Lo único que necesité fue un minuto de tu presencia. Un minuto para darme cuenta que no había nada detrás, delante ni de lado que no fueras tú. Toda la fotografía eras tú. Todo el paisaje eras tú. Todo el lienzo, el pincel y toda inspiración eras tú.
Al recordar la noche, la oscuridad; los pensamientos no necesitaron anotarse en una libreta. Todo era tan claro, tan preciso, tan querido. Ya dejó de ser silueta o un garabato en mi cuaderno. Mis ojos fueron abiertos y los cielos en mi pecho se tornaron rojizos como el amanecer.