El problema lo tiene la gente - Por Ale Marrero
La última y única vez que nos ganaron ahí, en 2001, San Lorenzo jugó con suplentes y pibes de Reserva porque estaba por disputar una final en el Maracaná.
Veinticinco años después, la comparación es obscena.
Aquel San Lorenzo podía perder un clásico poniendo suplentes porque tenía algo más importante que jugar. Este pierde mientras intenta convencerse de que sobrevivir a su propia mediocridad constituye un proyecto.
Y hay algo todavía peor: San Lorenzo se está convirtiendo en aquello que durante décadas utilizó para burlarse de Huracán.
Un club que vive de la memoria. Que cuenta hazañas viejas mientras achica su presente. Que transforma cada clásico en una cuestión existencial porque cada vez tiene menos cosas nuevas para festejar.
Tenemos un presidente que, si hoy tuviera que jubilarse, probablemente tendría problemas para explicar sus aportes, pero administra una institución gigantesca. Y tenemos un técnico querido, respetado por su historia, pero al que San Lorenzo evitó contratar durante 23 años precisamente porque todos sabíamos lo que era como entrenador.
No nos sorprendió Gorosito.
Hicimos exactamente aquello que durante 23 años habíamos decidido no hacer.
Y ése es el problema de este San Lorenzo: siempre vuelve a empezar. Cada dirigencia llega con una refundación debajo del brazo, toca lo poco que funcionaba, desarma, improvisa, contrata, vuelve a desarmar y seis meses después descubre que necesita otra refundación.
Mientras tanto pasan los años.
Doce desde la Libertadores.
Trece desde el último campeonato local.
Menos socios activos. Menos patrimonio. Menos fútbol. Menos exigencia.
Pero seguimos en modo pelotudo.
Discutiendo quién es más cuervo. Buscando traidores. Fabricando enemigos internos. Explicando derrotas con conspiraciones y celebrando como gestas cosas que en otro San Lorenzo hubieran sido apenas obligaciones.
Durante años cantamos:
“El problema lo tiene la gente.”
Era una cargada extraordinaria.
El inconveniente es que quizá llegó el momento de dejar de cantársela al de enfrente y escucharla nosotros.
Porque cuando pasan doce años, cinco técnicos, veinte mercados de pases, dirigentes de todos los colores y el club sigue retrocediendo, llega un momento en que ya no alcanza con encontrar un culpable nuevo.
Hay que mirarse al espejo.
Preguntarnos cuándo empezamos a naturalizar esto.
Cuándo dejamos de exigir grandeza y empezamos a negociar dignidad.
Cuándo un club que se comparaba con Boca, River, Independiente empezó a utilizar a Huracán como parámetro para sentirse mejor.
Porque el verdadero peligro no es perder un clásico.
El verdadero peligro es acostumbrarse a ser un club cada vez más chico y seguir creyéndose grande solamente porque todavía sabemos las canciones de memoria.
San Lorenzo tiene que decidir qué quiere ser.
Y rápido.
Porque la historia sirve para saber de dónde venimos.
No alcanza para impedir que terminemos exactamente donde durante toda la vida juramos que nunca íbamos a estar.
Echaron a este tipo por queres hacer lo simple; ir para adelante y que los tipos burros no juegan y los menos burros juegan. Pero lo remplazo un DT perdedor que hizo descender a 2 equipos y que vino solamente por ser un idolo del club. Pidanle perdon a Gustavo Alvarez