Cien planas que digan:
Esta selección mexicana no está para ‘jugar bonito’ ni avasallar a nadie. Orden defensivo, balón parado, paciencia y contundencia cuando el rival la cague es la única fórmula que nos dará una pequeña posibilidad de competir cuando lleguen los rivales top.
Así como lxs practicantes del psicoanálisis no podemos darnos el lujo de ignorar a los feminismos y estudios de género, las feministas no podemos darnos el lujo de subestimar al psicoanálisis y de rechazar a Freud.
Fragmento de "Psicoanálisis y feminismo" de Juliet Mitchell
No todas las historias concluyen con boda ni corona. Basta un recuerdo, una mirada al otro lado de la calle y la certeza de que, por un instante, fuimos felices.
Annie Hall
Woody Allen
(1977)
Hay una escena memorable de la primera temporada de True Detective en la que el detective Rust Cohle, interpretado por Matthew McConaughey, sostiene una idea que parece salida directamente de la filosofía de Mainländer, Schopenhauer o del pesimismo más radical.
Según el detective Cohle, la conciencia humana fue un error de la evolución.
La naturaleza habría producido accidentalmente una criatura capaz de comprender demasiado. Un animal que no solo siente dolor, sino que sabe que siente dolor. Un animal que no solo muere, sino que sabe que va a morir. Un animal atrapado entre instintos heredados para sobrevivir y una inteligencia capaz de percibir la aparente inutilidad de todo esfuerzo.
Por eso afirma que la especie debería dejar de reproducirse y marcharse en silencio. Cerrar la puerta detrás de sí. Permitir que el experimento termine.
Es una de las formulaciones más elegantes del antinatalismo contemporáneo y, precisamente por eso, resulta tan poderosa.
Pero hay algo curioso. La propia serie parece discutir con Rust Cohle.
Porque mientras él pronuncia esos discursos, sigue investigando asesinatos. Sigue buscando la verdad. Sigue indignándose ante el sufrimiento de las víctimas. Sigue arriesgando su vida para impedir que el mal triunfe.
Su filosofía afirma una cosa. Su comportamiento afirma otra. Si realmente creyera que nada importa, no habría motivo para perseguir a un asesino durante casi veinte años.
La contradicción no es un defecto del personaje. Es precisamente lo que lo hace humano. Rust intenta convencerse de que la existencia carece de sentido, pero continúa actuando como si algunas cosas fueran mejores que otras.
Como si la justicia fuera preferible a la impunidad. Como si la verdad fuera preferible a la mentira. Como si una niña asesinada mereciera algo más que la indiferencia cósmica.
Y ahí aparece una paradoja fascinante. Quizá el nihilismo funcione mejor como diagnóstico que como modo de vida.
Puede describir el vacío. Puede señalar las grietas. Puede mostrar la fragilidad de nuestras certezas. Pero rara vez consigue explicar por qué las personas siguen amando, creando, investigando, enseñando, rezando o sacrificándose por otros.
La historia humana parece contener una resistencia obstinada a desaparecer. Los imperios caen. Las ideologías fracasan. Las generaciones pasan. Sin embargo, una y otra vez, los seres humanos vuelven a construir.
Después de guerras se levantan ciudades. Después de las epidemias se tienen hijos. Después de las derrotas se escriben poemas. Después de los funerales se hacen planes.
Tal vez por eso el momento más importante de True Detective no sea el discurso nihilista del coche, sino la conversación final entre los detectives Rust y Marty bajo las estrellas.
Después de mirar durante años al abismo, Rust reconoce algo inesperado. Observa la oscuridad del cielo y recuerda que antes todo era oscuridad. Las estrellas llegaron después.
Y entonces concluye que, aunque la oscuridad siga siendo inmensa, la luz está ganando. No es una prueba filosófica. No es una demostración científica. Es algo más modesto y más humano.
La intuición de que, por muy absurdo que parezca el universo, seguimos viviendo como si una pequeña luz mereciera ser defendida.
