Cuando digo “yo resuelvo”, la mayoría de las veces no sé cómo voy a hacerlo ni por dónde empezar. Solo le doy pa’ delante, me agarro de Dios y confío en que todo saldrá bien. Y al final, sí, siempre resuelvo.
Me gusta cómo me siento ahora, sin tener que convencer a nadie de lo que valgo. Sé lo que merezco y ya no necesito demostrarle nada a nadie. Reconozco mis virtudes, acepto mis defectos y sigo trabajando en ser una mejor persona. No soy perfecto, pero tengo claro quién soy y hacia dónde quiero ir.
La lección más importante que aprendí este año es que nunca debemos esperar que los demás nos tengan la misma consideración y el mismo amor que nosotros les tenemos.