sostuvo la mirada, firme, consciente del efecto que tenía.
Cuando se alejó, dejó el aire cargado, denso, casi insoportable.
Y supe que algunas tensiones no buscan resolverse…
solo quedarse ahí, ardiendo, esperando el momento equivocado.
No recuerdo exactamente qué estaba diciendo.
Recuerdo cómo me miraba mientras hablaba.
Había una cercanía peligrosa entre nosotros, de esas que se sienten en el pecho antes que en la piel. Cada vez que inclinaba un poco la cabeza, su perfume me alcanzaba, lento, insistente, como
si supiera que me estaba empujando a un límite invisible.
Yo no me moví.
No porque no quisiera… sino porque sabía que, si lo hacía, no habría vuelta atrás.
Sus labios se separaron apenas, como si fuera a decir algo importante, algo que nos cambiara el rumbo. No lo hizo. Solo me
Cuando se levantó para irse, rozó mi mano sin querer… o eso dijo. Y en ese instante entendí que hay encuentros que no necesitan un final, porque se quedan ardiendo en la memoria.
La noche no prometía nada especial… hasta que ella llegó.
Se sentó frente a mí con una sonrisa tranquila, de esas que esconden más de lo que muestran. El café se enfriaba entre silencios cargados, mientras sus dedos jugaban distraídos con el borde de la taza.
La madrugada se arrastra mientras la lluvia cae afuera, dentro yo, sin poder dormir, pensandote y teniendo tantas erecciones como suspiros que no saben morir