Algo bien conocido quedó atrás y te prometes que no habrá de continuar. Algo que se anuncia como nuevo te espera más allá del próximo paso. Una ilusión de despedida y otra de recepción se combinan para dificultar tu inminente decisión de cambiar o permanecer en lo mismo.
Cuesta reconocer que pasas los días dedicado a participar en protocolares despedidas y bienvenidas. Comienzas a sospechar que hubieras debido dedicar menos tiempo a ceremonias y más a la construcción de lo que logre dejar tu breve paso por este mundo, aunque bien mirado sea nada.
Después de plantearse durante años tareas que desafiaron su capacidad de controlar situaciones que lo involucraban, despierta preguntándose por qué debe seguir adelante, cuando lo evidente es haber agotado las instancias que disfrutó. Eso fue todo. Tiene que despedir ilusiones.
Encontrar una tarea para llevarla a cabo a partir de hoy (inventarla si hace falta) es algo que se vuelve urgente. Cuando se convence de que tiene una tarea por hacer, sin importar lo difícil que se anuncie, por absurda que resulte para los demás, el resto adquiere sentido.
Las pasiones despiertan y se apagan. Mientras duran, las ganas de vivir son imposibles de ignorar. Uno es feliz y no aceptaría que lo desvíen de sus decisiones, aunque tarde en aceptar que estuvo cavando su propia tumba. ¿Por qué no? Mientras duró su error, estuvo en lo cierto.
Gracias a la pasión, todo se vuelve tan claro. Minimizas los riesgos, niegas otras alternativas. Puede ser que te engañes y debas pagar un alto precio por entegarte. ¿Acaso importa? Si te arrepientes un día, de todos modos lo que te condujo a ese punto no estará vacío de sentido.
La pasión de la justicia despierta un día para devorarte, sin tomar en cuenta si te ayuda o destruye, incontrolable, como alguna vez el sexo o el saber. ¿Vas a defenderte? La recibes con la admiración de quien se entrega a lo que llega para crear sentido, allí donde no lo había.
En la actualidad las https://t.co/aM1xvXMAIb. me informa que todos tienen acceso a la palabra, y si callo por confusión, ignorancia, timidez o autocrítica, mi silencio planteará una imagen de mí que me desagrada, que no atino a controlar y por lo tanto me desafía a quebrarla.
No sé qué decir, pero necesito decir algo, porque otros (al parecer todos menos yo) se hacen oír y son respetados o al menos no los interrumpen. Necesito hacerme presente en un diálogo que puede transcurrir sin mí, un consumidor más de los medios de comunicación masiva.
En las redes sociales, la función de los “amigos” es principalmente la de realzar el narcisismo, al prestar atención, como consumidores, al ego exhibido como mercancía. (Byung-Chul Han)
Vi lo que quise ver más de una vez. Miré en otra dirección para no ver contradichas mis convicciones. ¿Cómo no equivocarme de lado a lado? Inverosímil hubiera sido que en tales condiciones alcanzara las metas que me había propuesto y no las efectivas, que me negaba a reconocer.
Hay quienes se programan para fracasar. Construyen pieza a pieza la derrota que confirme sus temores. Desde la perspectiva de una generación que se planteaba cambiar el mundo, solo cabía esperar el sacrificio de sus miembros, nunca la negociación que traicionara sus ideales.
Es curioso ver cómo el error del pasado se destaca nítido sobre la confusión de aquello que alguna vez se juzgó posible. No vale arrepentirse ni celebrar. Es lo que fue, para alguien que no era quien creía ser. Recordarlo no es disculparse, ni justificar. Tampoco prometer nada.
No creía prometerse nada cuando armaba una imagen deslumbrante de su futuro. Solo apostaba que habría de llegar tan lejos como imaginaba, sin hallar demasiados obstáculos en el camino, fuera de sí o en su interior. Solo era cosa de confiar en su potencial. Estaba equivocado.
Creyó no abandonarse a las emociones y sin embargo las decisiones absurdas que tomó le demuestran que con frecuencia no pensó lo suficiente para distinguir el entusiasmo de la imprudencia, el riesgo del error, el deseo de las evidencias. El tiempo lo aclara todo. Muy tarde.
Detesta ser interrumpido, a pesar de que no tiene la menor idea de lo que está diciendo y tampoco puede detenerse para averiguarlo. Detesta que otros compartan la oportunidad que disfruta de hacerse oír en público. Tiene que acallarlos, para darse la opción de decir no sabe qué.
Tal vez no tenga nada nuevo que decir, y quizás no se haya enterado aún de su situación, porque el entorno lo invita a continuar haciendo el mayor ruido posible, mientras deja de lado la opción más digna de permanecer callado.
Alguien fui sin serlo del todo, ese es aún quien hoy escribe estas líneas. Aquí está, deslumbrado por la sistemática ignorancia, que le permitió creer que todo estaba disponible, que controlaba un errático desplazamiento, cuando no lograba desentrañar los enigmas del presente.