"La idea revolucionaria entre los tiempos modernos y el pasado es el dominio del riesgo. Hasta antes de eso, el futuro era un reflejo del pasado bajo el dominio oscuro de oráculos y adivinos que ejercían el monopolio del conocimiento de los acontecimientos esperados."
Limpiando y haciendo ñapas en el piso que dejamos me he encontrado este recorte por el suelo que a saber de cuando será.
Cuarta mudanza en Singapur.
Como curiosidad. Llevo siempre un reloj estropeado que marca solo las 00:00. Cuando empecé a trabajar para Rainmaking en 2019 (consultoría de venture building danesa) me compré un reloj de diseño danés. No soy de relojes ni de llevar nada en las muñecas, pero me pareció bien celebrar así que por fin trabajaría en innovación tras 10 años empujando hacia ahí.
En menos de un año estaba fuera. El inicio de la pandemia hizo que perdiéramos el cliente para el que trabajaba, con mi mujer a dos meses de dar a luz, ya no podíamos viajar a Copenhague donde me propusieron desarrollar el programa que inventé aquí.
Ese reloj se estropeó poco tiempo después. Y lo llevo sin arreglar. Marcando las 00.00. Como recordatorio de que todo momento puede ser un comienzo y para apreciar el momento presente.
Algo que también leo en este haiku que me vino a la cabeza hace unas semanas.
The seconds just
before everything
becomes after.
El resplandor no es solo una película de fantasmas. Es la historia de una familia disfuncional y de una pareja que encaja mal porque sus heridas parecen complementarse.
Jack externaliza la culpa, necesita control y vive el fracaso como una humillación. Wendy evita el conflicto, carga con demasiada responsabilidad y tarda en poner límites.
Uno piensa: «La culpa es de los demás».
La otra acaba pensando: «La culpa es mía».
Por eso estos perfiles se atraen: el narcisista encuentra a alguien que cuida, cede y justifica; el dependiente, a alguien que parece fuerte, seguro y capaz de decidir.
No se complementan bien. Se acoplan mal.
El hotel no crea el monstruo, lo amplifica.
Este patrón se repite en infinidad de relaciones de pareja, donde las heridas de cada uno se complementan fatal: el malote fanfarrón con la chica insegura, la mujer dominante con el hombre excesivamente complaciente, el salvador con la víctima o el frío emocional con quien vive mendigando afecto. No siempre nos atrae quien nos hace bien; muchas veces nos atrae quien encaja perfectamente con nuestras carencias.
Trabajo con unas 45 fábricas en China haciendo merchandising para mis clientes.
Estoy viendo un patrón común en sus planes de futuro. Piensan en la creación de marcas propias para comercializar sus productos en Europa. Muchos de ellos ya lo hicieron realidad hace tiempo.
Las mejoras en logística y el fichaje de talento europeo en diseño dispara esto. La era de los dropshippers se acaba. También se complican los tiempos para los miles de negocios que se basan en poner un logo a productos de catálogo.
Sigue habiendo oportunidades, por supuesto, pero el listón ha subido muchísimo. Seguirá subiendo. Si tu ventaja es competir en precio perderás. Es la distribución y tu capacidad de crear alrededor de tus productos lo que primará.
Son inteligentes y tienen muchas ganas de hacer dinero. No pararán.
Me quedé sorprendido cuando descubrí que hacen eso para no tener problemas a la hora de importar, así que ponen personajes genéricos en la parte inferior para luego quitarlos.
En 1992 me preguntó García Márquez cuántos años tenía yo. 45, le respondí y él me dijo: “Si yo tuviera 45, me comía el mundo”. 15 años después me preguntó de nuevo cuántos años tenía. “60”, le dije. “Si yo tuviera 60 años en este momento”, me dijo, “me comería el mundo”.
🚨 Guarda esta clase magistral de 1 hora.
Se llama “How to Speak” y durante más de 40 años fue una de las charlas más legendarias del MIT.
Patrick Henry Winston, profesor del MIT, tenía una idea muy simple, tu forma de comunicar puede cambiar tu vida.
