Mi hijo se marchó a Suiza con 23 años. Me dijo que había conseguido trabajo en una empresa farmacéutica y que, por fin, podría ganar un buen sueldo. Durante siete años me envió 2.000 € todos los meses. Gracias a él terminé de pagar la hipoteca y pude jubilarme antes. En las fotografías aparecía esquiando, cenando en restaurantes caros y conduciendo coches que yo jamás podría comprar. Nunca quiso que fuera a visitarlo. Decía que viajaba constantemente por trabajo. El mes pasado cumplió treinta años y decidí darle una sorpresa. Volé a Zúrich y fui directamente a la dirección que figuraba en sus paquetes. Era un edificio moderno, con oficinas y una recepción enorme. Enseñé su fotografía y pregunté por él. La recepcionista me dijo que no trabajaba allí. Insistí en que llevaba años empleado en aquella empresa. La mujer consultó el ordenador y me respondió: «Señora, su hijo viene aquí todas las noches, pero no es empleado de ninguna farmacéutica». Después me explicó qué hacía realmente en aquel edificio.