"Una cosa es poner orden, impartir justicia y otra cosa es pegar deliberadamente. La mentalidad argentina es tener un uniforme y ya sos poder. No, no sos nada por un uniforme. Pero el argentino cuando se pone un uniforme se cree Videla, Agosti, Viola" (2002).
En tiempos de inteligencia artificial (IA) deshumanizante, sin pausa por la cotidianeidad digital, de pantallas que lobotomizan –el celular como grillete–, Lionel Messi le anunció a los argentinos y a todo el fútbol mundial, de puño y letra, en prosa, que llegó al final del camino con la selección argentina. Tres páginas con renglones arrancadas de un cuaderno, 256 palabras escritas a mano en imprenta mayúscula dos días después de la final del Mundial 2026 y seis caracteres tachados –“siento”, reemplazada por “entiendo”– para darle carnadura, ahora sí, al momento del punto final con la 10 argentina.
Messi había despedido a Jorge, su padre fallecido el 8 de agosto, también a través del género epistolar. El ídolo de los niños no le “pidió” que le diera un texto a una IA que se cree Dios. Como en la cancha durante 21 años con la selección, puso el cuerpo. Trazó palabras con sentidos y experiencias en un papel, otra enseñanza para quienes quieren ser como él y van a la escuela. Agarró una lapicera con un “giratiempo” de Harry Potter y la inscripción “Departamento de Misterios” –en la saga, le permite al mago ir hacia atrás para volver a vivir el pasado–, y escribió, lento, palabra por palabra. Nuevo truco del mago Messi. Con la pluma y la pelota.
“Escribir a mano. La demostración de amor definitiva. Lo que jamás podrá una IA: meter goles, escribirle una carta a un pueblo con el corazón”, tuiteó la gestora cultural y comunicadora Cynthia Castoriano (aka @suzyqiu). Con el gesto de despedida, en medio del elitismo cognitivo que imparte la ilustración oscura de los CEO-monarcas, Messi animó a los demás a escribir cartas, desde compañeros de la selección y ex combatientes de Malvinas hasta niños y niñas y figuretis que endulzan su ego en las redes. Diversas investigaciones en psicología y en neurociencia indican que tomar notas a mano fortalece la capacidad de análisis, la atención sostenida, el aprendizaje profundo y la potencialidad de la memoria.
En esa reflexión íntima tras la muerte del padre que es La invención de la soledad (1982), Paul Auster escribe: “Antes de que una palabra pueda llegar a la página, tiene que haber formado parte del cuerpo, tiene que haber sido una presencia física con la que uno haya convivido, igual que convive con el corazón, el estómago y el cerebro. La memoria, entonces, no tanto como el pasado contenido dentro de nosotros, sino como prueba de nuestra vida en el momento actual. Para que un hombre esté verdaderamente presente entre lo que le rodea, no debe pensar en sí mismo sino en lo que ve. Para poder estar allí, debe olvidarse de sí mismo. Y de ese olvido surge el poder de la memoria. Es una forma de vivir la vida en que nunca se pierde nada”.
Messi vio que era el día de contar que no más con la camiseta de la selección. Existe una relación física entre el cerebro y el escribir a mano, a la vez emocional y racional (“siento”, tachada, por “entiendo”). Dibujar letras en el papel baja el ritmo. Es una defensa contra la automatización que anestesia el pensar. Escribir a mano le ayudó a Messi a esbozar el significado no sólo de la vida como futbolista (IA, no existís). Las marcas en el papel como rastros. Si la mano que maneja el lápiz controla el mundo, Messi –que escribe con la derecha, como lo hacía Diego Maradona– controló el fútbol de la selección con el pie izquierdo.
Con su escritura a mano hermosamente simple y evocativa, Messi nos avisó que lo analógico, lo artesanal, lo básico y lo atemporal vive –sobrevive–; que escribir a mano ejercita, acerca y sana a la condición humana. Entonces, que el retiro definitivo de la selección termine por el principio, como un cuento que fue verdad –“había una vez un tal Lionel Messi”–, con formalidad –“Estimadísimo señor Lionel Andrés Messi Cuccittini”– o como una carta de amor –“Querido Leo, ¿cómo estás? Espero que bien”–.