Si te endeudaste sos un idiota, si criticás las políticas del gobierno no entendés nada o sos una mierda humana; si estás a favor de los derechos de las mujeres sos una asesina y si decís que con tus ingresos no llegás a fin de mes, mentís.
Milei lo hizo.
Caete de culo, pero te voy a contar algo que seguramente no sabías: Ese empleado del Estado que echaron o el otro que hace 2 años tiene el sueldo planchado, sabés donde gastaba su plata? En TU almacén, TU tiendita de ropa, TU emprendimiento que ahora tenés que cerrar
Abro🧵
Impresionante lo de Milei. Reaparece públicamente para decir que la inflación es CERO. Que los salarios NO CAYERON. Que SE CREARON puestos de trabajo. Que NO CIERRAN empresas. Y empezó su catarata de mentiras diciendo "PRIMERO LOS DATOS". Una mentira flagrante atrás de otra. Vive en na realidad paralela edulcorada por sus noches de ópera en Olivos y por las celebraciones permanentes de Oría y Lilia Lemoine. Es realmente muy grave.
El país más racista del mundo
Me tiene impresionado nuestro nuevo racismo. Me dieron ganas de escribir sobre eso pero no de publicarlo en algún medio. Prefiero que quede aquí, al alcance de quien quiera leerlo.
Una conciencia nueva recorre el planeta. No lo sabíamos pero ahora sí: el saber progresa incontenible. En estos días he escuchado y leído varias veces que la Argentina es “el país más racista del mundo”. Es cierto que, según dicen esos mismos, queremos ganar todo y no sabemos perder: quizá nos ofrecen este primer lugar para compensar nuestras derrotas futboleras. En cualquier caso la noción es brutal y me dio ganas de contarles cómo es el racismo en la Argentina para que ustedes juzguen. A veces, muy de tanto en tanto, conocer los hechos puede ser una ayuda.
Antes del desembarco de los españoles no se sabe: no queda registro de esa gente, pero eran pocos y vivían en grupos laxos, no había estados, la discriminación era difícil. El primer racismo rioplatense registrado fue, entonces, el de aquellos soldados que llegaron para tratar de ocupar aquellas pampas –habitadas por seres inferiores a los que había que ordenar, educar, catequizar y explotar todo lo posible para salvar sus almas, pobrecitos.
El problema, en toda América, fue que los locales no alcanzaban para extraerlo todo y además se morían casi siempre. Por suerte los grandes del reino dieron con la solución: llevar otros trabajadores.
Entre 1550 y 1800, grosso modo, el reino de España secuestró o hizo secuestrar a tres o cuatro millones de africanos para llevarlos a trabajar a sus colonias americanas. El viaje era duro: alrededor de un tercio moría en alta mar. Para los que llegaban la vida era casi peor: el trabajo de todo el día todos los días para un dueño más o menos implacable según los casos y la estrategia comercial. Algunos pensaban que era mejor negocio cuidar a sus esclavos y explotarlos durante muchos años; otros, que convenía explotarlos más aunque duraran poco, porque tampoco eran tan caros. No estamos hablando de la Edad de piedra en Baluchistán: es aquí mismo y son los grandes reyes cuyos nombres nombran calles y escuelas y orgullos españoles.
Nuestros racismos más extremos tienen su base en este tráfico. Los dueños de los esclavos justificaban su violencia arguyendo que los negros eran inferiores porque eran negros y, al ser inferiores, podían ser secuestrados y reventados a fuerza de trabajo. El racismo como excusa y consecuencia de la explotación.
(Siglos después esa historia incómoda también se solucionaría con un relato simple en que la diferencia venía de la raza o la nacionalidad: los malvados imperialistas europeos abusando de los pobres africanos. Los malvados imperialistas europeos abusaron, por supuesto, de los africanos pobres, pero la diferencia fundamental, una vez más, era la clase: reyes y nobles y poderosos africanos apoyaban y aprovechaban la caza y tráfico de africanos para la exportación. Algunos usaban el mito de la Patria: los capturados eran extranjeros, decían, gentes de otros reinos. Faltaba mucho para que se inventara la negritud, la noción de que todos los africanos tenían en común la raza, el sufrimiento.)
La actual Argentina y su puerto, Buenos Aires, no compraron muchos esclavos: no había minas ni plantaciones donde usarlos. Fueron sobre todo trabajadoras y trabajadores domésticos. Buenos Aires en 1810 tenía menos de 40.000 habitantes; los negros serían unos 10.000. Empezaban las guerras de la independencia contra España y algunos fueron a pelear. La mayoría eran soldados rasos, pero no por ser negros; por ser pobres.
