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Al final, sólo busco alguien a quien contarle las desgracias que pasan en mi día y que genuinamente se interese por eso, que escuche, que pregunte, que se ría, que todo sea completamente mutuo.
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La decepción tiene un poder que casi nadie admite: facilita el desapego como nada más. Duele al principio, quema, hace que te cuestiones todo… pero justo ahí, en medio del dolor, algo se rompe y se suelta al mismo tiempo. Cuando ves claro que la otra persona no te valora como mereces, que las promesas eran aire, que el esfuerzo era solo tuyo… el corazón se cansa de rogar y empieza a protegerse solo. No es que dejes de querer de golpe; es que dejas de necesitar. La decepción no te quita el amor… te quita la ilusión de que valía la pena aferrarte. Y cuando eso pasa, el camino se aclara: ya no luchas por alguien que no lucha por ti. Simplemente te vas liberando, paso a paso, hasta que un día miras atrás y te das cuenta de que ya no duele tanto… porque ya no importa tanto. Gracias a esa decepción, hoy eliges paz antes que migajas.
Aunque el destino los reúna, si una pareja no logra trabajar en equipo, llegar a acuerdos y construir puentes en confianza, libertad y comunicación, son pocas sus posibilidades de llegar juntos a alguna parte.