#VisitaPapaRTVE | León XIV, sobre el perdón: "perdonar no significa dejar que alguien siga haciendo daño ni olvidar como si nada hubiera pasado. Significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón".
📺Carolina Marín: “Hoy nos enfrentamos a un mundo obsesionado con el rendimiento y el éxito a toda costa, donde a veces parece que solo importa ganar dinero o batir récords. Frente a esa presión, los deportistas queremos defender la alegría limpia de jugar por el placer de jugar”
Lo que esta Champions sí le ha otorgado al Atleti es la constatación en el debate futbolístico mainstream de que Koke es un jugador superlativo.
Nadie en su sano juicio que haya visto con atención las eliminatorias ante Barça y Arsenal volverá a decir que está sobrevalorado.
Mikel Arteta y Pep Guardiola (los inventores del fútbol) perdiendo tiempo en sus respectivas eliminatorias ante el “defensivo” Diego Pablo Simeone de los Cunha, Kondogbia, Almada y Sorloth…
Simeone es el antifutbol. Pero los protagonistas de estas imágenes son los líderes de la Premier. Y algunos seréis muy desmemoriados, pero algo parecido hizo el City del inventor del "fútbol que vale" Guardiola en el Metropolitano.
Hay historias en el deporte que van mucho más allá de los cronómetros, los récords o los podios. Historias que se escriben en el corazón y que, sin proponérselo, se convierten en lecciones de vida. La relación entre María Pérez, cuatro veces campeona del mundo de marcha, y la italiana Antonella Palmisano es una de esas joyas que nos recuerdan que el verdadero oro no brilla en el cuello, sino en el alma.
El día en que María volvió a conquistar la gloria, todos esperaban verla levantar los brazos al cielo, posar con la bandera y saborear su triunfo personal. Y lo hizo, claro. Pero lo que realmente conmovió al mundo no fue la medalla, sino lo que sucedió después. En medio de la euforia, María buscó a una persona entre la multitud: Antonella. La encontró, la abrazó, la besó con ternura y le dedicó su victoria como quien entrega lo más sagrado.
Las lágrimas de Antonella se desbordaron. No eran lágrimas de rivalidad ni de derrota, sino de amor y de gratitud, de ese sentimiento profundo que nace cuando alguien te hace sentir parte de su victoria aunque no hayas cruzado la meta en primer lugar. En ese instante, la familia de María se acercó, y en un gesto casi mágico, se preocuparon más por Antonella que por la propia campeona. Porque entendieron que el lazo entre ambas era más fuerte que cualquier resultado.
Con la voz temblorosa, María pronunció unas palabras que quedarán grabadas en la memoria de quienes creen que el deporte es mucho más que ganar:
“No soy un campeón olímpico individual, pero tengo un verdadero amigo.”
Esa frase resume todo: la esencia del compañerismo, la importancia de los vínculos humanos y la certeza de que el triunfo compartido sabe infinitamente mejor. En un mundo deportivo muchas veces marcado por el ego, la rivalidad extrema y la soledad del éxito, María y Antonella nos regalan una lección de pureza, de bondad y de autenticidad.
Ellas nos enseñan que los auténticos valores del deporte no están solo en los títulos, sino en la capacidad de mirar al otro, de tenderle la mano, de abrazarlo en la derrota y de llorar juntos en la victoria. Nos recuerdan que hay amistades que se convierten en medallas invisibles, esas que no cuelgan del cuello pero que pesan mucho más en el corazón.
El oro de María Pérez brillará siempre en la historia, pero lo que realmente quedará en la memoria colectiva es la forma en que lo compartió con Antonella Palmisano: como una celebración de la amistad, de la humanidad y de los verdaderos valores que hacen del deporte algo eterno. ❤️🩹✨
Los santos Pier Giorgio Frassati y Carlo Acutis son una invitación para todos nosotros, sobre todo para los jóvenes, a no malgastar la vida, sino a orientarla hacia lo alto y hacer de ella una obra maestra. https://t.co/BcxSog9WvG
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