Feijóo sigue a Ayuso y abre el melón de la ley del 'no nacido'
Ante la crisis demográfica que afecta a España, Feijóo ha anunciado que si llega al gobierno, impulsará una ley estatal para reconocer a los concebidos no nacidos a partir de las 14 semanas de gestación como un miembro más de la unidad familiar.
La iniciativa permitiría acceder a determinadas ayudas públicas y beneficios fiscales antes del nacimiento, siguiendo el modelo aprobado en la Comunidad de Madrid.
La Unión Europea impone el euro digital
El Parlamento Europeo ha dado luz verde al euro digital, una moneda electrónica emitida por el Banco Central Europeo que busca reforzar la soberanía financiera de la UE y reducir la dependencia de Visa, Mastercard y el dólar.
Sus defensores aseguran que complementará al efectivo, pero sus detractores alertan de que permitirá rastrear los pagos, limitar el dinero disponible en las carteras digitales y abrir la puerta a un mayor control sobre las finanzas de los europeos.
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
Pues parece que las críticas sobre el proceso de selección de fans para La Casita han tenido efecto.
Es lo que debería haber sido desde un principio, que cualquier fan tuviese la oportunidad de estar allí.
Rectificar es de sabios.
Bad Bunny, acusado de elitismo y machismo en sus conciertos
La mayor polémica de los conciertos de Bad Bunny no ha sido la música, sino 'La Casita', un espacio VIP dentro del espectáculo donde suelen aparecer influencers, famosos y chicas seleccionadas del público a dedo.
En redes sociales, numerosos asistentes han criticado que este espacio y su elitismo contradicen el mensaje de cercanía y defensa de las comunidades que transmite el álbum 'Debí Tirar Más Fotos'.
Caminar sin podcast. Comer sin teléfono. Esperar el café sin scrollear. Ahí es donde aparecen las únicas ideas que después vas a reconocer como tuyas. Aburrirse a propósito es de los actos creativos más raros que quedan.
Tú dices: "En cualquier momento empiezo a largar".
Cervantes decía:
"Me fatigan ciertos ímpetus maliciosos que me hacen bailar la lengua en la boca y malográrseme entre los dientes más de 4 verdades, que andan por salir a al plaza del mundo".
El parásito que defiende Bruselas y destruye el olivo español @Monikfuster
El mar de olivos de Jaén está en peligro. El algodoncillo, la plaga que enfría las raíces del olivar hasta exterminarlo no para de avanzar. 9.000 hectáreas de olivar jienense están en riesgo de perder la cosecha. Sin embargo, el gobierno prefiere favorecer las políticas verdes de Bruselas
EL JABÓN LAGARTO
El jabón Lagarto no es un jabón. El jabón Lagarto es una autoridad. Es una presencia. Es el único producto de limpieza que no compras… lo heredas. Tú no vas al súper y dices: “Voy a probar el jabón Lagarto”. No. El jabón Lagarto aparece en tu vida como aparecen los traumas y las recetas de tu abuela: sin pedir permiso.
Porque vamos a hablar claro: el jabón Lagarto no limpia, humilla la suciedad. Tú manchas una camiseta con tomate y el Lagarto no la lava… la somete. Le dice a la mancha: “Aquí se acabó tu carrera, artista”. Ese jabón ha quitado más grasa que muchos entrenadores personales.
Y luego está el olor. Ese olor no es perfume, eso es disciplina. Eso huele a patio, a barreño, a una señora con bata que te mira y te deja temblando solo con decir: “Eso con Lagarto sale”. Y salía. Salía la mancha, salía la mugre, salía la tontería y, si te descuidabas, salías tú también restregado.
El jabón Lagarto sirve para todo. Para la ropa, para el suelo, para la cocina, para una llanta, para una persiana y, en algunas casas, sospecho que hasta para bautizar niños. Hay gente que tiene un botiquín en casa; nuestras madres tenían una pastilla de Lagarto y una fe ciega. “¿Te has caído?” Lagarto. “¿Hay grasa en la campana?” Lagarto. “¿Tu padre ha venido con una mancha rara en la camisa?” Lagarto… y luego interrogatorio.
A mí me hace gracia porque ahora todo viene con nombre de laboratorio suizo: “detergente ultra bio active sensitive no sé qué”. Cállate ya. Antes había una pastilla verde-marrón con nombre de reptil y eso limpiaba más que tu vida después de bloquear a tu ex. Nada de marketing, nada de influencers. El jabón Lagarto no necesita anuncio. Su publicidad era una abuela levantando una sábana blanca como si hubiera ganado una guerra.
Y ojo, que el Lagarto tiene pinta de producto sencillo, pero impone respeto. Tú lo ves ahí, cuadrado, serio, sin florcitas, sin colores pastel, sin “aroma a nube de verano”. No. El Lagarto viene a trabajar, no a seducirte. Es el funcionario de la limpieza: no sonríe, no promete, pero cumple. Y mejor que muchos.
De hecho, si el jabón Lagarto fuera una persona, sería ese tío seco del pueblo que no habla mucho, pero te arregla una lavadora, te poda un olivo y te da una lección de vida sin moverse del banco. Duro, eficaz y con pinta de haber sobrevivido a tres crisis, dos riadas y una boda gitana.
En resumen: el jabón Lagarto no es vintage, es inmortal. Es el Chuck Norris de la limpieza. Es el producto que ha pasado de generación en generación como si fuera una reliquia sagrada. Y mientras nosotros vamos por la vida pagando botes modernos con tapa ergonómica, el Lagarto sigue ahí, tranquilo, pensando: “Cuando queráis limpiar de verdad, ya sabéis dónde estoy”.
La SEMANA SANTA transforma TODO
@Monikfuster
Más allá de las torrijas y los dulces típicos -que parece que cada vez que le pasa algo a Jesucristo, engordamos-, la Semana Santa es uno de los momentos más significativos del año. Es una historia que se vive en las calles entre silencio, procesiones y lágrimas de emoción.
Desde las palmas del Domingo de Ramos hasta la noche en vela del Viernes Santo, España acompaña la pasión y muerte de Cristo. Y en la Vigilia Pascual, la oscuridad da paso a la luz: la muerte no es la última palabra, comienza la Pascua y renace la esperanza.