Lo he dicho muchas veces, el día en que se sustituyó el hacer el bien por el “parecer” (bueno) -o sea la ética por la reputación-sea en el ámbito personal, institucional o corporativo, vendimos nuestro alma al diablo.
Pero la cháchara seduce siempre, se aceptan mantras sin pensar
El verdadero conflicto no es eutanasia sí o no: es abandono sí o no. Hay algo peor que morir: morir sintiendo que sobramos.
Puedes leer mi artículo completo aquí
https://t.co/SE6OPJpEM0
Es posible que no haya existido un sólo minuto en la historia de la humanidad en el que no haya regido la ley del más fuerte. El problema es que el más fuerte, en nuestros días, es más peligroso que antes. Mi artículo del mes en las páginas de @Ethic_
https://t.co/HoEuDKoRcb
Mientras llegan las bravas, deja que te siga contando.
La muerte de los barrios no es solo cosa de que estén llenos de "panchitos". Hay algo más profundo, algo que empezó a moverse mucho antes, como una corriente subterránea que iba erosionando los cimientos de la sociedad sin que nos diéramos cuenta. Y es que, cuando la mujer entró al mercado laboral, no hubo relevo para eso que dejaba atrás. La crianza de los niños, el calor del hogar, las relaciones con los vecinos. Todo eso se daba por hecho, como si creciera solo, como si no costara nada. Pero costaba, y mucho.
Antes, en cada casa, casi siempre había alguien. Una madre. Alguien que sabía de la vida de los vecinos. Alguien con tiempo para un café y una charla con la vecina en el descansillo, para bajar al mercado de abastos a por el pan del día y costillas para el estofado, para coserle un siete al pantalón del chándal del crío y repasar con él las tablas de multiplicar. Las mujeres ejercían un trabajo a jornada completa, sin nómina ni reconocimiento en las estadísticas del Ministerio de Trabajo, pero era el aceite que engrasaba la maquinaria de los barrios y de los pueblos. Su labor tejía la vida en común, aportaba ese calor de hogar que no se pagaba con pesetas. Cuando esa figura femenina colgó el delantal para fichar en la oficina, el ayuntamiento o el supermercado, ese tejido empezó a deshilvanarse.
Nos vendieron la moto de la liberación, de la igualdad y la emancipación. Y ojo, nadie duda de que la moto hacía falta: muchas mujeres vivían atrapadas en vidas que no eran suyas, aguantando situaciones insostenibles, sin poder tomar las riendas porque dependían económicamente y legalmente de un hombre. El problema es que la "moto" que nos vendieron venía sin gasolina. "La mujer ya no dependerá del sueldo del marido, tendrá su propio dinero, su independencia. Irá a la universidad." Sonaba bien, ¿quién iba a oponerse a eso? Solo cretinos y retrógrados.
La trampa, claro, estaba en la letra pequeña. Porque lo que importa no es cuánto ganas, sino cuánto ganas respecto a los demás. La vivienda, la cesta de la compra: son recursos limitados por los que hay que competir, y si en la familia de al lado trabajan dos, pueden pujar más alto por el piso en el barrio bueno. Para no quedarte atrás, tú también necesitas dos sueldos. Y cuando todas las familias hacen lo mismo, nadie gana ventaja, pero ya nadie puede dejar de hacerlo. Es la tragedia de los comunes aplicada a la vida familiar: una carrera en la que todos corren el doble para quedarse en el mismo sitio. Simplemente es el capitalismo funcionando como debe.
Y como hacen falta dos sueldos para que los números cuadren a fin de mes, el tiempo se esfuma. Ya no hay tiempo para hacer la cena, para charlar con los vecinos, para cuidar de los mayores, para criar a los hijos, en general, ya no hay tiempo para hacer vida.
