Feliz Navidad.
No es Feliz
como “sin problemas”.
Ni que la vida sea fácil,
ni vivir una quimera.
La dicha no es vegetar
en un jardín hermoso
donde cada fruto es exquisito
y hay aroma de júbilo.
Que todo eso son visiones
de falsos profetas
o miradas de ave de paso,
que sobrevuela la tierra
sin llegar a posarse
en el suelo de lo concreto.
Feliz Navidad,
es la alegría asustada
de la mujer que arriesga,
y la confianza serena
del receptor de la promesa.
Es el entusiasmo incierto
de los peregrinos
en ruta, tras una estrella.
Es la emoción humilde
de los excluidos,
testigos hoy del milagro.
Y es el gozo lúcido de Dios
encarnado en niño,
cuando empieza a vaciarse
por completo.
Esa fiesta celebramos,
esa historia compartimos,
esa promesa anhelamos:
Feliz Navidad.
@Rafael_Narbona Enhorabuena @Rafael_Narbona . He visto la película y me ha conmovido. No podría haberla descrito mejor. Agradezco el don que tienes para llegar al alma de las cosas... Creo que en el panorama actual -el terror de Gaza sin más lejos- la cinta tiene tristemente toda la actualidad.
Sylvia y Susete comparten algunas de las recomendaciones de nuestro #informe ‘Cuidar con derechos, vivir con dignidad’.
👉Solo con un esfuerzo coordinado será posible construir un modelo de #cuidados más justo, equitativo y sostenible.
👀Lee el informe: https://t.co/DsBEWV4os2
ETTY HILLESUM, MÍSTICA DE LA ALEGRÍA
Fragmento de mi libro Peregrinos del absoluto, Editorial @taugenit
Etty Hillesum, judía holandesa, nació un 15 de enero. Asesinada en Auschwitz el 30 de noviembre de 1943, Etty escribió un diario que se publicó 40 años después de su muerte. Escribir fue una manera de salvar una vida abortada a los veintinueve años. Abrumada por el «miedo existencial» y el desorden de un mundo en guerra, Etty nunca sucumbió a la desesperación, ni se desentendió del dolor de los otros. La última frase de su diario es particularmente hermosa y conmovedora: «quisiera ser una bálsamo derramado sobre tantas heridas».
Aunque no observa los preceptos de ninguna religión, no cesa de buscar a Dios. Paseando de noche por el campo entre siluetas de casas en penumbra, su corazón se estremece de dicha: «Experimenté con alegría cómo el mundo creado por Dios, a pesar de todo, es hermoso». Esa idea se repite una y otra vez en el Diario, incluso cuando trabaja como dactilógrafa en el Consejo Judío y visita el campo de concentración de Westerbork, sabiendo que tarde o temprano será una prisionera más, sin otra expectativa que ser deportada a Auschwitz. En septiembre de 1941, anota: «La vida merece ser vivida. Dios, todavía estás conmigo». En febrero de 1942, cuando la Gestapo le envía una notificación para que acuda a un interrogatorio, reflexiona: «La vida me parece tan bella y llena de posibilidades, a pesar de lo que ocurra». Tres meses después, cuando la situación de los judíos en los Países Bajos se deteriora día a día, exclama desafiante: «Me encuentro cara a cara con tu mundo, Dios, y no huyo de la realidad hacia bellos sueños –aunque creo que junto a las realidades más crueles también hay sitio para los sueños hermosos- y sigo alabando tu creación, Dios. ¡A pesar de todo!».
Cuando llega junio y los agravios contra los judíos no han cesado de crecer, su alma –«esa palabra tan desprestigiada»- se expande con un gozo paradójico: «La vida me parece bonita y me siento libre. […] Creo en Dios y creo en la gente y me atrevo a decirlo sin ninguna vergüenza». Dios no es un concepto, sino una vivencia que le ha revelado el «pedacito de eternidad que lleva en su interior». El tiempo por el que discurren nuestras vidas no desemboca en la nada. Por eso, no hay que preocuparse demasiado por las fechas: «Aprecio esta vida, de verdad, en el año del Señor, aún del Señor, en el año de guerra no sé cuántos». La guerra no es una ilusión, sino una triste realidad, pero en ningún caso es la última palabra. Su obra de destrucción no será permanente. Las heridas serán sanadas y el cielo continuará proporcionado al hombre un hogar y una promesa de eternidad.
Saber que lleva el infinito en su interior, que un pedacito de eternidad ya ha fructificado en su alma, le permite perseverar en una insensata gratitud hacia el prodigio de existir: «Estoy dispuesta a todo, me iré a cualquier lugar del mundo adonde Dios me envíe y testificaré, en cada situación y hasta la muerte, que la vida es hermosa, que tiene sentido y que no es por culpa de Dios, sino nuestra, que todo haya llegado hasta este punto”.
