Queridos, hay puertas que se cierran para salvarte la vida, aunque en el momento te la partan.
Le hablo a esa versión tuya que acaba de recibir el "no". El negocio que no se dio, el empleo que le dieron a otro, la persona que eligió irse, el proyecto que murió en tus manos después de tanto desvelo. A la que está mirando esa puerta cerrada preguntándose qué hizo mal, si oró poquito, si Dios se distrajo justo cuando le tocaba a ella.
Escúchame desde la calma: no todo lo que se te niega es castigo; muchas veces es protección disfrazada de derrota. Tú ves una puerta cerrada; Dios ve el precipicio que había del otro lado. Tú lloras lo que perdiste; Él conoce lo que te habría costado ganarlo. Y hay oraciones que, con los años, agradecerás que jamás fueron respondidas como tú las pediste.
Yo sé que hoy no consuela. El rechazo arde, y no vengo a pedirte que sonrías mientras te quema. Llora lo que tengas que llorar: la fe no está peleada con las lágrimas. Pero cuando termines de llorar, levanta la cabeza y hazte la pregunta correcta. La pregunta correcta jamás ha sido "¿por qué me pasó esto?"; la pregunta correcta es "¿para qué me está preparando esto?".
A José lo tiraron a un pozo sus propios hermanos, lo vendieron como esclavo y lo encerraron por un crimen que no cometió. Tres puertas cerradas en la cara, una detrás de otra. Y cada una era un pasillo que lo acercaba al palacio. El día que gobernó Egipto entendió lo que en el pozo era imposible entender: que lo que otros hicieron para destruirlo, Dios lo estaba usando para posicionarlo.
Así que deja de rasguñar esa puerta. Deja de rogarle a lo que Dios ya descartó para ti. Sécate la cara, acomódate el alma y camina: porque hay una puerta más adelante que tiene tu nombre escrito, y esa no la cierra nadie.
Dios los bendiga, queridos Inquebrantables.
Hay muestras de amor que no necesitan mucha parafernalia y aún así logran hacernos sentir completamente especiales y amados. No pierdas de vista a la gente que le pone amor a tu vida, ellos valen más que el oro.
"Hay quienes minimizan la decisión del presidente saliente de Colombia de desconocer el triunfo electoral de De la Espriella, viéndola como el berrinche de un mal perdedor. Se equivocan: puede ser algo mucho más peligroso". Mi columna en O Estado de Sao Paulo: https://t.co/WSaUT4AH1H
Vamos TODOS a comprarle la panela a Don Luis Felipe 👇 ya que los muy "humanistas" y "democráticos" petrocepedistas están promoviendo NO comprar nada a ningun comerciante/emprendedor q haya votado por @abdelaespriella@mauriciogomezco 🚨🚨🚨🚨
Que cada día de este mes te recuerde que estás avanzando, que estás construyendo algo valioso, y que mereces vivir con alegría, amor y propósito. Agradece cada pequeño logro, cada lección, cada sonrisa en el camino.
Confía, porque vas por buen camino.
El soldador millonario.
Elon Musk acaba de cruzar la frontera simbólica del trillón de dólares. Para unos, es la prueba de que el capitalismo está roto. Para otros, es la prueba de que el capitalismo funciona demasiado bien. Pero antes de indignarse, conviene entender qué significa realmente esa cifra.
Musk no tiene un trillón de dólares en el banco. No es Tio Rico nadando en monedas de oro. Ese “trillón” es el valor de sus acciones. Es decir, una estimación del mercado sobre lo que valen hoy sus participaciones en empresas como SpaceX y Tesla. Tampoco puede “sacarlo en efectivo”. Si Musk intentara vender de golpe sus acciones, no aparecería mágicamente un comprador con un trillón disponible. El precio caería, el mercado entraría en pánico y buena parte de esa riqueza se evaporaría.
Por otra parte, Musk no le quitó esa plata a nadie. Que Musk se haya hecho más rico no significa que alguien se hizo más pobre. Musk construyó compañías que antes no existían, abrió mercados que parecían imposibles y, en el camino, hizo ricas a miles de personas: ingenieros, soldadores, operarios y hasta empleados de cafetería que recibieron acciones. Ni el marxismo, ni el socialismo, ni el comunismo hicieron millonario a un soldador.
Luego aparece el grito populista: “tax the rich”. Supongamos que el Estado pudiera confiscarle todo a Musk, cosa que además destruiría el valor que pretende capturar. ¿Qué lograría? Estados Unidos tiene una deuda cercana a los 40 trillones de dólares y el gobierno federal gasta alrededor de 7 trillones al año. Un trillón alcanzaría para unas semanas de gasto, no para resolver el problema fiscal. El déficit no existe porque Musk tenga demasiado, sino porque el Estado gasta demasiado.
