Mi hija empezó su periodo en el autobús de regreso a casa hoy y un chico un año mayor que ella, a quien no conoce realmente, la apartó y le susurró al oído que tenía una mancha en la parte trasera de sus pantalones y le dio su jersey para que se lo atara a la cintura y así pudiera bajarse del autobús y caminar a casa... dijo que se sintió un poco avergonzada y al principio dijo que no pasaba nada, pero el chico insistió y le dijo "tengo hermanas, ¡todo bien!".
Que Dios bendiga a su mamá por criarlo bien.
EL ÚNICO QUE NO QUIERE QUE MUERA
Ayer firmé mi hipoteca.
Que es una de las cosas que no entiendo. La gente te da la enhorabuena. Por endeudarte más allá de tu jubilación. Como si acabaras de ganar un premio en lugar de encadenarte a 360 cuotas.
Aunque pensándolo bien, quizá esa enhorabuena tiene sentido. Me refiero al Seguro de vida. Porque por primera vez, hay alguien genuinamente preocupado porque no me muera antes de tiempo. Gracias, banco.
El contrato tiene 228.000 letras (a ojo, no las he contado). Las primeras van en tipografía normal, amable y casi cariñosa.
Hacia la mitad, todo se pone en negrita. Negror total. Es la parte donde te explican lo que pasa si dejas de pagar. “Bienes presentes y futuros”. Desde embargarte hasta colgarte de los pulgares. Ríete del cobrador del frac.
En la República de Florencia, a los deudores morosos les rapaban la cabeza y les paseaban por la ciudad montados en un burro. Por lo menos era al aire libre.
Pero eso no es de lo que quería hablar, que me lío.
Yo defiendo la sanidad pública. Con uñas y dientes. Pero hay una cosa que me saca de mis casillas. Un paciente se apunta para operarse. Se le cita. Preanestesia. Se le estudia. Se programa un quirófano. Anestesista. Cirujanos. Enfermeras. Auxiliares. Celadores. Material estéril abierto.
Y el día de la cirugía aparece para decir que ha cambiado de opinión. Sin sanción. Sin consecuencias.
Un quirófano entero paralizado. Profesionales sin trabajo esa mañana. Recursos evaporados. Es la versión bestia de no ir a tu cita sin avisar.
Quizá la sanidad pública debería aprender algo de las hipotecas.
#LaTraumatologaGeek
EL EQUINOCCIO, UN BATIDO DETOX Y UNA RODILLA ROTA
Hoy es 20 de marzo. Equinoccio de primavera. Así que
¡Feliz año nuevo!
No, no estoy borracha.
Para los romanos, el año empezaba en marzo. El mes de Marte, dios de la guerra. De hecho, si te fijas, septiembre significa “mes séptimo.” Octubre, octavo. Noviembre, noveno... y así. Cuenta desde marzo. Cuadra todo.
¿Y por qué cambió? Por culpa nuestra.
En el 153 a.C. Roma estaba en guerra con los celtíberos. Les estaban dando tal paliza que los cónsules romanos no llegaban a tiempo. Se elegían en marzo, viajaban hasta Hispania y cuando llegaban ya era otoño. Así que el Senado movió el inicio del año a enero. Para tener más tiempo de venir a pegarnos.
Y no les sirvió de mucho.
Pero eso no es lo que te quería contar. Es que me lío con la historia, no puedo evitarlo.
Lo que te quería contar es que yo sé qué época del año es sin mirar el calendario.
Me basta con ver quién entra por la puerta de urgencias.
Porque cada primavera aparecen. Los runners de marzo. Cuatro meses en el sofá y de repente salen a correr como si les persiguiera un oso. Con unas zapatillas del 2019. Sin calentar. Sin progresión.
El catálogo es siempre el mismo: fascitis plantar, periostitis tibial, roturas fibrilares, tendinopatías rotulianas.
Después de no correr ni al autobús desde noviembre.
La palabra equinoccio viene del latín aequinoctium. Noche igual. Lo único que se equilibra hoy es la luz. No tus chakras.
Lo que sí equilibra tu cuerpo es algo mucho menos glamurosor: moverte. Todos los días. Con cabeza. Sin osos persiguiéndote.
