Quiero, lo eternamente salvaje, la seducción de la orgía intelectual, lo indestructible que sueña bajo el silencio que grita, aquello desconocido, extenuante, incendiando mi lengua de palabras indomables, de poesía que nada ni nadie apague.
Vagabundo de la palabra por excitantes destinos inciertos. Escribo el vértigo de los sentimientos en la locura del camino. En oscuros callejones solitarios lágrimas de desesperación emborrachan mi tristeza, que como perro fiel me sigue con ojos vidriosos aullando poemas salvajes.
Ofrenda fértil de la montaña, ángel de milagro misterioso. Nieve como diamante de fuego sonroja las mejillas, enreda mis rizos un sol travieso, la margarita huérfana susurra delicadamente a mi corazón un secreto. Aquí la belleza del alba en esta primavera son rosas de terciopelo.
La enfermedad incurable de Noelia era la melancolía. Gris y negro inundaban su fragilidad. A veces, sonreía algo de blanco. Vivíamos muy cerca. Desde mi ventana la veía salir con la mirada perdida, anhelosa, en busca del cielo, la hierba, las amapolas, la transparencia del río...
Estimad@s Compañer@s, por unos días me ausentaré debido a una dolorosa costocondritis. Necesito descansar para regresar recuperada...
Las palabras, a la cabecera de mi cama, no se ausentan, no duermen, cogen mi mano y la acercan suavemente a la dulzura de sus corazones.
🙏🤗💙🌷
No pegué ojo en toda la noche. Un cariacontecido recibimiento enojado despreció a su única hija, marcándome ferozmente. Sin marido, no era nadie para ellos, pero mi mayor propósito siempre fue escribir. Con mi novela (como si fuera hija fruto del pecado), en la maleta, me marché.
No avisé. Nadie esperaba mi regreso. Los vagones dejaban atrás los últimos racimos de pinos hasta que un suspiro de agonía, ronco y afiebrado detuvo el tren. No imaginarían ni por lo más remoto que una orgullosa escritora había sustituido a la desposada que con ahínco sufragaron.
Tiemblo el placer del éxtasis al mirarla. Vibran mis fibras poéticas, serpientes hechizadas por su presencia única. La admiro porque no la posee mi instinto, sino que la amo más allá de mí mismo, en un continente distinto del cuerpo, en un país de amor sin palabras, en silencio.
Trabajos de infierno. Te duele horrores el cerebro del alma. Masoquista desesperado, reincido como un zombie. Me falta sangre y pelotas para dejarlo. Bebo, para olvidar mi fracaso. Y la palabra en la azotea silba labios de seda, sus piernas de escándalo, traviesa seduce mi fuga.
Poesía, tu dolor tan cruel, que apreto los ojos como afilados colmillos, y, al abrirlos, mis manos vestidas de abrasiva sangre, por la transfusión, permite que, la página viva, y el poema-cuchillo, respire, grite, ría o llore, placer, miedo, revolución. Y, el agua, ahora fuego...