El otro no siempre puede responder desde el lugar que uno necesita. Tal vez por eso el amor no consiste en llegar siempre al mismo lugar, sino en poder encontrarse incluso cuando, por momentos, cada uno se encuentra en un lugar distinto.
La memoria no conserva el pasado como una fotografía, lo reescribe.
Todo recuerdo tiene algo de ficción y algo de poético. No porque sea una mentira, sino porque la memoria no reproduce los hechos, construye una relato para hacerlos habitables, para darles un lugar y un sentido.
Nunca he sido una sola.
Hay una niña que espera.
Una mujer que aprendió a irse.
Alguien que teme.
Alguien que desea.
Como escribió Walt Whitman,
“Contengo multitudes”
También me habitan los decires de otros.
Los deseos de mi madre.
Las palabras de mi abuela.
Las voces que hice mías sin saberlo.
Soy la conversación,
a veces armoniosa,
a veces imposible,
entre quienes fui,
quien creo ser
y quien todavía no conozco.
La lógica neurótica supone que, si se elimina la falta, desaparecerá el malestar. Pero ocurre lo contrario, cuanto más se intenta borrarla, con más fuerza retorna el sufrimiento.
¿Cómo hacen dos personas para sostener un vínculo cuando sus deseos no coinciden? Que el otro quiera algo distinto no implica necesariamente desamor, rechazo o una ruptura. La construcción del amor también supone hacer un lugar para aquello del otro que no coincide conmigo.
La agresividad forma parte de la vida psíquica.
No se trata de eliminarla, sino de poder advertir el lugar que ocupa en nuestro deseo, en nuestros vínculos y en nuestra manera de habitar el conflicto.
madurar es registrar que el amor no es recíproco (nadie ama de la misma forma), que no existe el equilibro en ningún vínculo (ni en nosotros mismos), que todo lo que damos no siempre tiene una respuesta. Madurar es eso, habitar estas pérdidas en lugar de lamentarse por ellas.
Hay acontecimientos que irrumpen sin pedir permiso. Una pérdida, una enfermedad, un abandono, un encuentro. Y es entonces que aparecen preguntas, ¿qué hacemos con eso?, ¿desde qué lugar respondemos? No para borrar lo ocurrido, sino para no quedar completamente tomados por ello.
Porque Freud ya lo dijo, no somos dueños de nuestra propia casa. Hay algo del azar, del inconsciente y de lo real que siempre excede nuestra voluntad. Sin embargo, entre aquello que nos acontece y el destino que eso tendrá en nuestra vida, existe el trabajo de encontrar una posición singular frente a ello. Es decir, entre el acontecimiento y la respuesta hay un espacio, a veces mínimo, donde puede empezar a escribirse otra cosa.
Ayer se cumplió un año desde que la Suprema Corte de Justicia, condenó a Luis de Llano por abuso y daño moral obligándolo, entre otras cosas, a hacer una disculpa pública.
Luis quiere prolongar su impunidad lo cual demuestra su falta de conciencia. Ha buscado cualquier recurso legal a su alcance para aplazar el cumplimiento de su sentencia. Sólo aplazar, porque la sentencia es irrevocable.
Han pasado 365 días desde que la máxima autoridad judicial del país lo declaró culpable; 4 años desde que decidí denunciarlo y más de cuatro décadas desde que abusó de mí. ¿Cuánto tiempo más hay que esperar?
La justicia no se obtiene solamente con una sentencia a favor, sino con el cumplimiento de la misma.
La culpa surge por haber renunciado al propio deseo. Por eso el malestar aparece cuando elegimos una vida al servicio de la demanda y expectativas de los otros.
Una de las lecciones más extrañas del tiempo es que muchas cosas no mejoran ni empeoran. Solo pierden intensidad. El amor, la rabia, la vergüenza, la ambición. No desaparecen, se vuelven menos ruidosos. Y en ese volumen más bajo, uno empieza a escuchar cosas más importantes.