Pero lo más revolucionario de todo esto no es que Musk sea trillonario, sino que ahora cualquiera puede participar de esa riqueza. El mercado de valores es uno de los inventos más extraordinarios de la civilización. El viernes, el mismo día en que Musk se hizo trillonario, SpaceX dejó de ser un club cerrado de inversionistas acreditados y se abrió a cualquiera. Hoy, con 160 dólares, cualquiera puede comprar una acción y ser dueño de un pedacito de los cohetes y de Starlink.
Eso es lo verdaderamente extraordinario de esta historia. El capitalismo y el mercado de valores permiten crear una empresa gigantesca, hacer millonarios a trabajadores comunes en el camino y luego abrir la puerta para que cualquier persona pueda ser socia. Crear valor, repartir propiedad y democratizar la participación en una compañía extraordinaria. Eso no lo logró el marxismo, ni el socialismo, ni el comunismo.
El autogol de Cepeda.
Algún día, cuando se escriba el manual de lo que jamás debe hacerse en una campaña presidencial, la cruzada de Iván Cepeda contra la camiseta de la Selección Colombia tendrá capítulo propio, y no tanto por malvada sino por torpe. En plena segunda vuelta, a puertas de un Mundial, su campaña miró a Abelardo de la Espriella vestido de amarillo y creyó ver una oportunidad para denunciar oportunismo. Pero lo que hizo fue tomar el símbolo más emocional y transversal del país y entregárselo en bandeja de plata a su rival.
El error viola la primera regla de la guerra simbólica: no se prohíbe lo que no se puede controlar. La camiseta está en las calles, en los bares, en las vallas publicitarias y en las fotos familiares. Estamos en temporada de Mundial y medio país anda de amarillo sin que eso signifique adhesión a nadie.
Ahí se produjo algo más poderoso que el simple efecto Streisand. Primero, prohibir la camiseta la volvió más visible y deseable. Segundo, miles de personas inundaron las redes con la camiseta puesta como muestra de apoyo a Abelardo, pero también por rebeldía, porque a nadie le gusta que le digan cómo se puede vestir. Y tercero, lo más grave: desde que Cepeda la convirtió en campo de batalla, cada colombiano de amarillo empezó a parecer abelardista, aunque no lo fuera. Una valla publicitaria, un niño con la diez de James, una señora yendo a votar de amarillo, todo quedó teñido de un color político que nadie eligió. Cepeda quiso quitarle la camiseta a Abelardo y terminó haciendo parecer abelardista a medio país. Ninguna campaña compra semejante omnipresencia, y él se la regaló gratis.
Esa reacción no fue casual. El problema de fondo fue una mala lectura del símbolo. La campaña de Cepeda trató la camiseta como si fuera una pieza de propaganda, cuando para millones de colombianos es una emoción compartida. La camiseta remite al fútbol, al Mundial, a la familia reunida frente al televisor, al orgullo nacional y a una forma simple de pertenecer a algo común en un país fracturado. Judicializarla en ese contexto no parecía una defensa de la neutralidad, sino un regaño contra la gente que quiere ponerse la camiseta de Colombia.
Por eso la reacción fue tan inmediata. A la gente le gusta “la Sele”, le gusta vestirse de amarillo y le molesta que una campaña pretenda administrar ese símbolo. Además, en un país donde la camiseta ha sido usada una y otra vez por políticos de distintos sectores, prohibírsela a un solo movimiento difícilmente se lee como equilibrio institucional. Suena más a persecución.
La prohibición, además, abre absurdos imposibles de explicar. ¿Quién es “miembro” del movimiento de Abelardo, y cómo se prueba, con un carné, con un trino? Si un jugador de la Selección simpatiza con él, ¿debe abstenerse de vestirla en el Mundial? Esa clase de orden no pacifica nada, sino que ridiculiza a la autoridad, y el beneficiario natural es quien puede presentarse como víctima del exceso. Por eso resultó tan revelador que Cepeda celebrara el fallo en redes, celebrando en público la medida que más daño le hacía a su propia candidatura.
Las campañas torpes pierden por falta de inteligencia, pero sobre todo por falta de intuición popular. Ven una infracción donde la gente ve una emoción. Ven un símbolo contaminado solo porque no lo controlan. Cepeda quiso impedir que Abelardo se apropiara de la camiseta y terminó haciendo exactamente eso. Le fabricó una causa, le regaló una bandera y le puso al país entero el uniforme de su campaña.
Más de 40 años llevaban esperando la pavimentación de la vía que comunica el municipio de El Paujil con Cartagena del Chairá. Hoy realizamos la socialización del proyecto que permitirá intervenir los 2 km faltantes de este importante corredor vial.
Y aquí está la parte que me desafió como hombre:
Dijo: «Una mujer segura no persigue. Observa. Y se marcha en silencio si pierde el respeto».
Sin drama.
No hay escenas públicas.
Sólo estándares.