Lo habíamos advertido, son lo mismo, comparten los mismos objetivos.
No vienen por sus opositores como lo hacen creer a la gente, vienen por el pueblo y su libertad.
El fin de estos mafiosos: es la peste, la esclavitud y la pobreza.
Ana María Ramírez* es madre cabeza de hogar y empleada formal. En 2023 ganaba 2 millones de pesos al mes. Como muchos colombianos, quiso cumplir el sueño de su vida: ahorrar, planear y comprar vivienda.
Encontró un proyecto de Vivienda de Interés Social en una ciudad grande, fijado en 150 salarios mínimos. En ese momento, eso equivalía a unos 174 millones de pesos. Compró sobre planos. Entrega prevista: 2026.
Ana María tomó crédito y empezó a pagar la cuota inicial con disciplina. En 2024 y 2025 su salario subió 15% en total. No es poco pero el problema es que, en ese mismo período, el salario mínimo subió 22,5%.
Hasta ahí, todo va relativamente bien.
En 2026 llegan unos anuncios: el salario mínimo subiría otro 23%. Automáticamente, la vivienda que Ana María compró, porque está atada a salarios mínimos, ya no vale 174 millones, sino cerca de 263 millones de pesos.
Más de 90 millones adicionales. Casi 50 millones de un año a otro.
Su salario, mientras tanto, apenas llega a 2,5 millones.
En abril le entregan el apartamento. Llega el momento del crédito grande. Ana María va al banco y se encuentra con otro golpe: las tasas están altas. El crédito sería al 16%.
Hace números. Suma lo que ahorró en toda su vida, retira las cesantías y aun así, no le alcanza. No hay forma de cuadrar la cuota con su ingreso.
Ana María no pierde el apartamento porque no quiso pagar. Lo pierde porque el precio se le movió mientras ella cumplía.
Decide desistir.
Pero desistir no es gratis: la penalidad es del 10% del valor del inmueble. Resultado final: sin vivienda y con una pérdida cercana a 26 millones de pesos.
Y la historia no termina ahí.
A pesar de los aumentos, su salario ahora está cada vez más cerca del salario mínimo.
*Nombre ficticio pero historia real para demasiadas familias.
El costo oculto del aumento salarial
Por: Carolina Restrepo Cañavera
El gobierno Petro decretó un aumento del 22,7 % en el salario mínimo para 2026. El monto pasará de $1.423.500 a $1.750.905. Con subsidio de transporte, llegará a $2.000.000 exactos. Suena bien. Pero lo que no se dice es lo que este incremento significa en la práctica para millones de micro, pequeñas y medianas empresas que sostienen la mayor parte del empleo formal en Colombia.
Costo real para el empleador
Un salario mínimo no cuesta solo $2 millones. Al sumar prestaciones sociales, parafiscales, cesantías, intereses, vacaciones, seguridad social, ARL y demás cargas legales, el costo real por empleado supera los $3.000.000 mensuales. Esto representa un incremento de más de $550.000 por trabajador respecto al año anterior.
En una empresa con 10 trabajadores formales, el aumento le costará más de $5 millones adicionales al mes, cerca de $60 millones al año, sin que necesariamente haya un aumento proporcional en productividad, ventas o ingresos.
¿Quién lo va a pagar?
No será el Estado. El gobierno no se compromete a subsidiar a las empresas que hoy apenas logran sobrevivir. Tampoco hay una política seria de formalización. En cambio, lo que se impone es un salto de costos laborales que muchos negocios no podrán asumir.
El resultado previsible: informalidad, congelamiento de contratación, y en el peor de los casos, despidos. No por maldad, sino por incapacidad real de asumir la carga. Y esto lo saben muchos trabajadores. Aunque no lo digan.
Impacto fiscal y descoordinación institucional
Cada aumento del salario mínimo afecta automáticamente otros componentes del gasto público: pagos de transferencias condicionadas, subsidios, tarifas contributivas, pensiones no contributivas y hasta el cálculo de multas, aportes a salud y educación, entre otros.
¿Hay una estimación oficial del impacto fiscal de este aumento? No. Y si existe, no se ha publicado. Es otro salto al vacío: se impone una carga al sistema sin evaluar su sostenibilidad. El gobierno habla de “salario vital”, pero ignora que una economía también necesita empresas vitales.
Retroceso en la lucha contra la informalidad
Colombia lleva años estancada con más del 58 % de informalidad laboral. Cada aumento desproporcionado del salario mínimo, lejos de corregir esto, lo empeora. Se eleva la brecha entre el costo de contratar formalmente y el ingreso de subsistencia real en la calle. Resultado: más empleo informal, sin salud, sin pensión, sin estabilidad.
El Banco de la República, la OCDE, Fedesarrollo y múltiples centros de análisis han advertido este riesgo. Pero el gobierno se niega a escuchar.
El dato que nadie menciona
Colombia tiene uno de los salarios mínimos más altos de América Latina en proporción al ingreso promedio nacional. Según el BID, representa cerca del 87 % del salario promedio, mientras en países como México o Perú ronda el 40-50 %. En términos reales, esto significa que aquí el salario mínimo es prácticamente el techo, no el piso.
Este no es un avance social, es un retroceso técnico. No se construye justicia social decretando cifras políticamente populares, sino creando condiciones para generar empleo, formalizar empresas, aumentar productividad y atraer inversión. Esta medida es populismo disfrazado de dignidad. Y lo pagarán quienes hoy creen que han ganado algo.
Lo que no le explican a los muchachos petristas es que el salario mínimo apenas lo ganan cerca del 10% de los trabajadores.
