En Castilla y León gobierna el PP desde 1987
En la Diputación Provincial de Ávila gobierna el PP desde 1993
En Burgohondo gobierna el PP desde 1987
Pero la culpa del abandono rural y la despoblación la tiene Pedro Sánchez, es acojonante.
No puede ser mejor su opinión sobre el comentario de Xokas hacia Ester Expósito
"El problemón es que tengamos streamers hombres con millones de seguidores haciendo ese tipo de comentarios"
No te calles nunca, Clers 👏
Las bajas las da un MÉDICO el cual valora la situación y decide, no "nos damos de baja" nosotras. Mi abuela al dia siguiente de parir se fue al campo a trabajar y no por eso en 2026 vamos a hacer lo mismo. Actualice su mente y respete los derechos de las trabajadoras. Gracias.
El ecologismo bajo el capitalismo se resume en que tú tienes que pagar por ducharte en la playa mientras las grandes tecnológicas dejan sin agua a comunidades enteras para sus centros de datos.
Isto amosa que non aprendimos nada dos últimos 10-5 anos de vaga de lumes.
Non podemos ter aos bombeiros no monte en xornadas infernais con estas racións de comida.
Non é a primeira queixa nin eiquí nin noutras partes da península con este tema, nin por desgraza, a última.
somos un estado aconfesional desde 1978, pero traemos al papa al congreso para que hable abiertamente sobre su ideología, adoctrinando a la sociedad y yendo contra uno de nuestros derechos reconocidos en ese mismo congreso: el derecho al aborto.
terrorífico y muy lamentable.
Fliparéis el día que descubráis que poder permitirte una educación o médico privado, no exime que defiendas lo público para que todos los ciudadanos tengan los mismos derechos. Se llama empatía también.
El problema de Castilla y León no es la inmigración, es la despoblación, la vivienda y la falta de oportunidades.
La prioridad nacional es una discriminación más.
Un debate ficticio impuesto por Vox que se ha tragado Mañueco por orden de Feijóo y al que haremos frente.
Es un error común pensar que Castilla es solo una llanura interminable bajo el sol. Nuestra tierra es, en realidad, un mosaico de contrastes que va mucho más allá de la meseta: un territorio donde la montaña, el agua y el bosque dibujan una geografía infinita.
Desde las cumbres del Sistema Central y los Picos de Europa hasta los cañones profundos del Duero o el Ebro; desde los hayedos de la Montaña Palentina hasta las lagunas de la Mancha. Castilla es la fuerza de la roca, el frescor de los valles y la sombra de pinares que parecen no tener fin. Esa variedad es el reflejo de un carácter que sabe adaptarse a todo.
Reivindicar Castilla hoy es celebrar también su biodiversidad y su relieve. Somos tierra de pastores en los puertos y de labriegos en el valle, un pueblo que ha sabido habitar tanto el vértigo de las hoces como la paz de los páramos. Nuestra riqueza no es solo histórica, es natural y salvaje.
Hoy brindamos por esa Castilla plural que sorprende en cada curva del camino. Una tierra que, cuanto más la recorres, más se aleja del tópico para mostrarte su verdadera y compleja belleza.
#Castilla #Villalar2026
Pregunta de un estudiante estadounidense: “Soy camarero en un restaurante local de Queens, estudiante universitario a tiempo completo, duermo un promedio de cuatro horas por noche y aún tengo miles de dólares en deudas. ¿Cómo me beneficia en algo una guerra en un país al otro lado del mundo, financiada con los impuestos que me descuentan del sueldo?”
Así es la vida en el país más rico del mundo.
Otro caso de perfil del "turista español con derechos" que confunde una embajada con un servicio de conserjería de lujo o una agencia de viajes privada.
El Estado no es tu niñera: Viajar a ciertos países implica aceptar un riesgo. Si el mundo se pone patas arriba y no contrataste un seguro de viaje o de repatriación, pretender que el contribuyente pague tu falta de previsión es, efectivamente, tener mucha cara.
La Embajada no es una agencia de evacuación VIP: Los protocolos de emergencia son claros. Si no estás en una zona de conflicto activo (como la Península Arábiga en este contexto), no tienes prioridad sobre quienes sí lo están. Querer saltarse la cola es puro egoísmo.
El "Show" mediático: Los periódicos compran estas historias porque el titular "Familia atrapada por el Gobierno" vende más que "Turista tacaño no pagó seguro y ahora llora". Es una manipulación emocional que ignora la responsabilidad individual.
