« beso a Eliane, sin embargo, la misma mano culpable de la nalgada ahora se haría un lugar en su cintura.
— Sólo encontré estas. —musitó sobre su boca. Otro beso más breve, y la alemana se apartó como quien no quería la cosa. Ella también podía jugar.
No sintió ni una pizca de lástima por la ropa que quedó a medio doblar. Tampoco por lo que se comprometió a traer. Ni por el agua que ahora se ha de inclinar a dar y la cual durante los próximos segundos se iba a dedicar a correr, y a correr, y a correr… Le robó un segundo »
En realidad, qué tanto debía hacer Eliane para conseguirlo si a ojos de Agnes es la mujer (subjetiva y objetivamente) más bella y atractiva que hoy vive. No mucho, desde luego. La alemana llegó al baño y, con el gesto más casual después de haber recorrido su cuerpo con la »
Le ha de silbar (en parte broma, en parte verdad) por la imagen. La carcajada fue suave cuando giró en sus tobillos y caminó en dirección opuesta para ir a buscar lo ofrecido: sales de baño efervescentes. No tardaría en volver a Eliane.
Los segundos que se toma antes de replicar no son para meditarlo, sino más bien para apreciar el rostro de su pareja y aquella expresión que tanto adora. Tras negar, no duda en rodar los ojos y robarle un beso fugaz.
— Iré por las sales.
Escondió el rostro en la curvatura que da entre su cuello y hombro, pero la risa no pudo contenerla, sólo se pronunció. Luego, ha de murmurar con una duda fingida, molestosa:
— Mhm… Puede ser. La atrapé, estimada… delincuente.
Quizá Eliane escapa, pero Agnes no tarda en ir detrás suyo hasta atraparla: ha de llevar las manos a su cintura y la abraza; de ese modo la detiene. La risa es sonora.
— Así que ahora eres fugitiva.