De esos culos que parecen querer reventar los jeans, que hacen que todo el mundo voltee como si sus nalgas tuvieran un imán y que te dejan preguntándote cómo vas a lograr meter tu verga ahí, de lo grande que se ve y lo apretado que debe estar.
Una morenita hermosa, muy tierna, de apenas veinte años que nunca había entregado su culito y nunca había estado con un chico diez años mayor que ella. Pero estaba enamorada y, por amor, decidió entregarle su virgen ano.
—¿Nerviosa? —le dijo él cuando le abrió la puerta del apartamento para que pasara. Ella llevaba un jeans apretado y un top que dejaba al descubierto su abdomen plano y suavecito, de esos que provocan pasar la lengua de arriba abajo.
—Holi, un poquito, sí —respondió ella, tan tierna y sexy como siempre, casi sin darse cuenta de que era una muñequita sexual que cualquiera querría poseer. Y digo casi, porque si se vestía así era porque le encantaba sentirse deseada, y vaya que lo lograba.
—Pasa —dijo él, haciéndose a un lado mientras se acercaba y le plantaba un beso en los labios. Ella se puso de puntitas para alcanzarlo y lo besó. En ese momento él aprovechó y le soltó una nalgada fuerte que seguro se escuchó en los apartamentos vecinos. Quería dejarle claro que hoy no iba a ser suave; quería romperle ese culo.
—¡Auchh! —reclamó ella con un puchero.
—Vamos a la habitación, no quiero perder el tiempo —dijo él. A fin de cuentas, solo la quería para cogérsela hasta que se cansara de ella.
—Sip —respondió nerviosa.
Después de algunos besos, caricias, manoseos y prendas que iban cayendo al suelo, ella quedó desnuda, agitada y excitada. Aunque no tanto como él, que todavía no podía creer que estuviera a punto de comerse semejante hembra. Le tomó un par de fotos abierta, desnuda, mostrando el coño y su cara sonrojada. Ella intentó taparse, pero él le quitó las manos y la capturó para el recuerdo.
—Vamos, ponte en cuatro, puta —ordenó.
—Está bien —obedeció ella, tranquila, confiando en que la tratarían con delicadeza—. Por favor, despacito.
—Sí, princesa —le mintió él, sabiendo que a ella le encantaba que la llamara así y que eso la suavizaría.
Con el culo levantado la admiró, le dio un par de nalgadas, le pasó la lengua por la raja que separaba sus dos nalgas, puso el teléfono a grabar detrás de ellos, apuntó y frotó su verga alrededor de su ano. Ella suspiró y, acto seguido, él se la clavó con fuerza, como si ella llevara años haciéndolo. Su grito fue escandaloso y placentero; a él se le puso aún más dura. Se quedó un momento dentro de ella, sin moverse, solo para disfrutar el instante. Pasados unos segundos inició un mete y saca frenético y enfermizo. Sus gemidos eran música que se mezclaba con el delicioso sonido de sus nalgas estrellándose contra él.
—Me dueleeee —chilló ella.
—Ya pasará, princesita, estás demasiado apretada —dijo él, poseído por la lujuria.
—Ayyy, ayyy —gemía.
—Me encantas, bebé —dijo él.
—Duele —repitió ella, que sentía cómo sus muslos se mojaban y el dolor se convertía en placer.
—¿Te la saco? —preguntó él.
—Si la sacas te mato —dijo ella, volviéndolo a ver furiosa y excitada.
—Esa es mi perrita —exclamó él con una sonrisa y comenzó a eyacular en su interior.
Sabía que ella le pertenecía, que estaba demasiado enamorada de él y que no iba a ser la última vez que probara la estrechez de ese culito.