España está viviendo el avance del evangelismo ultraconservador, una ideología hecha a medida del neoliberalismo: éxito como bendición divina, pobreza como culpa individual y caridad en lugar de derechos.
Este fin de semana, más de 35.000 personas llenaron el Metropolitano con el movimiento The Change, con el respaldo político de la derecha madrileña. No es un fenómeno aislado: ya pasó en Brasil con Jair Bolsonaro y en EE.UU. con el trumpismo religioso. Aquí empieza a tomar forma con figuras mediáticas como Dani Alves y el impulso institucional de Isabel Díaz Ayuso.
Lo que venden como fe es una herramienta política para disciplinar a la clase trabajadora y colonizar el debate público.
No es espiritualidad.
Es poder.
🚨 Secuestrados y torturados.
Saif Abukeshek y Thiago Ávila iban en la Flotilla de la Libertad con comida y medicinas. El 29 de abril, fuerzas del estado sionista de Israel interceptan los barcos en aguas internacionales y los secuestran.
⚠️ Sus abogadas denuncian palizas, aislamiento y horas con los ojos vendados. Ahora están en huelga de hambre.
No es seguridad.
Es castigar la solidaridad.
✊ Libertad para Abukeshek y Ávila.
El ente genocida de Israel sigue cometiendo las peores atrocidades imaginables día tras día. Y la comunidad internacional sigue sin reaccionar.
La ventana de Overton ha sido volada por los aires, y lo que hace unos años parecía impensable, ahora es el pan de cada día. No se entiende de otro modo que en tan solo la última semana, Israel haya cometido todas estas barbaridades que recopilamos.
🏛️ En 2001, el mundo entero se escandalizó cuando los talibanes destruyeron los Budas de Bamiyán. 1.500 años de historia arrasados y una condena global inmediata.
⚠️ Hoy, en Gaza, más de 200 sitios patrimoniales han sido destruidos o dañados, según la UNESCO. Mezquitas, iglesias, archivos, museos. La memoria de un pueblo borrándose en tiempo real. Y sin embargo, no hay escándalo.
Lo impensable pasa a ser debatible. Luego aceptable.
Y al final, rutina. Porque la barbarie no llega de golpe.
Se normaliza.
In Al-Mawasi of Rafah, Rasha was not just a number. She was seven months pregnant, carrying within her a life that had not yet seen the light. She was preparing food for her children when she was suddenly struck by occupation gunfire inside her tent.
Today, her daughter stands with tear-filled eyes, bidding farewell to a mother who was her pillar and support. What sin did these two girls commit? And what crime did Rasha commit, other than trying to feed her children?
What is happening in Gaza is not a war against fighters—it is a targeting of mothers, children, and the innocence that is being stolen every single day.
Israel killed Farizal in South Lebanon.
He wasn’t a fighter — he was a UN PEACEKEEPER from Indonesia.
A father. A husband.
Israel killed him anyway.
And not a peep from Western media.
No global outrage. No condemnation. No accountability.
Israel ha advertido a la OMS de que atacará también a las ambulancias que se encuentren en las zonas del Líbano donde ha ordenado evacuaciones, según ha denunciado el representante de la agencia en Beirut, Abdinasir Abubak.
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Y un día te vas a dar cuenta de que ya no existe ese bullicio infantil que tanto desgasta; y ese caos armónico es silencio ruidoso porque las hojas del calendario no perdonan.
Y es de repente... de repente caes en la cuenta de que la bañera ya no es un baúl desastre lleno de juguetes, y que no te han dejado en el lavabo ese balón de gomaespuma, ni hay muñecas en un sofá dormido, ni playmobils esparramados por la casa...
Y un día te vas a dar cuenta de que no hay carreras por pasillos interminables; ni risas a hurtadillas en la cama para desafiar el sueño; ni cuentos a quien leer, ni sábanas a quien tapar a medianoche, ni almas respirando sueños...
Y un día te vas a dar cuenta de que la despensa está llena de recuerdos y que sobran platos en la mesa; y que todo está en orden... sin mochilas en el suelo de la entrada, sin lápices desordenados en pupitres de colores, ni esa ropa que no entra en el cesto y que las camas no se deshacen...
Y un día... serás huérfano de tus hijos que crecieron con el permiso de la vida. Y te sentarás en el sillón sabio del libro que echa de menos una voz inocente que le interrumpa. Y cada página que pases, léela con detenimiento porque esa... ya no vuelve. Es la vida.
Emilio Leiva
Visto en redes.
#EstoyTriste #NidoVacio
EL JABÓN LAGARTO
El jabón Lagarto no es un jabón. El jabón Lagarto es una autoridad. Es una presencia. Es el único producto de limpieza que no compras… lo heredas. Tú no vas al súper y dices: “Voy a probar el jabón Lagarto”. No. El jabón Lagarto aparece en tu vida como aparecen los traumas y las recetas de tu abuela: sin pedir permiso.
