Del mismo modo que Irán logró trasladar el debate de una guerra que pretendía tumbar al gobierno iraní en cuestión de días a si se abre o se cierra el estrecho de Ormuz, Marruecos, a menor escala, ha conseguido hacer algo parecido con España, convertir lo que debería haber sido una respuesta firme ante un ataque a la soberanía española en un debate sobre si se devuelven o no los menores.
Marruecos provoca, Marruecos marca los tiempos y Marruecos decide de qué se habla. España acepta y cumple.
Experimento sociológico de extraordinaria pureza. Escribe Gascón que Puente cumple la función política del broncas y Puente, herido en su ego, sale al punto a ejercer de broncas para demostrar que semejante calumnia es rigurosamente cierta.
O sea.
Hipótesis, experimento, resultado y publicación del hallazgo en un plis plas, con el objeto de estudio colaborando como un poseso.
Y luego viene lo mejor. Comparece la corte de devotos, con la gravedad de un sínodo de obispos examinando una tostada con la cara dz la Virgen, a explicar que un ministro dedicándose a ajustar cuentas con periodistas es cosa perfectamente normal, incluso conveniente.
Pues no, oiga. Un periodista y un ministro no juegan con las mismas cartas. El trabajo del primero consiste, entre otras cosas, en fiscalizar al poder y tocarle soberanamente las pelotas. El segundo resulta que es el poder, con ministerio, focos y una horda de halagüeños dispuesta a caer sobre cualquiera a quien Su Excelencia tenga a bien señalar con el dedito.
Antaño, los ministros administraban ministerios y rendían cuentas. Ahora parece que también han de patrullar tuiter repartiendo mandobles a los periodistas que les salen díscolos.
Y nosotros, entretanto, siguiéndole el juego y proporcionándole alguien con quien bronquearse.
Creo que hay que cambiar de método.
Bloquéese, ignórese y, cuando llegue noticia de la siguiente coz, no se dé el personal ni por enterado. Que provoque en circuito cerrado con los suyos, que jamás han de llevarle la contraria y son tan obsecuentes que le aplauden hasta los pedos.
This is Marziyeh a woman from my country Iran. Look at her face. She had acid thrown on her face because her hijab was considered “inappropriate.”
Two things about her story break my heart.
First: for more than a decade, I have watched powerful female politicians from the West visit my country, cover their hair, and tell us they are doing it to “respect Iranian culture.”
Iranian culture didn’t do this to her. Theocracy did.
Compulsory hijab is not our culture. It is the culture of those who use religion to control women. Iranian women have paid with prison, lashes, their eyes, their faces, and sometimes their lives for saying NO to it.
Second: the United Nations elected the Islamic Republic to its Commission on the Status of Women.
Yes. The regime that brutalizes women over their hair was chosen to help oversee women’s rights.
That’s like putting the arsonist on the fire-safety committee.
So that is why I am determined to ate the West to respect women. Not the Islamic Ideology that destroy our lives.
My speech at United Against Gender confers Apartheid in Berlin
Sánchez intenta la carambola: usar Ceuta para erosionar a Felipe VI y la monarquía española, fabricando otra crisis constitucional -vive de eso- mientras intenta contentar a la alauita para que no desvele eso secreto que tiene.
¿Soy la única a la que se le ponen los pelos de punta al pensar en 500 niñas sin amparo familiar entregadas a ONGs?
Los proxenetas que operan en los centros tutelados deben estar frotándose las manos.
"Había niños de hipoterapia, familias, animales. Nadie les avisó. Se enteraron por la prensa.
Pancarta de la protesta: “Los caballos y los niños también importan”.
Primero les negaron sacar a los caballos “por seguridad”. Ahora meten a cientos de [in]migrantes al lado"
El Partido Comunista en Escocia es terf y no cree que las mujeres trans sean mujeres , sino hombres .
¿Como te quedas @IzquierdaUnida@elpce ??
Son también fachas de ultraderecha, como llamáis a las feministas críticas con la ley Trans ?
Quiero decir algo que llevo tres semanas pensando: la mejor cobertura de la crisis de Ceuta la está haciendo un periódico local.
El @ElFarodeCeuta. El decano de la ciudad. Sin plató, sin enviados especiales, sin necesidad de mandar a nadie porque ya estaban allí.
Fueron ellos los que pusieron nombre a lo del 30 de julio cuando en Madrid todavía se debatía qué palabra tocaba usar. Los que contaron el CETI desbordado con cifras y no con adjetivos. Los que abrieron sus canales a las familias que buscaban a los que no aparecieron. Los que siguen publicando hoy, 21 de agosto, cuando siguen teniendo el problema encima.