A lo mejor la felicidad está en una sentadilla.
O en salir a caminar sin destrozarte.
#LaTraumatologaGeek
2 LETRAS EXPLICAN POR QUÉ TU PADRE SE LLAMA PEPE
San José no era el padre de Jes��s. ¡Sorpresa! La Iglesia lo llama “padre putativo”. En latín: Pater Putativus. P.P. Pepe.
Sí. Por las iniciales del tipo que crió al hijo de otro sin rechistar. Sin prueba de paternidad. Sólo un sueño raro con un ángel y un “confía en mí, chaval”.
Y el tipo confió. Enseñó a su hijo a trabajar la madera. Le dio su apellido y au protección.
Todo. Sin ser “suyo”.
Los gurús de la medicina dicen que, cuando un hombre se convierte en padre, su cerebro cambia. Los niveles de testosterona bajan. La oxitocina sube. Se activan áreas de la corteza prefrontal que estaban dormidas. Y esto pasa tanto en padres biológicos como en padres adoptivos.
Al cerebro le da igual el ADN.
Le importa la presencia y las noches sin dormir. Las preocupaciones. El estar ahí.
José de Nazaret no tenía ni idea de neurociencia. Pero su cerebro ya lo sabía.
Hoy es el día del padre. El día de los José y de los Pepe. De los que están y de los que ya no. De los que lo hicieron bien y de los que lo hicieron como pudieron, que puede ser lo mismo.
A lo mejor algún día quisiste estrangular al tuyo.
A lo mejor hoy es buen día para no hacerlo.
Y para llamarle. O para recordarle, si ya no puede coger el teléfono.
Porque padre no es el que engendra. Es el que se queda. El que no te estrelló después de una pila de noches sin sueño.
Feliz día, Pepe.
#LaTraumatologaGeek
TU PROFESOR DE GIMNASIA TE MINTIÓ SOBRE LAS AGUJETAS
Te dijeron que eran cristalitos de ácido láctico clavándose en el músculo.
Pues va a ser que no.
Una mentira tan gorda que lleva más de 100 años circulando por gimnasios de medio mundo. Y tu profesor se la tragó enterita.
En 1922, Otto Meyerhof ganó el Nobel de Fisiología por estudiar el ácido láctico en músculos de rana. Su trabajo era brillante. El problema es que la gente lo entendió fatal.
Y de ahí nació el mito más resistente del deporte.
Dato: el ácido láctico se elimina de tus músculos menos de una hora después del ejercicio. Las agujetas aparecen a las 24-72 horas. Si los cristalitos fueran los culpables, te dolerían en el vestuario, no dos días después cuando intentas sentarte en el váter.
Por otra parte, tienes lo que realmente pasa.
Cuando haces un esfuerzo al que no estás acostumbrado, las fibras musculares sufren microroturas.
Tu cuerpo detecta ese destrozo y manda un ejército de células inflamatorias a repararlo. Esa inflamación es lo que duele. No cristales.
Y entonces, lo bonito: tu cuerpo no solo repara. Refuerza.
Milón de Crotona lo sabía hace 2.500 años. Este luchador griego cargaba un ternero recién nacido sobre los hombros todos los días. El ternero crecía. Sus músculos también. Cuando el ternero era un toro, Milón era el hombre más fuerte del Mediterráneo.
Sobrecarga progresiva. Lo inventó un griego cargando vacas.
Celebra esas agujetas: son la prueba de que tu cuerpo está haciéndose más fuerte.
A veces, el dolor no es el problema.
Es la solución.
#LaTraumatologaGeek
Hace un par de años me tuvieron que hacer una cardioversión eléctrica.
Hoy me he levantado con los mismos síntomas que ese día, molestias en el corazón, fatiga, mareo.
Me he subido a urgencias del hospital, a los 10 minutos me estaban haciendo un electrocardiograma que ha confirmado que sufría una fibrilación auricular.
A los 15 minutos me han hecho la cardioversión que afortunadamente ha salido bien.
Ahora estoy esperando a que me den el alta.
La Sanidad Pública salva vidas, por favor, luchemos por ella.
MILES DE NIÑOS HACIENDO COLA PARA QUE LES PINCHEN. VOLUNTARIAMENTE.
