Ese día sentí algo, que nunca había sentido antes. No fue un flechazo. Fue peor.
Fue verle el rabo y sentir que de alguna absurda manera, ya me había enamorado.
Había algo hijo de puta en cómo me la plantaba delante, gorda, caliente, pesada, como si supiera que yo iba a abrir la boca antes de que él pidiera nada. Me temblaba la lengua. Me la comía como si chupándosela pudiera quedármela. Como si la garganta sirviera para retener a alguien.
Luego me puso de lado, me agarró la cadera y ahí entró. Monstruosa. Cara hundida en la almohada, boca abierta, babeando, sin aire, sin poder hacer otra cosa que recibirla. Cada embestida me borraba un poco más. La dignidad. La idea estúpida de que volvería a verle. El culo ya no era mío. Era su agujero. Y yo se lo estaba dando entero, abierto, pidiendo más como la putika que soy.
Y cuando ya me tenía reventado, rendido, con su leche a punto de quedarse adentro mío, soltó que tenía novio.
Fue saber eso, mientras me llenaba, que entendí tenía sólo aquel momento. Mi agujero destrozado con gusto. Su leche adentro.
A eso, las putikas llamamos AMOR: una polla GORDA que te acelera la respiración, te hace palpitar el culo y el corazón te late con ella, como si aquello fuera a quedarse.