Y mientras, el circuito de siempre. Bajar dos días, grabar la valla, subir al plató y encajar Ceuta en la discusión que ya traías escrita de casa.
La diferencia entre los dos no es ideológica. Es más simple: uno se queda a vivir con lo que ha publicado y con los vecinos sobre los que ha publicado. El otro coge el avión el domingo.
Si te has enterado de algo real sobre Ceuta este mes, hay muchas papeletas de que saliera de esa redacción.
Va por ellos.
«No hemos recibido llamadas al 016». Esta es una de las cosas que se ha atrevido a decir Ana Redondo, la Ministra de Igualdad, respecto a las vioIaciones a niñas marroquíes y españolas, y al incremento de vioIencia se/ual en Ceuta. Esto trasciende a la dejación de funciones y abandono institucional a Ceuta; estas palabras revelan una profunda altanería, irresponsabilidad y desprecio a los ciudadanos, especialmente a las mujeres y niñas, que tiene el deber de servir y asistir. No ocurrirá, pero como explicaba ayer en TEM, son palabras merecedoras de cese.
Comunicar a gente que lleva años sufriendo un servicio de Cercanías deplorable que el dinero de sus impuestos se va a ir a comprar trenes nuevos para Madrid y que a ellos les van a dar los de 20 años de uso tiene sus dificultades, Hugo. A lo mejor no es un tema de comunicación.
Como médico, y especialmente desde la mirada de la salud mental, me parece profundamente preocupante ver a madres y grupos de mujeres aplaudiendo y defendiendo con vehemencia a Lindsay Clancy.
No se discute que la salud mental materna es un problema serio y subatendido. La psicosis posparto, aunque rara (entre 1 y 2 por cada 1.000 partos), es una emergencia psiquiátrica real. Cuando no se diagnostica y trata a tiempo, se asocia a un riesgo elevado de suicidio e infanticidio (literatura estima alrededor del 4 % en casos no tratados). El estrés extremo, el insomnio severo, los cambios hormonales y, en algunos casos, un sustrato bipolar no reconocido pueden distorsionar gravemente la percepción de la realidad y la capacidad de juicio. Eso es medicina, no ideología.
Sin embargo, romanizar o convertir en víctima heroica a una mujer que estranguló a sus tres hijos (de 5 años, 3 años y 8 meses) es otra cosa completamente distinta. Y es éticamente inaceptable.
Según los testimonios de los propios clínicos que la atendieron en los meses previos (psiquiatras y enfermeras de salud mental perinatal), Clancy fue diagnosticada fundamentalmente de trastorno depresivo mayor severo sin síntomas psicóticos y de ansiedad generalizada. Varios de ellos declararon explícitamente que no observaron signos de psicosis ni de manía en las consultas, incluida la del día anterior a los hechos. La defensa sostiene que se trataba de psicosis posparto (posiblemente en el contexto de un trastorno bipolar no diagnosticado) agravada por medicación. Esa discusión clínica y forense debe resolverse en el juicio con evidencia, no en las redes con aplausos.
Lo que no admite relativización es el acto: tres niños asesinados. La enfermedad mental puede explicar un comportamiento, pero no lo convierte automáticamente en justificado ni en merecedor de celebración. Confundir compasión clínica con legitimación moral es peligroso.
Más preocupante aún resulta el comportamiento de quienes salen a defenderla con tanto fervor y sin matices. Ese nivel de identificación y justificación de un filicidio merece, como mínimo, una reflexión seria sobre los mecanismos psicológicos que están operando. No se trata de estigmatizar a todas las madres que sufren, sino de no normalizar la deshumanización de las víctimas (los niños) en nombre de una narrativa de “madre rota”.
La salud mental debe atenderse con rigor, recursos y sin estigma. Pero la empatía no puede llegar al punto de aplaudir a quien mató a tres niños. Ese límite no es opcional.
La relación de las personas con el trabajo está cambiando. Mis familiares y amigos no entienden por qué no dejo el neurointervencionismo, trabajo menos y vivo mejor, si total, ganaría lo mismo (o más). Y lo peor es que llevan parte de razón…
Van pasando los años… conozco médicos excelentes que renuncian a trabajos complicados o que directamente se ponen a hacer un máster de estética porque no les interesa lo que el hospital tiene que ofrecerles. Me da pena. La degradación del sistema es progresiva y tangible.
Hace unos días, una niña de 4 años murió de difteria. Sus padres no la vacunaron por miedo al falso vínculo entre vacunas y autismo.
El de la izquierda es el miserable que se inventó el bulo. El de la derecha es el actual Secretario de Salud de EEUU, que sigue difundiéndolo.