Porque vamos a hablar claro: el jabón Lagarto no limpia, humilla la suciedad. Tú manchas una camiseta con tomate y el Lagarto no la lava… la somete. Le dice a la mancha: “Aquí se acabó tu carrera, artista”. Ese jabón ha quitado más grasa que muchos entrenadores personales.
Y luego está el olor. Ese olor no es perfume, eso es disciplina. Eso huele a patio, a barreño, a una señora con bata que te mira y te deja temblando solo con decir: “Eso con Lagarto sale”. Y salía. Salía la mancha, salía la mugre, salía la tontería y, si te descuidabas, salías tú también restregado.
El jabón Lagarto sirve para todo. Para la ropa, para el suelo, para la cocina, para una llanta, para una persiana y, en algunas casas, sospecho que hasta para bautizar niños. Hay gente que tiene un botiquín en casa; nuestras madres tenían una pastilla de Lagarto y una fe ciega. “¿Te has caído?” Lagarto. “¿Hay grasa en la campana?” Lagarto. “¿Tu padre ha venido con una mancha rara en la camisa?” Lagarto… y luego interrogatorio.
A mí me hace gracia porque ahora todo viene con nombre de laboratorio suizo: “detergente ultra bio active sensitive no sé qué”. Cállate ya. Antes había una pastilla verde-marrón con nombre de reptil y eso limpiaba más que tu vida después de bloquear a tu ex. Nada de marketing, nada de influencers. El jabón Lagarto no necesita anuncio. Su publicidad era una abuela levantando una sábana blanca como si hubiera ganado una guerra.
Y ojo, que el Lagarto tiene pinta de producto sencillo, pero impone respeto. Tú lo ves ahí, cuadrado, serio, sin florcitas, sin colores pastel, sin “aroma a nube de verano”. No. El Lagarto viene a trabajar, no a seducirte. Es el funcionario de la limpieza: no sonríe, no promete, pero cumple. Y mejor que muchos.
De hecho, si el jabón Lagarto fuera una persona, sería ese tío seco del pueblo que no habla mucho, pero te arregla una lavadora, te poda un olivo y te da una lección de vida sin moverse del banco. Duro, eficaz y con pinta de haber sobrevivido a tres crisis, dos riadas y una boda gitana.
En resumen: el jabón Lagarto no es vintage, es inmortal. Es el Chuck Norris de la limpieza. Es el producto que ha pasado de generación en generación como si fuera una reliquia sagrada. Y mientras nosotros vamos por la vida pagando botes modernos con tapa ergonómica, el Lagarto sigue ahí, tranquilo, pensando: “Cuando queráis limpiar de verdad, ya sabéis dónde estoy”.
La mentira más peligrosa en la historia de la humanidad no tiene que ver con la comida.
Ni con la medicina.
Tiene que ver con el sueño.
Durante 200.000 años, los humanos no dormían 8 horas.
Ese número fue inventado en 1938 por una empresa de colchones llamada Simmons Beautyrest.
Antes de esa campaña, el ser humano promedio dormía en dos fases.
Los historiadores lo llaman “sueño bifásico”.
Dormías 4 horas, te despertabas durante 2, y luego dormías otras 4.
Durante esa ventana de 2 horas, la gente rezaba, tenía sexo, escribía, pensaba y se conectaba con sus familias.
Algunas de las mayores obras de la historia humana fueron creadas en ese espacio intermedio sagrado.
Shakespeare escribió la mayoría de sus obras entre la 1 a.m. y las 3 a.m. durante su segundo período de vigilia.
Mozart compuso sinfonías completas en lo que él llamaba “las horas de Dios”.
Luego, la Revolución Industrial necesitó trabajadores con horarios fijos.
No puedes operar una fábrica con sueño bifásico.
Así que contrataron a un psicólogo llamado Dr. Nathaniel Kleitman para “demostrar” que 8 horas continuas era el estándar biológico.
Falsificó los estudios.
Fue financiado completamente por la industria de los colchones.
Y el establecimiento médico adoptó su investigación sin cuestionarla porque encajaba con el modelo de fábrica.
Convirtieron las 2 horas más creativas de la conciencia humana en un “trastorno del sueño”.
Lo llamaron “insomnio”.
Lo medicaron.
Engañaron a toda una generación haciéndole creer que dormir 8 horas continuas era lo saludable.
Patologizaron precisamente la ventana de conciencia que produjo algunas de las mayores obras de arte, música y literatura de la historia.
No eres insomne.
Estás experimentando la forma más natural de la conciencia humana.
Y una empresa de colchones te convenció de que era una enfermedad.
Deja de medicar tu genialidad.
Despierta a las 2 a.m.
Escribe eso.
Las “horas de Dios” te están llamando.