Siguen sin entender por qué le gente prefirió todo eso antes que volver a votar peronismo. Y no lo van a entender porque eso implicaría reconocer que ellos son responsables de que hoy esté Milei en el poder
el gobierno venezolano sometió a su pueblo a años de desesperación económica con el argumento de que era el precio a pagar por resistir al imperialismo y ahora entrega el país con moño al imperialismo con la excusa de evitar la desesperación económica.
Impresionante como se rasgan las vestiduras con la dictadura argentina y cuando lo sufre un pueblo hermano lo omiten porque va en contra de su ideología. Tremendo
Hay algo que me incomoda más que cualquier posición ideológica:
cuando una idea se defiende incluso contra la realidad.
Le hablo especialmente a quienes se definen como de izquierda o progresistas —muchos de ustedes con una sensibilidad social genuina— y les pregunto, sin ironía:
¿Qué están defendiendo hoy?
¿Personas concretas, vulnerables, con nombre y cuerpo?
¿O una idea abstracta que, cuando se encarna, siempre termina pareciéndose demasiado a lo que dicen combatir?
Porque si la ideología vale más que lo que muestran los hechos —hambre, represión, tortura, presos políticos, exilio forzado— entonces deja de ser una herramienta de justicia y pasa a ser una identidad a sostener, cueste lo que cueste.
En ese punto aparecen las frases hechas, repetidas casi como mantras:
“el avance del imperio”, “resistir al imperialismo”.
Consignas que suenan combativas, pero que se vacían de sentido cuando esa supuesta resistencia implica permitir o justificar crímenes atroces contra el propio pueblo.
Porque si resistir significa mirar para otro lado frente a la tortura, el encarcelamiento de opositores, la represión sistemática y el hambre, entonces no estamos hablando de resistencia: estamos hablando de sacrificio ajeno en nombre de una idea.
Venezuela es el ejemplo más brutal de esta contradicción.
Durante años se relativizó, se negó, se explicó con el argumento de que “es más complejo”, se corrió el eje de la discusión o se culpó exclusivamente a factores externos. Mientras tanto, el país acumuló décadas de autoritarismo, centros de detención, tortura y un éxodo masivo sin precedentes en la región.
Y acá aparece una incoherencia difícil de justificar:
muchos de los que condenan —y con razón— la última dictadura argentina, no logran aplicar el mismo criterio cuando se señala la dictadura venezolana.
Una dictadura que lleva más años, que dejó probablemente más muertos, y que sigue activa hoy.
Cuando una violación a los derechos humanos se condena o se relativiza según quién la comete, el problema ya no es político: es ético.
Se habla de “resistir”, pero ¿qué creen que viene haciendo el pueblo venezolano desde hace años?
¿No es resistencia sobrevivir al hambre, a la represión, al exilio forzado, a la persecución?
¿No es resistencia enfrentar a un régimen que gobierna mediante el miedo?
Y entonces la pregunta se vuelve todavía más incómoda:
¿Desde qué lugar quienes viven en democracias relativamente estables pretenden decirle a los venezolanos qué deberían sentir ante la caída o captura de su dictador?
¿Desde qué comodidad se les explica que no deberían celebrar, que deberían indignarse por formas, mientras ellos cargan con décadas de violencia real?
Cuando la defensa ideológica llega a ese punto, uno ya no está del lado de los pueblos, sino siendo funcional al poder que los oprime.
No porque se quiera dañar, sino porque se deja de mirar.
Y entonces la pregunta final es esta:
si tu proyecto político dice defender a los vulnerables, pero necesitás negar su sufrimiento concreto para sostenerlo…
¿no habrá algo de ese proyecto que merece ser revisado?
No escribo esto para convencer a nadie ni para cambiar de bando.
Lo escribo porque, desde una mirada crítica y profesional, creo que ninguna causa es justa si necesita desmentir la realidad para sobrevivir.
Y porque, cuando eso pasa, los que pagan el precio nunca son las ideas.
Son las personas.
Hay algo que me incomoda más que cualquier posición ideológica:
cuando una idea se defiende incluso contra la realidad.
Le hablo especialmente a quienes se definen como de izquierda o progresistas —muchos de ustedes con una sensibilidad social genuina— y les pregunto, sin ironía:
¿Qué están defendiendo hoy?
¿Personas concretas, vulnerables, con nombre y cuerpo?
¿O una idea abstracta que, cuando se encarna, siempre termina pareciéndose demasiado a lo que dicen combatir?
Porque si la ideología vale más que lo que muestran los hechos —hambre, represión, tortura, presos políticos, exilio forzado— entonces deja de ser una herramienta de justicia y pasa a ser una identidad a sostener, cueste lo que cueste.
En ese punto aparecen las frases hechas, repetidas casi como mantras:
“el avance del imperio”, “resistir al imperialismo”.
Consignas que suenan combativas, pero que se vacían de sentido cuando esa supuesta resistencia implica permitir o justificar crímenes atroces contra el propio pueblo.
Porque si resistir significa mirar para otro lado frente a la tortura, el encarcelamiento de opositores, la represión sistemática y el hambre, entonces no estamos hablando de resistencia: estamos hablando de sacrificio ajeno en nombre de una idea.
Venezuela es el ejemplo más brutal de esta contradicción.