23 de febrero de 1954.
Miles de críos estadounidenses en fila en el colegio. Sin llorar. Sin esconderse detrás de sus madres. Empujándose para ser los primeros.
Para que les clavaran una aguja.
Hoy metes a un niño en consulta y monta un drama. Pero en 1954 la alternativa era la polio. Parálisis. Pulmón de acero. Silla de ruedas para siempre.
Jonas Salk acababa de crear la vacuna inactivada contra la polio. Y aquel día arrancó el mayor ensayo de vacunación masiva de la historia. Funcionó tan bien que en 1979 la polio desapareció de Estados Unidos.
Una enfermedad que aterrorizaba a familias enteras. Borrada del mapa con una jeringuilla.
Setenta y dos años después, hoy, la portada la tiene otra bacteria. El meningococo. Los casos de meningitis en España han bajado a la mitad respecto al año pasado. Buena noticia. Pero los muertos se mantienen. Y la letalidad se ha disparado al 17%.
Traduzco: hay menos casos, pero los que hay, matan más.
El serogrupo B es mayoritario. Y los expertos llevan meses pidiendo lo mismo: adelantar la vacuna ACWY al primer año de vida y ampliar la del meningococo B a adolescentes.
Porque los adolescentes son los grandes portadores. Llevan la bacteria en la garganta, no les pasa nada, y la van repartiendo.
En 1954 entendimos algo que nos cuesta recordar: las vacunas no solo protegen al que se las pone. Protegen al de al lado. Al vecino. Al abuelo. Al bebé que aún no puede vacunarse.
Salk ni siquiera patentó su vacuna. Le preguntaron quién tenía los derechos y contestó:
“La gente. ¿Acaso se puede patentar el sol?”
#LaTraumatologaGeek
LO QUE NADIE TE CUENTA
Este niño tiene un sarcoma osteogénico. Un tumor que te come el hueso. Hace 40 años: amputación directa. Hoy: le quitamos el trozo y ponemos hueso de cadáver.
¿Eso es nuevo? NO. Lleva haciéndose desde que yo no había nacido.
¿Entonces qué cambia? Que ahora antes de abrir hacemos un ensayo general con un muñeco de plástico. Útil, sí. Revolucionario, para nada.
LA NOTICIA REAL (que no vende)
Para salvar esa pierna necesitas:
3 cirujanos especializados
1 anestesista pediátrico
al menos 2 enfermeras
1 circulante
Quirófano
CERO prisa
CERO mirada al beneficio
¿Qué hospital privado puede permitirse esto?
NINGUNO. Porque no es rentable dedicar medio equipo toda una mañana a un crío.
EL PROBLEMA
Nos venden "tecnología futurista" cuando lo revolucionario es otra cosa: que tengamos un sistema que puede gastarse recursos infinitos en salvar la rodilla de un niño sin preguntar cuánto cuesta.
Eso NO lo hace una impresora.
RESUMEN: Gran cirugía. Equipazo. Resultado perfecto.
Pero dejad de vendernos la impresora 3D como si fuera el protagonista. El protagonista es un sistema público que puede hacer Tetris con huesos reales durante 8 horas sin mirar el reloj.
Viva la sanidad pública. Que es la única lo suficientemente loca para invertir todo eso en salvar UNA pierna.
Cuando la pérdida se convierte en voz.
Karen Dinesen tenía veintiocho años cuando decidió que su vida no podía seguir siendo un borrador.
Se había enamorado de Hans von Blixen, un barón sueco que no la amaba. Frente a un futuro estrecho, previsible y sin oxígeno, Karen eligió la evasión. No se casó con el hombre deseado, sino con su hermano gemelo.
Bror von Blixen no prometía pasión. Prometía horizonte.
En enero de 1914 llegó a África Oriental Británica y se convirtió en baronesa antes de descifrar el idioma de esa tierra. La finca que compraron se extendía al pie de las colinas de Ngong, en lo que hoy es Kenia. Ella la bautizó Mbogani, “la casa en el bosque”. Creyó que allí empezaría todo.
No fue un comienzo. Fue una revelación.