Ante la falta de tiempo, el mercado y la tecnología, acuden con "soluciones" prácticas, listas para consumir. ¿Que no tienes un rato para pararte en la carnicería de Manolo, para charlar con él mientras te corta la carne como a ti te gusta? No importa, ahí tienes la carne en un blister de plástico, directa del supermercado a tu nevera y sin intercambiar palabra con nadie. ¿Que llegar a casa después de una jornada maratoniana y ponerse a cocinar parece una misión imposible? No pasa nada, un par de clics en el móvil y Glovo te manda a Wilson Javier con un par de smash burgers recalentadas. ¿Y el abuelo, que ya no puede valerse por sí mismo y necesita atención constante? Para eso está la residencia "Los Geranios Felices", donde hay geranios, pero no parecen felices.
"No queda otra", nos decimos para consolar la conciencia o justificar la impotencia.
Y sin tiempo y con el presupuesto justo, ¿cómo van a venir los hijos? Algunos resabidos hablan de que ahora mismo la juventud no tiene hijos por el "coste de oportunidad", y puede que tengan parte de razón. La gente de ahora quizá no esté dispuesta a renunciar a ciertas cosas que antes no había. Pero también hay realidad en las quejas de los jóvenes. El parque inmobiliario, el coste de la vida y hasta la cesta de la compra están optimizados para exprimir dos sueldos. Y si tú no pasas por el aro, otro pasará. Y si no, tranquilo que ya buscarán al pringado fuera. Entonces, traer críos al mundo se hace cada vez más complicado. Ante esta sequía de nacimientos, la inmigración es solo la siguiente ficha del dominó. Lo demanda el sistema. Exige crecimiento económico, es una máquina que por diseño no puede detenerse.
Sin crecimiento económico no se pagan las pensiones y no te vota nadie, ni siquiera Txapote. Esa es la democracia que nos hemos dado.
La inmigración simplemente es el parche que necesita el sistema para seguir rodando. Es la consecuencia directa de esa falta de manos, de esa falta de tiempo. Pero este parche, mal implementado, crea un bucle perverso: más inmigración significa más presión sobre las viviendas, lo que sube los alquileres; más oferta de mano de obra barata, lo que baja los sueldos; y en general, más competencia por los recursos limitados de las ciudades. Esto hace que la vida sea aún más difícil para las familias jóvenes que intentan establecerse. Y así el ciclo continúa: menos nacimientos locales, más necesidad de inmigración, más presión sobre el sistema.
Y lo más triste de todo es que este sacrificio colectivo hubiera merecido la pena si al menos las mujeres estuvieran contentas con el cambio, pero solo hace falta escucharlas: "Estoy agotada", "No llego a todo", "Me he pedido reducción de jornada pero aun así...", mientras en el bolso llevan la cajita de Lexatín que les recetó el médico de cabecera, o ese comentario que sueltan después de la tercera copa de vino: "Me gustaría haber tenido hijos, pero no pudo ser." La ansiedad, la culpa y el agotamiento se han convertido en la banda sonora de una generación que, en teoría, lo tenía todo para ser feliz.
Nunca hubo tantas bajas por depresión, nunca se consumieron tantos ansiolíticos, nunca hubo tanta sensación de soledad y de fracaso. La promesa de la emancipación se ha convertido, para muchas, en una carga doble: la de tener que ser excelentes en el trabajo y en casa, sin renunciar a nada, pero sin tiempo ni energía para disfrutar de ese todo que intentan abarcar.
Esto ha creado una sociedad de soledad estructural. Sin hijos, desaparece la excusas que nos obligaban a tejer comunidad; sin vida de barrio, el espacio público se reduce a zonas de tránsito donde nadie se detiene. Y la tecnología, que prometía conectarnos, ha terminado de aislarnos. Ahora cada uno lleva su propio mundo en el bolsillo. Es el resultado lógico de haber priorizado la comodidad individual sobre todo lo demás: estamos solos porque hemos optimizado el contacto humano hasta eliminarlo.