La filosofía moderna ha dedicado mucho tiempo a desmontar certezas. Hemos aprendido que la Tierra no ocupa el centro del universo, que nuestra especie es fruto de una larga evolución biológica, que nuestros cuerpos están hechos de los mismos elementos que las estrellas y que el cosmos parece desenvolverse con una indiferencia absoluta hacia nuestros deseos.
Desde cierto punto de vista, somos una anomalía pasajera en una roca que gira alrededor de una estrella corriente, en una galaxia corriente, entre cientos de miles de millones de galaxias.
Y, sin embargo, seguimos levantándonos por la mañana. Seguimos enamorándonos, teniendo hijos, escribiendo canciones, construyendo puentes, cultivando jardines y haciendo planes para dentro de diez años.
Incluso quienes afirman que la vida carece de sentido suelen actuar como si algunas cosas fueran mejores que otras. Prefieren la verdad a la mentira, la amistad a la traición, la belleza a la fealdad, la salud a la enfermedad. La teoría puede inclinarse hacia el nihilismo; la práctica suele rebelarse contra él.
Quizá porque existe una diferencia entre el significado cósmico y el significado humano.
Puede que el universo no tenga una finalidad visible. Puede que las galaxias no sepan que existimos y que las leyes de la física sean indiferentes a nuestras alegrías y sufrimientos.
Pero de ahí no se deduce automáticamente que una madre abrazando a su hijo, un médico salvando una vida o un anciano transmitiendo su experiencia sean acontecimientos vacíos.
Hay algo extraño en la condición humana. Somos capaces de comprender nuestra fragilidad y, al mismo tiempo, de actuar contra ella. Sabemos que moriremos, pero construimos catedrales. Sabemos que las civilizaciones desaparecen, pero escribimos constituciones. Sabemos que nuestros proyectos son temporales, pero dedicamos años a perfeccionarlos.
Desde una perspectiva puramente biológica podría decirse que todo eso son mecanismos de supervivencia. Sin embargo, esa explicación, aun siendo cierta en parte, parece insuficiente.
La biología puede explicar por qué sobrevivimos. Explica peor por qué buscamos la verdad aunque nos perjudique, por qué admiramos el sacrificio o por qué sentimos fascinación ante una obra de arte creada por alguien muerto hace siglos.
La historia humana está llena de personas que eligieron algo distinto de la mera supervivencia. Sócrates aceptó la muerte antes que renunciar a sus ideas. Los primeros cristianos afrontaron persecuciones. Científicos, exploradores, artistas y reformadores arriesgaron su bienestar por causas que consideraban valiosas.
Si la única ley profunda de la realidad fuera una voluntad de desaparecer, resulta difícil explicar por qué aparecen una y otra vez individuos dispuestos a vivir peor para defender algo que consideran mejor.
Quizá el error consista en buscar el sentido como quien busca un objeto escondido en alguna parte del universo. Tal vez el sentido no sea una cosa que se descubre, sino una relación que se construye. Una conversación entre lo que somos y aquello hacia lo que orientamos nuestra vida.
Por eso la gran pregunta no es si el universo tiene un propósito escrito en las estrellas. La gran pregunta es por qué una especie consciente de su mortalidad ha sido capaz de producir la Ilíada, las pirámides, la teoría de la relatividad, la Novena Sinfonía, las catedrales góticas, los hospitales, las universidades y millones de actos anónimos de amor y sacrificio.
Quizá la respuesta nunca sea definitiva. Pero hay un hecho difícil de ignorar. Durante decenas de miles de años, generación tras generación, la humanidad ha contemplado el sufrimiento, la muerte y la incertidumbre. Y aun así ha seguido apostando por la vida.
Tal vez eso no demuestre que la existencia tenga sentido. Pero sí demuestra que el ser humano lleva milenios encontrando razones para vivir como si lo tuviera.
En los años 60 Harlan Ellison escribió un relato sobre una IA que odia a la humanidad y la tortura infinitamente. En esa década, eso era ciencia ficción, en 2026 eso es un martes.
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