Amsterdan, 22 de julio de 1941. Una mujer va a casarse. Una niña de 12 años no pierde detalle desde una ventana. La cámara se eleva y graba fugazmente su presencia. Se distinguen su pelo negro y los rasgos reconocibles que luego serían célebres. Era #AnnaFrank Su única grabación.
Hoy se conmemora el #DiaInternacionalDelHolocausto . El 27 de enero de 1945 se liberó al mayor campo de exterminio, #Auschwitz. Su huella en la literatura fue profunda, desde Primo Levi a Elie Wiesel, Irène Némirovsky, Viktor Frankl, Imre Kertész o Ana Frank.
Más que un hábito, el alcohol ha sido una constante en la literatura, especialmente entre los escritores norteamericanos. De los 7 Nobel de EUU, 5 consumían grandes cantidades de alcohol: Sinclair Lewis, Eugene O’neill, William Faulkner, Ernest Hemingway y John Steinbeck
Sobre Balzac se decía que era adicto al café, del que ingería 50 tazas diarias. Voltaire llegaba a 70 tazas. Durante su encierro para escribir, Marcel Proust solo se alimentaba con café con leche y croissants. Schiller necesitaba el aroma de manzanas podridas para inspirarse.
El vestuario ha conformado otro clásico entre los hábitos literarios. Victor Hugo acostumbraba a escribir desnudo, o cubierto con una suave capa, para evitar a tentación de salir a la calle. Balzac solía utilizar hábitos blancos de monje y Alejandro Dumas, una sotana roja.
Algo más excéntrico es el grupo de autores que necesitaban estar en remojo para navegar en el mar de la inspiración. Agatha Christie desveló bastantes crímenes desde la bañera de su casa, comiendo manzanas. Dalton Trumbo combinaba por igual la bañera, el tabaco y el alcohol.
Otros autores optaron abiertamente por lo que Truman Capote definió como la posición horizontal. El autor de "Desayuno con diamantes" fue, junto con Juan Carlos Onetti, el más arduo defensor del arte de escribir en la cama. Mark Twain o Valle Inclán también integraron ese club.
El rasgo más propio de Charles Dickens era su meticulosidad: su escritorio debía estar frente a la ventana y sobre el mismo tenía que haber siempre tinta azul, plumas de ganso, un jarrón de flores frescas, un abrecartas y dos estatuillas de bronce.
Escribir de pie era una necesidad para Ernest Hemingway, que lo hacía descalzo y con la maquina de escribir sobre un atril elevado. Virginia Woolf también creaba sobre un pupitre colocado a 105 centímetros del suelo. Nabokov o Philip Roth también solían escribir de pie.
A menudo, no sin razón, se ha asociado a algunos escritores con hábitos excéntricos o ciertas manías, que siempre les acompañaban en el momento de escribir. Algunas son singulares. Otras, comunes a muchos de ellos. Así encontraban la concentración en sus rutinas cotidianas...👇