Comenzaron intentando desconocer el resultado electoral. Hablaron de fraude, sembraron dudas, cuestionaron la legitimidad del presidente electo y buscaron por todos los medios una prueba que nunca apareció. Después vino la doble ciudadanía, de inmediato judicialmente intrascendente. Más tarde, la convocatoria a la desobediencia civil, que prácticamente nadie está acompañando.
Crean una controversia, amplifican durante unos días y convierten cualquier cosa en algo que parece escandaloso. Cuando el asunto se agota, inmediatamente pasan a lo siguiente.
Así fue también con la Presidencia del Senado. Presentaron el resultado como una derrota política del nuevo gobierno, cuando lo que hizo Abelardo fue marcar una posición dejando clara su preferencia pero sin convertir al Congreso en un apéndice del ejecutivo. La paradoja terminó siendo que para celebrar la supuesta derrota, tuvieron que aliarse con sus enemigos naturales.
Luego ocurrió con la decisión del presidente de posesionarse en una guarnición militar. Fue presentado como una extravagancia, incluso una amenaza institucional. La controversia ocupó los titulares que querían, pero al final todo aquel estruendo terminó reducido a lo que era, una decisión de carácter simbólico en reconocimiento a las Fuerzas Militares. Después de tanta alarma, no pasó absolutamente nada.
Entonces apareció Barranquilla. La nueva sede de la Presidencia fue presentada con toda clase de exageraciones. Llegaron a mostrarla como una especie de Casa Blanca recién construida para satisfacer un capricho presidencial, hasta que la realidad resultó bastante menos cinematográfica. Apenas se trataba de una antigua edificación militar adaptada para albergar funciones de la Presidencia.
Antes ya habían intentado escandalizar la cooperación del BID. Que si los recursos eran para el empalme o si correspondían a proyectos técnicos, que si el BID había dicho esto o aquello. Sesenta millones de dólares convertidos en otra tormenta política, aunque no fueran recursos del Estado colombiano, no constituyeran un préstamo y su eventual utilización estuviera sometida a controles.
Después llegaron los ministros.
Como resultó difícil cuestionar la trayectoria profesional del gabinete, comenzaron a buscar asociaciones políticas y parentescos para intentar descalificar nombramientos, aunque nada permita todavía evaluar la capacidad o el desempeño de los funcionarios.
Y cuando el país enfrentó las consecuencias del temblor, tampoco hubo tregua.
Mientras sectores civiles y empresariales han dado su respaldo al Gobierno comprometiendo cifras multimillonarias para la reconstrucción, el debate que quieren imponer es otro. Incluso un gesto tan mínimo como entregar balones a unos niños, para que en medio de la tragedia puedan de alguna manera reconfortarse jugando, ha servido de munición canalla para atacar al Gobierno.
Ni una sola vez un acto de reconocimiento a lo conseguido por el presidente y sus ministros. Ni una sola vez un mensaje de aprobación a la solidaridad de los empresarios.
Antes que reconocer la movilización alrededor de la emergencia, prefirieron caricaturizar un gesto del presidente saludando a unas personas.
Ahora pretenden la cabeza de un ministro por la única razón de unas fotografías en la playa durante un fin de semana en familia. Podrá discutirse si fue oportuno, podrá considerarse incluso un acto indelicado dadas las circunstancias, pero de ahí a convertirlo en prueba de indolencia para exigir su salida, existe una distancia enorme.
El problema de fondo es que no estamos ante una sucesión espontánea de críticas. Estamos ante una manera de hacer política basada en producir ruido permanentemente.
Este es el sistema de maniobras tendenciosas que termina arrastrando a un país hacia el barro del odio que esta gente transmite, con el único propósito de obtener provecho político.
una cosa es el control sobre el poder y otra distinta convertirlo todo en combustible para alimentar el resentimiento.