Durante años se relativizó, se negó, se explicó con el argumento de que “es más complejo”, se corrió el eje de la discusión o se culpó exclusivamente a factores externos. Mientras tanto, el país acumuló décadas de autoritarismo, centros de detención, tortura y un éxodo masivo sin precedentes en la región.
Y acá aparece una incoherencia difícil de justificar:
muchos de los que condenan —y con razón— la última dictadura argentina, no logran aplicar el mismo criterio cuando se señala la dictadura venezolana.
Una dictadura que lleva más años, que dejó probablemente más muertos, y que sigue activa hoy.
Cuando una violación a los derechos humanos se condena o se relativiza según quién la comete, el problema ya no es político: es ético.
Se habla de “resistir”, pero ¿qué creen que viene haciendo el pueblo venezolano desde hace años?
¿No es resistencia sobrevivir al hambre, a la represión, al exilio forzado, a la persecución?
¿No es resistencia enfrentar a un régimen que gobierna mediante el miedo?
Y entonces la pregunta se vuelve todavía más incómoda:
¿Desde qué lugar quienes viven en democracias relativamente estables pretenden decirle a los venezolanos qué deberían sentir ante la caída o captura de su dictador?
¿Desde qué comodidad se les explica que no deberían celebrar, que deberían indignarse por formas, mientras ellos cargan con décadas de violencia real?
Cuando la defensa ideológica llega a ese punto, uno ya no está del lado de los pueblos, sino siendo funcional al poder que los oprime.
No porque se quiera dañar, sino porque se deja de mirar.
Y entonces la pregunta final es esta:
si tu proyecto político dice defender a los vulnerables, pero necesitás negar su sufrimiento concreto para sostenerlo…
¿no habrá algo de ese proyecto que merece ser revisado?
No escribo esto para convencer a nadie ni para cambiar de bando.
Lo escribo porque, desde una mirada crítica y profesional, creo que ninguna causa es justa si necesita desmentir la realidad para sobrevivir.
Y porque, cuando eso pasa, los que pagan el precio nunca son las ideas.
Son las personas.
@maurici0vera No es tan así. Claramente fue una epoca que se vivio mejor que en todos los años posteriores. Lo que se achaca a Cristina es haber priorizado la logica electoral por sobre el bien comun a mediano plazo. No haber corregido tarifas, seguir negando la inflación, etc,etc
@GraboisFC @galiamoldavsky Claro, operó con Máximo y Cristina en contra de la estabilidad macro, la normalizacion de las tarifas, el equilibrio fiscal. Es decir, para que gane Milei y hoy estemos peor que en 2019. Si sale del terraplanismo economico podría ser un gran dirigente
@pablogarello_ Cual es el problema de cuestionar un régimen y buscar una alternativa SUPERADORA? Gastas mas energía en la pose por defender algo, que en estudiar ese algo y buscar soluciones con otros (cercanos ideologicamente) para contribuir a un mejor estado de la cuestión
𝐇𝐀𝐂𝐈𝐀 𝐔𝐍𝐀 𝐂𝐀𝐑𝐓𝐎𝐆𝐑𝐀𝐅𝐈́𝐀 𝐃𝐄 𝐋𝐀 𝐀𝐑𝐆𝐄𝐍𝐓𝐈𝐍𝐀 𝐐𝐔𝐄 𝐅𝐔𝐍𝐂𝐈𝐎𝐍𝐀
En nuestro primer episodio, nuestro amigo y maestro Marcelo Leiras y Nicolás Massot, en un diálogo que creemos fundacional, sentaron las bases que estructuran esta búsqueda.
Sale hilo🧵
@verocastanares Lo vote a Massa. Iba a gobernar mejor que estos nefastos, sin duda. Ahora, el kirchnerismo fue una máquina d improvisar y echarle la culpa a Albert/Macri y d patear los problemas para que el ajuste lo haga otro. He aquí el producto de tal irresponsabilidad. El cortoplacismo daña.
El otro día me mandaron el peronometro,un test de la revista anfibia q mide tu nivel de peronismo. El gorilometro podría medirse según los sentimientos y reacciones que producen los nombres Videla-Peron-Cristina. Si el primero te genera menos odio que los últimos, sos gorila
Te pueden gustar o no las opiniones políticas de algún accionista de Globant. Pero decir que la empresa es un “choreo” es un tremendo acto de ignorancia. La creciente enemistad de algunos sectores del progresismo con el mundo productivo y la creación de valor en el siglo XXI contribuyó bastante con el presente que estamos viviendo.
Es frustrante leer a compañeros criticar la futura inflación en 2024. Muchachos la trajimos nosotros después de rajar a Lavagna y romper todos los fundamentos de la economía desde 2007. Si, Macri lo empeoró, pero nosotros le seguimos echando la culpa a Arcor y a Coto.
Vos ves a Chile o a Brasil (elegi dos al azar) como manejaron sus subas de inflación post emisión para la pandemia y el shock de precios por la guerra y después escuchas a cualquier economista K hablar de formadores de precios y oligopolios y te queres morir.
Ley universal: en las parrillas al paso, de esas que se para a comer al mediodía, nunca pedir sánguche de mila. Es un error que se paga caro. El sánguche de mila es asunto de rotiserías y panaderías.