Pero el 100% sufren los efectos inflacionarios y recesivos de su fijación por razones electorales.
Una BURRADA el aumento del salario mínimo
Una completa SALVAJADA POPULISTA con fines electorales
¿Se imaginan la gente que compró vivienda VIS o VIP?
Son unas bestias populistas, ojo al desempleo y la informalidad que se viene
El alza del 23% al salario mínimo es populismo disfrazado de justicia social de esa que promete el pobresismo.
Golpea al empleo, asfixia a las pymes y acelera la informalidad.
Pan para hoy, hambre para mañana.
🇨🇴 zombie PETRISTA!! Entienda lo siguiente:
❌Si usted Gana $ 2.000.000 o más no le van a subir el salario el 23%, sus gastos como administración, soat, peajes, comida, servicios, transporte si subirán un 23%
❌ Si usted gana menos del salario mínimo al igual que 15 millones de colombianos no le van a subir el 23% pero sus gastos si
❌ Si usted trabaja en la informalidad no le subirá su salario mínimo un 23% pero muchos de sus gastos si subirán.
✅ Si usted gana el salario mínimo le subirán el 23% pero sus gastos subirán 23% , pero corre el riesgo que haya despidos, el 80% de los empleos del país son de pymes entre 3 a 5 personas.
❌ Subir el salario mínimo un 20 - 30 - 50 - 3000% no soluciona nada, se convierte en una espiral inflacionaria como Venezuela o cuba.
La envidia como forma de ciudadanía
Por Carolina Restrepo Cañavera
Ayer una joven colombiana de 19 años, Jerome Sanabria, fue reconocida como la Rising Star número uno del mundo en el tema de pensiones. Sí: una joven que desde los 16 años lleva tres trabajando, investigando y hablando con solvencia sobre uno de los asuntos más complejos del sistema económico. Su logro no es menor: fue destacada por una revista especializada en Europa y Estados Unidos que premia a las nuevas voces globales del sector. Y lo más bello es que lo contó con la mezcla de orgullo y ternura de quien sabe que los sueños también se conquistan con disciplina. Dijo que recibiría el premio allá, en Europa, y que eso la emocionaba profundamente.
Y entonces apareció lo que tanto nos retrata como sociedad: la jauría. Personas adultas, jóvenes amargados, usuarios que no son nada en la vida porque ni siquiera tienen nombre y se esconden detrás de un teclado. Todos listos para destruir. Salieron a decir que no se lo merecía, que seguro tenía palancas, que todo era marketing, que ellos también lo habrían logrado “si quisieran”. No podían soportar que una joven de 19 años brillara sin pedir permiso.
Esa reacción es el espejo más triste del país: una Colombia que no celebra el mérito, sino que lo sospecha. Que confunde igualdad con mediocridad. Que no soporta que alguien se destaque sin el aval del resentimiento. Es la envidia institucionalizada como emoción colectiva.
Aquí la gente no quiere que todos estén mejor; quiere que nadie esté mejor que ellos. Esa es la raíz de nuestra pobreza moral. Una pobreza que no se mide en pesos ni en PIB, sino en la incapacidad de alegrarse por el logro ajeno.
Porque el caso de Jerome no es aislado. Cada vez que un joven, una mujer o un emprendedor consigue algo fuera del molde, surge el mismo reflejo: la necesidad de degradar. No de discutir ideas, sino de deslegitimar personas. En ese hábito, aparentemente inofensivo, se esconde una de las heridas más profundas de nuestra cultura: el miedo al mérito.
Nos acostumbramos a leer los logros con el filtro del resentimiento. A pensar que el éxito debe tener trampa. Que si alguien logra algo, es porque “seguro algo raro hay”. Es la derrota del reconocimiento. La muerte de la admiración.
Y sin admiración no hay progreso posible. Los países no avanzan solo con leyes o presupuestos, sino con ejemplos que inspiran. Con jóvenes como Jerome, que demuestran que el conocimiento no tiene edad, que la constancia no necesita padrinos y que la pasión también puede ser una forma de servicio.
El mérito, de verdad, no tiene lobby. Tiene esfuerzo. Horas sin dormir, lecturas, rechazos, trabajo invisible. Pero eso no genera aplausos inmediatos. Lo que sí genera ruido es la destrucción: ver caer al que se esforzó, burlarse del que sueña, señalar al que arriesga. Ese es el nuevo deporte nacional: descalificar para no sentirse menos.
Jerome Sanabria no debería tener que defender su logro. Deberíamos estarla entrevistando, invitando, aprendiendo de su disciplina. Deberíamos agradecerle por recordarnos que en Colombia todavía hay jóvenes que estudian, que investigan, que quieren aportar desde el conocimiento.
Pero no: la sociedad la juzga por existir. Porque brillar sin pedir permiso es una forma de rebelión. Porque ser joven y preparada en un país acostumbrado al cinismo es casi un acto de resistencia.
Esa es la verdadera miseria del país: no la económica, sino la del alma. La que se expresa en la necesidad de ensuciar lo limpio, de dudar del inocente, de herir al que todavía cree.
Jerome no solo ganó un premio. Nos puso un espejo incómodo: el de una sociedad que aplaude la mediocridad, que premia la victimización y que castiga el mérito. Ella no tiene que revisarse. Quien debe hacerlo es este país que perdió la capacidad de alegrarse por el bien ajeno.
Porque cuando una sociedad deja de admirar, deja también de aspirar.
Y ese, quizá, es el mayor fracaso colectivo de todos.