Está en la mierda.
Y lo sabe.
No es que no lo vea.
Es que le da más miedo salir que quedarse.
Se ha acostumbrado a la jaula,
al ruido constante,
a esa tristeza que ya no sorprende porque vive ahí,
sentada en el sofá de siempre.
Dice que no puede.
Pero en realidad es que no se atreve.
Porque cambiar duele.
Porque soltar asusta.
Porque empezar de cero implica reconocer que lo de ahora no era hogar,
era miedo.
Y mientras tanto se queda.
Esperando que algo pase.
Que alguien la rescate.
Que el miedo se vaya solo.
Pero el miedo no se va.
Solo se hace dueño del silencio.
Momentos en los que uno se siente de cristal.
No roto, pero sí transparente.
Como si cualquier palabra pesara más de lo normal
y cualquier silencio doliera un poco más.
Ser frágil no es caerse.
Es levantarse despacio.
Con miedo, con dudas,
con el corazón sujetándose a sí mismo para no rendirse.
Porque salir adelante no siempre es ser fuerte.
A veces es simplemente seguir.
Respirar hondo. Dar un paso pequeño.
Y no soltarse, aunque todo dentro tiemble.
Y al final pasa algo bonito:
te das cuenta de que esa fragilidad
era solo otra forma de resistencia.
Y sigues.
Con cicatrices, sí.
Pero sigues.