Etty habla constantemente de Dios, pero no se adhiere a ningún credo. Cabe preguntar entonces, ¿qué es Dios para ella? ¿Un Ser Perfecto, Inmutable y Omnipotente? Todo indica que no. Dios no es algo solemne y lejano, sino un interlocutor con el que se puede mantener un diálogo loco e infantil. Dios nos lo da todo, pero –¡ay!- no lo puede todo. «Solo una cosa es para mí cada vez más evidente –escribe Hillesum la mañana del domingo 12 de julio de 1942-: que tú no puedes ayudarnos, que debemos ayudarte a ti y así nos ayudaremos a nosotros mismos». Nos preocupamos demasiado por nuestro cuerpo, sin comprender que hay algo mucho más valioso que preservar: «lo único que tiene importancia en estos tiempos, Dios, es salvar un fragmento de ti en nosotros». Lejos de caer en reproches, preguntando a Dios por qué no salva a los perseguidos de su horrible destino, recalca que lo esencial es «defender hasta el final el lugar que ocupa en nuestro interior». ¿Cómo es posible hacerlo, cómo podemos ayudar a Dios, al que todas las religiones describen como el Todopoderoso? «Utiliza y disfruta de cada minuto de este día, conviértelo en un día fructífero, en una sólida piedra, en un fundamento sobre el que se puedan apoyar los pobres y temerosos días que llegarán en un futuro». Un jazmín puede ser devastado por la lluvia, pero puede seguir creciendo en nuestro interior, tierno y desbordante. Debemos ofrecer a diario ese jazmín a Dios. Si nos encontramos en una celda y observamos cómo pasa una nube, debemos hacer acopio de fuerzas y llevarla al Señor.
La experiencia mística de Etty Hillesum es un acto de amor. Conocer a Dios, experimentar su existencia, salir del tiempo y vislumbrar la eternidad, comporta superar el miedo, librarse de la angustia que nos causa nuestra finitud e inmunizarse frente a las sacudidas de la historia. «Cuando uno ha comenzado a caminar de la mano de Dios, si entonces sigue caminando, la vida entera se convierte en un paseo único». Caminar de la mano de Dios es vivir en «la plenitud de la realidad que trae cada día». Etty Hillesum no se separa de esa plenitud ni cuando se convierte en una prisionera. Continúa escribiendo, aunque limitan su correspondencia a una carta cada quince días que deberá entregar abierta. El aliento poético persiste entre las alambradas. Ruth Klüger, superviviente de Auschwitz y Theresienstadt, adonde llega deportada con once años, descarta la fe –«una tabla de salvación podrida»-, pero escribe poemas, pues siente que la disciplina del verso ofrece una salvación real, un firme y sólido asidero. El pintor esloveno Anton Zoran Music, deportado a Dachau en 1944, dibuja clandestinamente durante su cautiverio. Utiliza tizas rudimentarias y tizas sobre cartón o papel de embalar para dibujar hileras de hombres ahorcados, estudios de cabezas agonizantes, perfiles imposibles, bocas deformadas, ojos hundidos, dedos con aspecto de ramas calcinadas, piernas delgadísimas, huesos a punto de rasgar la piel. El arte no es armonía, sino un eco que hace perdurable lo vivido. Etty Hillesum escribe, confesando que desearía vivir muchos años, pero si no es así, «otro lo hará, otro continuará viviendo mi vida desde donde terminó». Nada será en vano: «Si llegase a sobrevivir a esta etapa, surgiré como un ser más sabio y profundo. Mas si sucumbo, moriré como un ser más sabio y profundo».
El 7 de septiembre de 1943 Etty inicia su viaje hacia Auschwitz, acompañada por sus padres y su hermano Mischa. Desde el vagón de ganado que utilizan para trasladar a un contingente de casi mil reclusos, Etty escribe sus últimas líneas en una tarjeta postal, que consigue lanzar al exterior: «Me esperaréis, ¿verdad?». Etty murió el 30 de noviembre de 1943. Sus padres fueron enviados a la cámara de gas apenas llegaron a Auschwitz. Su hermano Mischa sobrevive hasta el 31 de marzo de 1944. Su hermano Jaap muere el 17 de abril de 1945, cuando regresaba a los Países Bajos. En el convoy que trasladó a la familia Hillesum viajaban 987 personas, de las cuales 170 eran niños. Solo hubo ocho supervivientes. Etty confió sus diarios a su amiga Maria Tuinzing, que los conservó sin ignorar su enorme valor. Necesitaron casi cuarenta años para salir a la luz. El Dios de Etty se parece al Dios de Rilke, particularmente al que aparece en El libro de las horas(1905). «¿Qué será de ti, Dios, cuando yo muera?», escribe Rilke. «¿Qué harás, Dios? Temo por ti». Etty conocía estos versos y, de hecho, escuchamos su eco cuando repite que Dios necesita nuestra ayuda, que está en pozo muy profundo dentro de nosotros y que a veces no podemos alcanzarlo porque la piedra y la arena lo han sepultado. Después de presentar su renuncia, Benedicto XVI concedió su primera audiencia general el 13 de febrero de 2013. Aprovechó la ocasión para sorprender al mundo, elogiando la figura de Etty Hillesum: «En su vida dispersa e inquieta, encuentra a Dios precisamente en medio de la gran tragedia del siglo XX, la Shoah. Esta joven frágil e insatisfecha, transfigurada por la fe, se convierte en una mujer llena de amor y de paz interior, capaz de afirmar: “Vivo constantemente en intimidad con Dios”».
Etty Hillesum pertenece a la historia de la mística por su cercanía con Dios, por su intensa vida interior que desborda el aquí y ahora, por su experiencia del tiempo como una totalidad viva e inacabable, por su comprensión de lo sobrenatural. Hillesum no esperaba milagros que alteren la marcha de la historia. Dios no es un mago. No podemos pedirle cuentas por Auschwitz. Dios será el que nos pida cuentas por los actos que han hecho posible esa abominación. Dios sufre, deviene, cambia, se transforma. Su poder no es absoluto e ilimitado. Etty lo comprendió, como solo puede entenderlo quien se ha adentrado en un viejo templo olvidado y ha descubierto la menesterosidad de las antiguas deidades. Su ascenso místico concluye con una lección admirable: amar a Dios exige compartir su fragilidad. Rezar no significa pedir, sino dar. No cabe esperar, si previamente no se ha sabido ofrendar alegría, pasión y fraternidad.
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