El matrimonio se deshizo rápido: Bror era infiel, ausente, derrochador. Karen contrajo sífilis en el primer año —una herida invisible que la marcaría para siempre—. Se separaron en 1921 y divorciaron en 1925. Quedó sola al frente de una plantación de café condenada: altitud equivocada, sequías crueles, langostas voraces, precios en caída libre.
Pero no se marchó.
Aprendió suajili. Caminó al alba con los kikuyu que trabajaban la tierra. Escuchó sus historias antes que las suyas. Curó heridas. Enseñó letras. No poseyó África, pero África la poseyó a ella.
Perdió fortuna, salud, certezas. Ganó lo que nunca había tenido: una voz que nacía del silencio.
Entonces apareció Denys Finch Hatton.
No fue un amor que se pudiera domesticar. Denys llegaba y partía en su avioneta, libre como el viento que lo mataría. La trataba como igual, nunca como posesión. Le dio alas —y con ellas, una soledad más vasta.
Se amaron sin contratos, sin promesas.
En 1931 el avión de Denys se estrelló. Karen lo enterró en las colinas de Ngong. Poco después, la finca fue embargada. Diecisiete años de esfuerzo se disolvieron en subasta.
Tenía cuarenta y seis años. Estaba enferma, arruinada, huérfana de continente y de amor.
Regresó a Dinamarca, a la casa de su infancia en Rungsted, al cuarto pequeño del que había huido.
Y allí, sin nada más que memoria, empezó a escribir.
Escribió en inglés —la lengua de la distancia—. Escribió para no olvidar.
En 1937 publicó *Out of Africa* bajo el seudónimo Isak Dinesen. El libro abría con una frase que contenía todo el peso de lo perdido:
“Tuve una granja en África, al pie de las colinas de Ngong”.
No era nostalgia. Era un acto de posesión.
Fue nominada varias veces al Nobel. Hemingway la llamó “esa hermosa escritora”. Pero su victoria mayor no estuvo en premios.
Estuvo en haber convertido una vida fracturada en un territorio que otros pudieran habitar.
No conservó la finca. No conservó al hombre que amaba. No conservó la África que soñó.
Conservó la capacidad de dar forma al dolor.
Y eso, al final, es la única permanencia que importa.
No ocurrió en un campo de batalla ni durante una catástrofe histórica. Ocurrió en una ciudad moderna, un día cualquiera, sobre un puente de Londres.
Un hombre estaba a punto de saltar.
No llevaba uniforme, no era una figura pública, no pasaría a los libros de historia. Era simplemente una persona en el límite. Y durante unos instantes, parecía estar completamente solo.
Pero no lo estuvo.
Uno a uno, desconocidos se acercaron. No con discursos grandilocuentes ni con gestos heroicos, sino con lo único que tenían a mano: sus brazos, sus manos, su presencia. Lo sujetaron de la ropa, de los hombros, de los brazos. Se quedaron allí. Minuto tras minuto. Casi una hora entera.
No lo soltaron.
No sabían su nombre. No conocían su historia. No tenían ninguna obligación legal ni moral que los forzara a quedarse. Sin embargo, permanecieron. Le hablaron en voz baja. Le dijeron que respirara. Que aguantara. Que no estaba solo.
Las manos que se ven en la imagen no son manos famosas. No pertenecen a héroes condecorados. Son manos comunes, anónimas, que en ese momento hicieron algo extraordinario: eligieron cuidar.
Cuando finalmente llegaron los servicios de emergencia, el hombre seguía allí, sostenido por completos desconocidos que se negaron a dejar que desapareciera.
La historia rara vez registra estos momentos. No hay fechas grabadas en piedra ni monumentos que los recuerden. Pero son hechos reales. Y dicen algo esencial sobre nuestra especie.
A veces, lo más poderoso que puede hacer una sociedad no es conquistar, construir o vencer, sino simplemente no soltar a alguien cuando está cayendo.
Eso también es historia.
It's almost that time of year when my wife sits next to me on the sofa and glances at me like I'm a piece of shit. Because of what Alan Rickman did to Emma Thompson in a fictional film, released over 20 years ago.
Una investigación española revoluciona el tratamiento del infarto y pone fin a una práctica utilizada desde hace cuatro décadas https://t.co/N4sgjbsnp5 vía @abc_es