No se trata de una simple palabra. Si durante generaciones las personas negras han dicho que no quieren ser llamadas así, por todo lo que su color y su historia —marcada por dolor y humillaciones— representan, ¿por qué insistir en hacerlo?
Cuando alguien expresa que algo le incomoda o le hiere, por las razones que sean, lo mínimo es respetarlo. Ignorar esa petición, especialmente cuando viene respaldada por siglos de lucha y memoria, no es un detalle sin importancia: es una forma de racismo.