La arrogancia ha sido, quizás, el rival más duro que ha enfrentado la Selección Nacional de Baloncesto de la República Dominicana. No se viste de otro uniforme ni lanza triples, pero nos derrota en cada torneo. Nos arrebata la humildad antes de saltar a la cancha y nos hace creer que somos lo que todavía no hemos logrado ser.
Nunca hemos levantado un trofeo mayor, nunca hemos inscrito nuestro nombre en la élite del baloncesto mundial. Sin embargo, actuamos —jugadores, dirigentes, agentes, asesores y hasta periodistas, en los que me incluyo— como si nuestra camiseta llevara el peso glorioso de la antigua Yugoslavia de Divac y Petrovic.
El espejismo del talento nos ha hecho olvidar que el baloncesto no se gana con nombres ni con discursos inflamados, sino con trabajo, disciplina y una mística colectiva que aún nos falta construir. Mientras otros países han preferido el silencio de la faena diaria, nosotros hemos escogido el ruido de la grandilocuencia.
Tal vez el día en que dejemos de sentirnos campeones sin serlo, podamos empezar a andar el verdadero camino hacia la victoria. Ese día, la arrogancia dejará de ser nuestra principal derrota, y el baloncesto dominicano comenzará a escribir, por fin, su historia más grande.
Este fin de semana terminaron sus compromisos internacionales, Angel Delgado, Jassel Perez, James Feldeine, Omar Silverio y Angel Nuñez. ¿Cuáles crees que llegarán a la liga?