Los Planetas.
Emil Cioran.
Sergio Leone.
Las películas de vaqueros.
Italia: Roma es la cumbre.; Venecia, la senectud amada.
Y el vino.
El resto, la muerte.
En un lugar de la Madrid, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, tapa de migas en la Muralla los viernes
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Seguimos en el canto V. Calipso acata la decisión de los dioses y prepara la partida de Odiseo. Éste, repentino carpintero de ribera, construye su balsa con ayuda de las herramientas que le trae Calipso (porque en las casas de las ninfas tiene que haber de todo): un gran hacha de bronce, una azuela, clavijas, brocas y pernos. Y se hace a la mar. No tarda en anochecer, y hallamos un momento de rara soledad: mar y cielo estrellado. Y el único pasaje en que Homero nos describe la navegación por estrellas: las Pléyades, el Boyero, Orión... En otra pareja soledad estelar, Safo urdió estos versos inolvidables que suenan como desde la primera noche del mundo (frag. 168 b v, en mi traducción):
La luna se ha puesto.
Se han puesto las Pléyades.
Media la noche. Pasa la hora.
Y yo duermo sola.
De este fragmento Ortega escribió que las estrellas parecen "orejitas que escuchan". Y es que en el pasaje de la Odisea tenemos algo inusitado completamente para la épica tradicional, como un atisbo de la lírica y lo subjetivo: la soledad frente al mundo y la naturaleza. Y el sonoro parlamento, dicho en asamblea o para medirse con un igual en combate, de pronto se convierte en un diálogo consigo mismo.
En este vídeo leo el pasaje de mi traducción de la Odisea (La Oficina 2024).
Música de fondo: 'Fratres', de Arvo Pärt.
#LeyendoLaOdisea