Falta de cultura de viaje: Si no sabes que en el extranjero eres responsable de tu propia seguridad y logística, quizás no deberías salir de tu ciudad. El pasaporte te da derecho a viajar, no a ser rescatado de tu propia torpeza.
En resumen: Es la cultura de la responsabilidad cero. Se llenan la boca hablando de libertad para viajar, pero en cuanto surge el mínimo problema, se vuelven los más "estatistas" del mundo exigiendo que el Gobierno les ponga un avión privado.
Por eso me ha jodido tanto escuchar a gente que no tiene ni repajolera idea de nuestra profesión decir que no tenemos vocación. Perdonen ustedes, es la jodida vocación de trabajadores (hoy mayoría de trabajadoras) que les hace salir 2,3 o 4 horas tarde,lo que mantiene el sistema.
Este ha sido el plan de hoy:
Despertarnos a las 3:30, conducir casi una hora y media, otra hora y media de ruta hasta este punto y poco después ha llegado la magia.
Inolvidable amanecer con vistas al Teide.
No sé si lo sabíais, pero a principios del XX, la atracción más visitada en los parques de atracciones no era la noria o el tiovivo, ERAN INCUBADORAS CON BEBES PREMATUROS.
Los llamaban "Infantorium", y parece una aberración, pero es lo mejor que les pudo pasar.
Esta es la historia:
Imaginad esas ferias neoyorquinas de hace más de un siglo. Lugares bulliciosos que olían a serrín, a vapor de pistones y a algodón de azúcar cocido al sol. Allí, entre los carruseles, las primeras montañas rusas y las casetas de los siameses, los enanos y la mujer barbuda, empezaron a aparecer pabellones de fachada chillona, carteles en tipografía gruesa y promesas de progreso científico.
Al frente solía estar un personaje improbable llamado Martin Couney, vestido siempre un punto demasiado elegante para un lugar donde la atracción principal era, técnicamente, la supervivencia.
Los letreros anunciaban INFANTORIUM: INFANT INCUBATORS – WITH LIVING INFANTS, una frase que hoy provocaría alarma moral inmediata, aunque entonces funcionaba como imán de modernidad. La gente pagaba su entrada, avanzaba por pasarelas de madera que crujían armonizadas y se detenía ante vitrinas bañadas en luz blanca, lo más parecido a un laboratorio europeo trasplantado a la costa de Nueva York.
Dentro había bebés diminutos, cuerpos que parecían escritos a lápiz y que respiraban con una cadencia irregular. Las incubadoras eran apenas unas cajas metálicas de aire caliente, todavía no eran máquinas hospitalarias respetables, sino híbridos de ingeniería ferial: vidrio, bisagras que chirriaban, termómetros que se leían con la atención de quien escucha una confidencia. Pero funcionaba. Aquello funcionaba.
En los pabellones de Coney Island, las nodrizas lavaban sus manos con disciplina ritual, anotaban pesos, ajustaban temperaturas, desplegaban una coreografía clínica que muchos hospitales de la época aún no practicaban.
Couney, de procedencia nebulosa y biografía salpicada de medias verdades, explicaba a los visitantes que aquello era Medicina con mayúsculas. Giraba su bastón, asumía la retórica del charlatán y la actitud del cirujano. En esa mezcla estaba el truco. La ciencia se disfrazaba de espectáculo y el espectáculo salvaba vidas porque, sencillamente, la mayoría de hospitales ni siquiera aceptaba prematuros. Los consideraba insalvables.
El fenómeno del Infantorium se multiplicó y se extendió por todo Estados Unidos, luego Canadá y luego el Reino Unido. Los visitantes hacían colas kilométricas y el dinero que se dejaban servía para que Couney continuara mejorando esas cajitas que mantenían con vida a los bebés.
Pasaron casi cuarenta años hasta que los hospitales adoptaron cuidados neonatales en protocolos fiables. Protocolos que, por cierto, se aprovecharon de la experiencia de los Infantoriums. De hecho, a día de hoy, las unidades de cuidados neonatales son un lugar casi sagrado en las alas pediátricas de cualquier recinto hospitalario.
Martin Couney murió en 1950 y, aunque nunca pudo demostrar que realmente tuviese el título de medicina, se le considera el padre de la neonatología y, a efectos de esta historia, el artífice de que durante unas décadas extrañas, el lugar más seguro para un recién nacido frágil fuese una caseta de feria encajada entre un freak show y una noria eléctrica y multicolor.