En 1813 una Asamblea Constituyente pre-argentina decretó la “libertad de vientres”. Sonaba a abolición de la esclavitud pero no lo era: significaba que los nuevos hijos de esclavas no serían esclavos pero que los esclavos ya existentes no dejarían de serlo hasta su muerte. Así, los honorables diputados calmaban sus conciencias y los dueños de los esclavos –a menudo ellos mismos– no perdían dinero resignando sus propiedades de dos patas. Solo cuarenta años después la Argentina abolió por fin la esclavitud. Para ese entonces Estados Unidos y Brasil la mantenían como una base decisiva de su economía.
La mayoría de los negros de Buenos Aires no sobrevivió al siglo XIX. En 1865 una “Triple Alianza” de argentinos, brasileños y uruguayos se lanzó a la guerra contra Paraguay para cortar sus veleidades de desarrollo autónomo. En el ejército porteño había soldados negros –y muchos fueron muertos. Lo mismo en la siguiente guerra, cuando los ricos porteños decidieron matar a los indios que vivían en las pampas para apropiarse de sus tierras. Y la puntilla fue, probablemente, la gran epidemia de fiebre amarilla de 1871, que se encarnizó con los negros –porque vivían en los lugares con la peor higiene.
En Argentina, tras todo ese desastre, no quedaron muchos. Ahora, junto con Chile, es el país latinoamericano donde hay menos. Por eso, entre otras cosas, fue patético cuando una serie de medios “serios” de Estados Unidos denunciaron que la Argentina era tan racista que en su selección de fútbol no había ningún jugador negro –en un país donde no llegan al 0,7 por ciento de la población.
Su marca más profunda en la cultura argentina es una palabra: el tango era un lugar donde los negros se juntaban para cantar y bailar. Pero la música del tango es, como casi todo en esas tierras, producto de la mezcla de la inmigración.
En 1880 el país tenía unos dos millones de habitantes; en 1920, alrededor de diez millones: la mayoría eran inmigrantes. Se destacaban los italianos y los españoles pero también había franceses, ingleses, alemanes, polacos, rusos, turcos, sirios, portugueses, griegos, japoneses, tantos más. En esos años la mitad de la población de Buenos Aires había nacido en otra parte y el preámbulo de la Constitución prometía “los beneficios de la Libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.
Por supuesto, hubo un intento de reacción racista de parte de los ricos argentinos que los habían convocado imaginando que sólo recibirían contadores suizos y poetas toscanos. En cambio llegaron pobres sin educación, mucho anarquista y socialista, gente inconveniente. Hubo peleas pero, a largo plazo, los recién llegados se impusieron.
Y entre ellos se pelearon poco. Siempre hubo chistes y pequeñas reyertas, por supuesto, de tanos y gallegos y moishes y franchutes pero la mezcla sucedió enseguida: fueron comunes, ya desde el principio, las bodas entre gentes de orígenes distintos. Y la escuela pública, gran logro de esos años, fue el mejor instrumento de amalgama, la fábrica incesante de argentinos.
Hacia 1930 el país prosperaba. Seguía siendo el gran exportador de carne y grano, sus latifundios sin vergüenza, pero empezaba a sostener ciertas industrias. El desarrollo necesitaba brazos; los europeos, envueltos en sus crisis y guerras, ya no migraban tanto. Empezaron los desplazamientos internos: millones de argentinos de las provincias –que allí llamamos “el interior”– bajaron a la capital a buscar mejores vidas. Muchos tenían la piel un poco más oscura por viejos mestizajes. Los porteños ricos –y los que querían parecerlo– los llamaron “cabecitas negras”.
Era un racismo sin leyes, social, una pelea –y fue quedando aislado. Pronto el peronismo se ofreció a representar a los recién llegados y ellos lo abrazaron. Con el tiempo el peronismo fue variando –si algo hace es variar todo el tiempo– y buena parte de esos inmigrantes internos se integró. A partir de 1960 –y cada vez más– empezó a fluir otra corriente de ciudadanos de los países limítrofes que llegaban a buscarse la vida. Nunca tuvieron trabas burocráticas o policiales y ahora mismo se supone que son dos o tres millones, si acaso un cinco por ciento del total.
Y sin embargo en ese país en crisis, cuyos ciudadanos eligieron uno de los gobiernos más desagradables del planeta, no hay un uso político del rechazo a estos inmigrantes más recientes. Debe ser que esos politicastros dispuestos a todo lo han hecho medir y descubrieron que los votantes argentinos no lo agradecerían tanto como los españoles o alemanes o italianos o franceses o ingleses. La xenofobia no es, en Argentina, ese tema central que la ultraderecha y la derecha ha impuesto en nuestros países europeos.
Y tiene sentido: en la Argentina, por suerte, no hay pureza posible. Somos pura mezcla, somos los mismos y distintos: no podemos descalificar a ningún otro –porque nosotros mismos somos otros.
