Vivimos en una época donde se quiere romantizarlo todo.
Donde el dolor se viste de estética, la soledad se envuelve en filtros grises y la tristeza se convierte en vibe para compartir en stories, transformando la herida en contenido listo para viralizar.
Pero quizá ese discurso no sea aceptación, sino renuncia. Renuncia a sentir, a mirar de frente, a admitir que incluso en lo más íntimo seguimos aprendiendo a amar.