Para los que llevamos treinta años en esta mierda: no es solamente una vieja idea en un nuevo wrapper, es una nueva tecnología que permite hacer viable una vieja idea.
Ya me dirás qué cojones podíamos hacer nosotros en los ‘90 sin GPUs, sin transformers, con Java + CORBA.
Hay una escena de The Crown que siempre me viene a la cabeza cuando se habla de estatus.
Es cuando Margaret Thatcher va por primera vez a Balmoral.
Ella intenta hacerlo todo bien. Al fin y al cabo es la primera ministra del Reino Unido. Lleva la ropa que considera adecuada, procura estar a la altura, intenta adaptarse...
Y, sin embargo, desde el minuto uno queda completamente fuera de lugar.
No porque le falte dinero ni poder.
Sino porque le faltan los códigos.
Nadie le explica cómo se viste uno allí para salir al campo, cuándo toca cambiarse de ropa, qué se espera de cada momento. Los demás lo saben porque han crecido con ello.Ella no.
Y lo más llamativo es que nadie tiene el menor interés en ayudarla.
No hace falta decirle: "Tú no eres de los nuestros." Basta con dejar que se equivoque una vez detrás de otra.
La escena resulta incómoda de ver precisamente por eso. Porque ves el esfuerzo de Thatcher por encajar y, al mismo tiempo, ves que los demás parecen disfrutar comprobando que no conoce las reglas.
Y creo que esa escena explica muy bien que el estatus no es solo dinero.
De hecho, ni siquiera creo que exista "el estatus" . Hay muchos.
Está el económico, el cultural, el educativo, el profesional... Cada grupo tiene sus propios códigos y lo que para unos significa prestigio, para otros puede no significar absolutamente nada.
Hay una idea a la que llevo tiempo dándole vueltas.
Igual es una simplificación, pero cada vez tengo más la sensación de que cuanto más consolidado está un estatus, menos necesidad hay de demostrarlo.
Los códigos se vuelven casi invisibles.
Los entienden los que pertenecen al grupo y pasan desapercibidos para los demás.
En cambio, conforme el reconocimiento depende más de que te vea todo el mundo, los símbolos se vuelven cada vez más evidentes.
Más logos, extravagancias, necesidad de que quede claro.
Y por eso, a raíz de ese tuit de hoy sobre unas zapatillas de lujo, pensaba que probablemente impresionan mucho más a quien aspira a entrar en un determinado mundo que a quien ya está dentro.
Porque los símbolos visibles se pueden comprar.bLos códigos invisibles, no.
Y quizá por eso el lujo más antiguo —el de familias que llevan generaciones moviéndose en determinados círculos— muchas veces resulta casi aburrido visto desde fuera. No necesita llamar la atención. La mayoría ni aparecen en RRSS.
El reconocimiento ya lo tienen.
No digo que sea una ley universal. Hay muchísimas formas de vivir el estatus y seguro que hay excepciones.
Pero sí me parece un patrón interesante: muchas veces, cuanto más consolidada está la pertenencia a un grupo, menos necesidad hay de demostrarla.
Y quizá por eso el verdadero estatus no siempre es el que más se ve.
A veces es precisamente el que solo reconocen quienes comparten esos mismos códigos. Y hace que el que está fuera, se equivoque una y otra vez.
Voy a perder un poco la dignidad y hacerle la pelota a @Recuenco. He escuchado este podcast mientras iba a un desayuno con unos amigos, no me apetecía ir y estaba yo de reviravolta con el mundo... pero los primeros minutos me han alegrado un poco el día: https://t.co/GAqGE63CB1
Mi visión, parecida. Que se necesita de un equipo en la era de la IA:
- saber entender el por qué, saber descubrir las necesidades. Entender cómo funcionan las cosas.
Una compañía funciona igual. Y si hay demasiada distancia entre ambos frentes, da igual la calidad de ambos.
La mayor parte de las compañías en la mierda tiene talento en una o ambas orillas.
En los ‘90 ganabas a Cabo Verde volviendo de empalmada del Amnesia. Not any longer.