Tiene esa clase de
brillo en la mirada,
que atrapa el alma
y se roba tus latidos;
da vida a tus suspiros,
los desvanece
en medio del silencio
y luego sonríe...,
otro corazón ha caído...
El miedo es el censor más riguroso del espíritu; no necesita cadenas ni calabozos, le basta con susurrarte al oído el tamaño exacto del abismo para que seas tú mismo quien cierre la puerta por dentro y entregue la llave al olvido.
Cuando Virgina Woolf dijo: “Hay una especie de tristeza que surge cuando se sabe demasiado, cuando se ve el mundo como realmente es” describió perfecto lo que significa crecer.
En un determinado momento de la vida quise muchas cosas, pero ahora es diferente. Sólo quiero en mi vida lo que me genere paz, y si para obtener esa paz, tengo que perder algo que quiero, prefiero mi paz.
Dostoyevsky: “Nunca eliminé a nadie de mi vida, todos murieron en el accidente de la confianza.”
Nietzsche: “No estoy molesto porque me hayas mentido, estoy molesto porque de ahora en adelante no podré creerte.”
Eso no es independencia. Es duelo.
Y juro que sentí que algo dentro de mí se rompía.
Porque es duelo, ¿no?
Duelo por cada vez que pediste ayuda y nadie apareció.
Duelo por ser la niña que tuvo que aguantar todo mientras todos los demás se desmoronaban.
Duelo por darte cuenta, demasiado joven, de que nadie vendría a salvarte.
Tu situación actual es momentánea.
No dejes que te consuma
y te haga olvidar de lo que eres capaz.
No dejes que te nuble la mente con miedo y duda.
Has estado allí antes y lo lograste.
Puedes hacerlo de nuevo. Sigue creyendo.