He vivido como inmigrante durante ocho años, primero en China, donde compartí habitación universitaria con Abdel, un amigo musulmán, y más tarde en el Reino Unido, en Londres, en el barrio de Shepherd’s Bush, una zona con una altísima diversidad migratoria. En ambos países supe adaptarme a sus culturas, comprender sus normas sociales y aprender de su entorno. No pedí ayudas ni subvenciones, me fui con lo puesto, me busqué la vida con esfuerzo y siempre mostré respeto por las leyes y costumbres de los países que me acogieron.
Lo que estamos viendo hoy en muchos lugares de Occidente es algo muy distinto: personas que llegan no con intención de integrarse, sino de imponer, a veces con violencia o con dogmatismo religioso, y de aprovecharse de una tolerancia mal entendida, de un buenismo ingenuo que confunde empatía con falta de criterio.
Llamar racismo a toda crítica frente a esta realidad es, en el mejor de los casos, un acto de ignorancia, y en el peor, una forma de manipulación. Por supuesto que hay racistas, como en cualquier sociedad, pero el problema actual es estructural.
El Estado tiene la responsabilidad de regular quién entra, en qué condiciones y con qué propósito, y eso no se está haciendo con el rigor necesario. Esta dejadez no pasa desapercibida. Nuestros "adversarios" geopolíticos conocen bien las debilidades del modelo occidental, y no dudarán en aprovechar cualquier fisura para debilitar nuestras sociedades y erosionar una cultura que en muchos casos desprecian y culpan de sus propios fracasos.