Así que aquí estamos, en un bar que ya no es lo que era, hablando de un barrio que ya no es lo que fue, en una ciudad que ya no reconocemos del todo. No es que todo tiempo pasado fuera mejor, ni mucho menos, pero sí que había algo en aquella forma de vivir que se ha perdido y que, quizá, merecía la pena conservar. No se trata de volver a "los años 60", ni de mandar a las mujeres a la cocina y a todos los inmigrantes "a su puto país". Pero hay que reconocer que hemos perdido algo valioso en el camino y que quizá deberíamos preguntarnos si hay forma de recuperarlo.
¿La solución? La desconozco, aunque solo escucho recetas fallidas:
-Comunistas y "degrowthers" abogan por decrecer y redistribuir, ignorando que en un mercado global eso solo conduce a la extinción. Es selección natural, quien no crece es absorbido por el que sí. El tecnocapital es un tren en el que te subes o te arrolla.
-Feministas insisten en que todo es una construcción social moldeable a voluntad. Pero antes que personas somos humanos, y la evolución no se borra a golpe de ley orgánica. Hay que ser honestos, también con la realidad.
-Fascistas y nostálgicos ignoran que el totalitarismo es un callejón que no tiene salida en el mundo al que nos dirigimos. La dirección no debe imponerse: las preferencias deben nacer de la gente. Hay que contar con todos, también con las mujeres.
-Los libertarios exigen libertad, acelerando el mismo mecanismo que nos ha llevado hasta aquí. Confiar en la evolución descontrolada del tecnocapitalismo es una apuesta muy arriesgada que puede llevarnos a lugares muy oscuros.
Mi opinión es que la automatización y la inteligencia artificial están cambiando el tablero y ahora sería el momento de sentarnos todos a discutir cuales son las nuevas reglas del juego.
Pero mientras discutimos, los barrios siguen transformándose, los pueblos muriendo y las ciudades creciendo sin rumbo. Y la vida sigue haciéndose cada vez más difícil para la gente normal. No es culpa de nadie en particular y es culpa de todos a la vez. Es el resultado de una visión del mundo que ha olvidado que el progreso solo tiene significado si mejora la vida de las personas.
Han asesinado a Charlie Kirk. No compartía sus ideas, pero entiendo bien el mensaje: no solo han matado solo a un hombre, han intentado matar el diálogo.
A menudo he pensado en abandonar el pseudónimo en X. Y, en el extremo opuesto, también he pensado en abandonar X por completo. Pero no lo hago. Por miedo.
Tengo miedo a los que no soportan la pluralidad. Miedo a los que llaman “ultraderecha” a la libertad de expresión, a la tolerancia o a la familia. Miedo a quienes justifican un asesinato político si la víctima pensaba distinto.
La democracia no es la dictadura de la mayoría: es la posibilidad de que convivan los distintos. Y esa posibilidad se destruye si hablan unos pocos y los demás callan por miedo.
No sé qué me costará seguir hablando, pero sí sé lo que nos costará a todos si dejamos de hacerlo.
Por eso, a pesar del miedo, seguiré.
Y te invito a ti también a seguir: a no ceder al silencio, a sostener el derecho a hablar aunque duela, aunque incomode, aunque tenga un precio.
Porque si nos rendimos al miedo, no solo perdemos la palabra: perdemos la democracia misma.
A veces un RT o un ❤️ parecen poca cosa, pero tienen mucha más importancia de la que crees: son la señal de que todavía no nos hemos rendido.
“La idea de que la gente abandonará sus creencias irracionales ante la solidez de la evidencia presentada ante ella es en sí misma una creencia irracional, no apoyada por la evidencia”
George Lakoff
Imagina no alegrarte tras ver al padre de Johann Zarco, tres días después de perder su dentadura, llorando a lágrima viva tras ver a su hijo ganar en su casa en el GP de más asistencia en la historia de MotoGP.
El mejor deporte del mundo
Gane quien gane