Hay, por supuesto, esa discriminación hacia los pobres que está por todas partes y ninguna FIFA, ninguna ONU, ningún gobierno condena. En Madrid, donde muchos inmigrantes islámicos no le pasan bien, el otro día vi una caravana de coches oficiales, brillosos, alemanes, bruta custodia policial, que paraba en la puerta del museo del Prado para que lo visitaran, obviando cualquier cola, cinco o seis jeques impecables. Esos jeques eran tan “moros” cómo cualquier víctima de Vox; la diferencia no está en la piel sino en la caja fuerte.
Yo soy español (una sola vez) y soy argentino (otra sola vez) y también soy un poco polaco, judío, ruso, todas esas cosas que me hacen parecido a algunos y muy distinto de otros que podrían definirse igual. Está claro que en las últimas décadas la Argentina fracasó en muchas cosas. Ya estamos en las semifinales mundiales del fracaso, pero triunfamos en mezclarnos. Por eso no nos resulta fácil ser racistas. Lo siento. Pero, por el amor de dios, no desesperen: si eso es lo que quieren, lo seguiremos intentando.
(Si alguien quiere reproducir estas palabras, sólo debería citar la fuente -o retuitearlas.)
I've lived in Argentina for over 18 years. I'm a migrant here. And I want to say it clearly: Samuel L. Jackson's accusation is false.
I'm not speaking from theory. I'm speaking from the experience of having built a life here, of having been welcomed, integrated, of having seen firsthand what it means to be a country made of migrants.
Let's go over some history, since he brought it up:
🇦🇷 Argentina abolished slavery in 1813 with the Free Womb Law, and definitively in the 1853 Constitution — earlier than much of the continent. This is a country built by receiving waves of immigrants from Italy, Spain, the Middle East, Eastern Europe, and today from all over Latin America. Multiculturalism isn't a talking point here, it's the foundation of national identity.
🇺🇸 The United States didn't abolish slavery until 1865, and upheld legal racial segregation (Jim Crow laws) until 1964-65. Less than 65 years ago, that same country had separate bathrooms, schools, and bus seats by skin color.
🇬🇧 England built much of its economic power on the transatlantic slave trade, and its colonial empire left a record of institutional racism across four continents that's still being reckoned with today.
Before pointing fingers, it might be worth looking at your own history. Argentina has its own unresolved issues, like any country — but calling it "the most racist country in the world" isn't criticism, it's misinformation.
You should be ashamed @SamuelLJackson
#Argentina #FakeNews #SamuelLJackson #Migrants #ArgentineHistory
Una diputada gringa repitiendo que somos un país racista porque nos aplica el marco teórico de una nación que tuvo su peor guerra porque la mitad de la población quería sostener la esclavitud. Nunca nos pasó: la libertad para todos los nacidos en suelo argentino llegó en 1813, antes que nuestra declaración formal de independencia y medio siglo antes de Lincoln.
Un dirigente de izquierda europeo, el simpatiquísimo @yanisvaroufakis del Club Deportivo Yo, da clases sobre multiculturalismo a un país que nunca colonizó a nadie, que recibió e integró ocho veces su población en menos de cincuenta años y que, al día de hoy, mantiene una de las legislaciones migratorias más abiertas del mundo, que hacen que sigamos incorporando diversidad a nuestro pueblo.
Pregúntenle por el trato a los venezolanos en nuestro país y compárenlo con lo que les van a contar del resto de los del continente o midámoslo con las políticas de concentración de inmigrantes en las islas de Grecia, o en Ceuta y Melilla o los pagos a gobiernos africanos para que les hagan de patrulla fronteriza.
De los que se suben a maltratarnos gratuitamente desde América Latina, en sociedades estratificadas por color de piel y cantidad de apellidos, ojalá tuvieran el plebeyismo de la nuestra y la voluntad de no tragarnos las injusticias como si vinieran dadas.
Acá estamos. Todos juntos 🇦🇷❤️.
Argentina no es racista. Estados Unidos si. España también es racista. Argentina es mestiza desde que fue conformada, pero los países europeos quieren buscar la paja en el ojo ajeno.
The hate Argentina got this tournament made me realize how easy it is to brainwash and program people. Would love to see someone publish work on this some day as it’s a very interesting case study.
Ahora hay que hacerle la psicológica a Liam Gallagher y literalmente va a ser cuando una fuerza imparable (liam delirando gente) se encuentra con un objeto inamovible (argentinos delirando gente)
@DiarioOle El de Inglaterra ya está arreglado. Vamos a sufrir igual pero vamos a pasar gracias a la precencia de Sir Mick Jagger alentando a su país.
🎶Que de la mano, de Sir Mick Jagger, today la vuelta vamos a dar 🎶