. No quise cargarlo con un dolor que no le pertenecía. Me limité a mirarlo, desde donde estaba, como quien mira un recuerdo que camina.
Cuando se fue, no lo seguí. Me quedé ahí unos minutos más, respirando hondo, tratando de recomponerme. No sentí rabia. No sentí frustración. Sentí algo extraño, parecido a la paz. Como si la vida, por un instante, me hubiera permitido volver a verlo.
Volví a casa despacio. Lloré, sí. Pero no como otras veces. Lloré agradecida. Agradecida por haberlo tenido, aunque fuera poco tiempo. Agradecida por haberlo visto reflejado en otro rostro. Agradecida porque, de alguna forma inexplicable, sentí que Dios me dio otra oportunidad de mirarlo sin que doliera tanto.
Mi hijo sigue en el cielo. Yo sigo aquí. Y hoy entendí que el amor que le tengo no se fue con él. Sigue apareciendo, incluso donde menos lo espero.
Durante casi dos semanas, los médicos lo llamaron por su nombre.
Nunca respondió.
El 24 de enero de 1961, Mel Blanc conducía su deportivo por Sunset Boulevard cuando otro coche le cortó el paso en un tramo conocido como la Curva del Hombre Muerto. El impacto fue brutal. Sufrió múltiples fracturas y un traumatismo craneoencefálico grave. Fue trasladado de urgencia al Centro Médico de UCLA y cayó en coma.
Su esposa lo llamaba por su nombre.
Su hijo le hablaba.
El personal repetía: “Mel… Mel Blanc…”.
Nada.
Y para entender lo extraño de ese silencio hay que saber quién era Mel Blanc.
Para entonces, era el actor de doblaje más prolífico de Estados Unidos. Era la voz de Bugs Bunny, el Pato Lucas, Piolín, Silvestre, Sam Bigotes, Speedy Gonzales y decenas de personajes más. En Warner Bros. lo llamaban “el hombre de las mil voces”.
No los imitaba. Los encarnaba.
Su cuerpo, su respiración y su rostro cambiaban con cada voz. No hablaba como Bugs Bunny. Era Bugs Bunny.
Después de casi dos semanas sin respuesta, un neurólogo decidió intentar algo distinto. El doctor se inclinó sobre la cama y preguntó:
—¿Cómo te sientes hoy, Bugs Bunny?
Hubo un silencio.
Y entonces, con una voz débil pero inconfundible, llegó la respuesta:
—Eh… estoy bien, doctor. ¿Y usted?
El personal quedó inmóvil.
Intentaron de nuevo:
—Titti, ¿estás ahí?
—¡Creo que vi un lindo gatito!
El cerebro herido de Mel Blanc no podía alcanzar su identidad consciente… pero sí podía alcanzar a sus personajes.
Durante días respondió más rápido cuando lo llamaban Bugs, Lucas o Piolín que cuando usaban su nombre real. Era como si Bugs Bunny hubiera salido del coma antes que Mel Blanc.
Y la industria no lo abandonó.
En ese momento, Blanc era la voz de Pablo Mármol en Los Picapiedra. En lugar de reemplazarlo, instalaron un equipo de grabación en su habitación del hospital. Grabó acostado, con el cuerpo inmovilizado, mientras su hijo le pasaba los guiones página por página.
Cada voz seguía ahí.
Regresó poco a poco al trabajo. Apareció en televisión con muletas. Siguió doblando durante casi treinta años más. Su último gran trabajo fue ¿Quién engañó a Roger Rabbit? en 1988.
Murió en 1989, a los 81 años.
En su lápida puede leerse:
“¡Eso es todo, amigos!”
Pero su legado ya había quedado claro mucho antes.
No interpretaba personajes.
Los habitaba tan profundamente que, cuando todo lo demás se desvanecía, ellos seguían ahí.
Durante dos semanas lo llamaron por su nombre. No respondió.
Lo llamaron Bugs Bunny. Y volvió.😱😱
Quieres q les pongan una papeleta a los babosos q usan el carril d emergencia en la panamericana?
Apunta este número: 937714189
Manda un VIDEO q se note la placa, la fecha, hora y lugar ( d preferencia KM) y sentido en q viajaba el auto.
Así podemos educar y salvar vidas
1️⃣ Domina tu mente
Debes trabajar la mente igual que un jardinero cuida un jardín.
Cuando tengas pensamientos negativos, intenta sustituirlos por pensamientos positivos.
"Los errores no existen. Simplemente son lecciones de las que aprender"
Tremendo.
La investigación de la muerte de Kira destapó que su profesor de religión se encerró a solas con ella varias veces y amenazó con humillarla delante de sus compañeros si contaba algo. Las instituciones pidieron apartarlo, pero el director se negó #eldiariodekira # Manyanet